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En Sigüenza, con el Doncel

Avanzar por la penumbra de la catedral de Sigüenza, es siempre uno de los recursos que le quedan al viajero intrépido y curioso. El silencio y la luz tamizada por las cristaleras, entregan una sensación de paz y reconforta el ánimo llegado de batallas inciertas en el exterior, que es el mundo. La catedral, sus naves, son el paseo del alma, la visión calmada de paisajes trascendentes.

En la catedral de Sigüenza hay decenas de cosas para admirar. Siempre nuevas y sorprendentes. Quizás una de ellas, un mundo de glorias cantadas y sufrimientos tallados, la capilla de los Arce, sea de lo mejor que puede el viajero, y el amante de las artes, encontrar ante sus ojos. Dedicada desde el siglo XII a Santo Tomás Cantuariense y siendo entonces uno de los cuatro ábsides menores del crucero, sirvió de panteón a los obispos de Sigüenza durante el siglo XIII; en el XIV estuvo bajo el patronato de la familia de los La Cerda, y ya a fines del XV la tomaron bajo su patrocinio los Arce, según acuerdo hecho con el Cabildo en 1491; los fundadores fueron don Fernando de Arce y su mujer, doña Catalina de Sosa. Pero la capilla alcanzó su máximo esplendor gracias al hijo mayor de estos señores, don Fernando de Arce, obispo de Canarias, que la dotó magníficamente y la enriqueció en gran manera.

La capilla por fuera

Por fuera es esta capilla como una pequeña iglesia o palacio, pues presenta al visitante una portada de magnífica estética plateresca. Sobre la gran cornisa surge un frontón semicircular, en cuyo tímpano luce en altorrelieve la escena de la Adoración de los Magos con figuras muy expresivas, y en su arco elementos de ornamentación plateresca con grutescos. La reja, de estilo gótico‑renacentista, es obra del toledano Juan Francés, y la pintó y doró Juan de Arteaga; lleva en el centro del cuerpo superior, entre flameros y volutas de follajes, el escudo del obispo Arce.

La capilla por dentro

Guarda en su interior una impresionante serie de sepulcros, lo cual la confiere su mayor interés. Estos sepulcros contienen los restos y la memoria de los siguientes personajes. El de don Martín Vázquez de Arce, conocido como el Doncel de Sigüenza; el de su hermano don Fernando de Arce, obispo de Canarias; la lauda sepulcral de doña Catalina de Arce y Bravo, que debió de ser hija de doña Mencía Vázquez, casada con don Diego Bravo y hermana del Doncel; el de don Fernando de Arce y doña Catalina de Sosa, su esposa, padres del Doncel, y el de don Martín Vázquez de Sosa y el de su mujer, doña Sancha Vázquez, abuelos del Doncel.

Según entramos por el pasillo de acceso, vemos en los laterales los sepulcros de don Martín Vázquez de Sosa, a la izquierda, y de doña Sancha Vázquez, a la derecha. Éste tiene, fundamentalmente, la misma disposición que el sepulcro del Doncel: la urna funeraria adornada en su frente con escudo sostenido por niños desnudos y roleos vegetales a los extremos, sobre la que aparece la estatua yacente. El decorado y la arquitectura que los encuadra son ya abiertamente renacentistas, y las cartelas que aparecen en ambos monumentos nos aclaran que fueron hechos por disposición de don Fernando de Arce, obispo de Canarias, su nieto.

Junto al sepulcro de doña Sancha Vázquez encontramos la lauda sepulcral de doña Catalina de Arce y Bravo, formada por una lápida con su imagen en bajísimo relieve y una inscripción que la rodea a manera de orla. Es del primer tercio del siglo XVI.

En el interior propiamente dicho de la capilla, y adosados al muro de la izquierda, aparecen las dos joyas del recinto. En ese muro están los sepulcros del Doncel y el del obispo de Canarias.

El sepulcro del Doncel

El primero de estos sepulcros está dedicado a contener los restos de don Martín Vázquez, el Doncel. Bajo un alto arco de medio punto, se halla el sepulcro, aparentemente apoyado sobre tres leones y ornamentado en su frente con motivos vegetales y escudo en la zona central, sostenido por dos pajes. Encima descansa la estatua de don Martín Vázquez de Arce, recostado sobre un haz de laureles, en donde que apoya el brazo derecho. Tiene las piernas indolentemente cruzadas y un libro abierto entre las manos; brazos y piernas se ven protegidos por una armadura de piezas rígidas, y una doble cota de mallas la inferior, y de tiras de cuero la superior, le defienden el cuerpo. Los hombres y el pecho están cubiertos por una capellina sencilla, y sobre ella, en medio del pecho, se destaca la cruz de Santiago pintada en rojo. La cabeza se halla cubierta por un casquete, y el cabello, prolongado hasta los hombros por los lados, está recortado en flequillo por delante, según la moda de la época. A los pies del caballero, un pajecillo, sentado a la morisca, que tiene la mano sobre el rostro, con gesto de pena, y, junto a él, algo empotrado en la jamba del arco, un león, de factura semejante a los de abajo, que quiere ser símbolo de la resurrección en la otra vida.

El fondo de la hornacina se divide en dos partes: la inferior contiene una inscripción alusiva que dice así: Aquí yaze Martín Vasques de Arze / cauallero de la Orden de Sanctiago / que mataron los moros socor / riendo el muy ilustre señor duque del Infantadgo su señor a / cierta gente de Jahén a la Acequia / Gorda en la vega de Granada / cobró en la hora su cuerpo Fernando de Arce su padre /y sepultólo en esta su capilla / ano MCCCCLXXXVI. Este ano se tomaron la ciudad de Lora, las / villas de Illora, Moclín y Monte / frio por cercos en que padre y / hijo se hallaron.

La parte superior de este fondo, está decorada con pinturas que representan escenas de la Pasión, de fines del siglo XV, y buena muestra del arte pictórico castellano de esa época.

El eje visual y anímico de esta capilla lo constituye la estatua alabastrina de Martín Vázquez de Arce, semiyacente. Muerto por los moros en un cerco de la vega de Granada, a los 25 años de su edad, en el verano de 1486.

El obispo de Canarias

A su lado, en el mismo muro, está el sepulcro de don Fernando de Arce, obispo de Canarias. Sobre un basamento cuajado de grutescos y blasones del prelado, inscritos en láureas sostenidas por niños que visten amplias y luengas túnicas, se levanta el arco triunfal, flanqueado de pilastras formadas por nichos sobrepuestos con hornacinas aveneradas, en las que aparecen cobijadas imágenes de incierta identificación: las hay de virtudes, en el lado izquierdo, y de santos a la derecha, rematando el conjunto por un friso y sobre él la solemnidad brillante de un escudo con los símbolos de la Eucaristía, sostenido por ángeles. Contenido en el gran arco, y sobre suntuoso féretro, vemos la estatua yacente del prelado con traje pontifical, destacando, por su riqueza, la mitra, que apoya sobre doble almohadón. En el fondo surge un bajorrelieve que representa la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y una cartela con inscripción alusiva al personaje representado. Este mausoleo del Obispo de Canarias debió ser realizado en 1523, y respecto a los autores, teniendo en cuenta la identidad de su estilo con el retablo altar de Santa Librada y la poca diferencia de fechas entre ambos, es muy probable que sea obra de los mismos artistas: Sebastián y Talavera.

Y, al fin, los padres

Queda, por fin, el sepulcro de don Fernando de Arce y doña Catalina de Sosa, situado en el centro de la capilla. Es un gran lecho mortuorio sostenido por leones, sobre el que aparecen las estatuas yacentes de ambos esposos, a cuyos pies hay sendos lebreles. Él apoya su cabeza sobre un haz de laureles y viste traje de la orden de Santiago, empuñando con sus manos la espada; ella cubre la cabeza con griñón o toca de monja, viste túnica y amplia y luenga capa, a la vez que pende de sus manos un rosario de gruesas cuentas y apoya su cabeza en dos almohadas ornamentadas en sus bordes con motivos renacentistas ya. Sobre la cornisa del sepulcro, una inscripción, y en los costados decoración con escudo central sostenido por ángeles en un lado y niños con luengas túnicas en el otro, flanqueados de elegantes roleos. En el frente de la cabecera van dos escudos sujetados por tres pajecillos.

Un altar barroco y otro con pinturas góticas

La capilla del Doncel está presidida hoy por un altar que puede fecharse a principios del siglo XVIII. Es de vehemente estilo churrigueresco. Añadida tiene su pequeña sacristía, en la que se admira un espléndido retablo de pinturas de estilo gótico, formado por tablas de variada procedencia. Por una parte están las que pertenecieron al antiguo retablo de la capilla erigido por los La Cerda hacia 1440, y por otra, las que formaban el retablo del altar construido por los Arce en el siglo XVI, como propio de esta sacristía. El primer grupo presenta escenas de las vidas de San Juan Bautista y Santa Catalina, y la Crucifixión, y en la predela se observa un Descendimiento, acompañado de imágenes de Job, de los profetas Isaías, Jeremías, Abacuc, Daniel y David. Otras tablas de este retablo están en el Museo de Prado. Pero aún aparecen, mezcladas con las anteriores, otro grupo de pinturas formado por un gran Calvario, más doce tablas a los lados, representando a los Apóstoles, y todas ellas adjudicadas por los especialistas a Antonio de Andrade, quien las realizaría a mediados del siglo XVI.

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