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El neurocirujano Andrés Alcázar

Cuando nuestros munícipes (repúblicos ilustres los llamaba Antonio de Moya al hablar del escudo de la ciudad) se ponen a pensar en nombres para darlos a las calles de ésta, la verdad es que lo tienen que pasar mal. Porque aquí ya no queda casi nada ni casi nadie por llevar a las placas cerámicas de la primera casa de cada calle. Por ello han tenido que recurrir a seres vivos para rotularlas, cuando la tradición más acuñada siempre pidió que se reservara el honor de las lápidas tan sólo a los que ya pasaron de la vida.

Hay un guadalajareño ilustre que nunca ha alcanzado ese honor. Y me lo ha recordado precisamente un profesor norteamericano, un neurocirujano ya jubilado, que anda ahora dedicado a recoger datos sobre lo que en la vieja Europa se hizo, en siglos pasados, de difícil y atrevido para ir poniendo losas a la avenida de la ciencia. Ese alcarreño de honor es Andrés Alcázar, que nació en nuestra ciudad, en los primeros años del siglo XVI, y murió en Salamanca en 1584.

Fue Andrés Alcázar médico antes que nada, y cirujano de forma añadida, inventor además de geniales instrumentos para realizar lo que sabemos que de vez en cuando hacía: operaciones quirúrgicas para tratar de curar enfermedades relacionadas con la cabeza, con el cráneo, especialmente las graves heridas recibidas por accidente en esta parte del cuerpo.

No quiso ocultar el lugar de su nacimiento Andrés Alcázar. Y por declararlo solemnemente, en la portada de su más famoso libro lo puso en letras grandes. Además, en el contexto del mismo explicó algún detalle más. Y así refiere que en su ciudad natal estudió la ciencia de curar con su maestro Antonio. Respecto a esto añade: siendo joven y estando pasando la práctica en Guadalajara, mi pueblo, con mi suegro y maestro Antonio…, siendo la opinión de algunos ilustres historiadores que este fuera Antonio Aguilera, un conocido y famoso, también escritor, farmacéutico y biólogo de conocida familia y alta fama en la ciudad, aunque natural de Yunquera de Henares.

Andrés Alcázar estudió la carrera de médico en la Universidad de Salamanca trabajando luego, en Ávila y Segovia. Volvió a la ciudad salmantina para opositar a la cátedra de Cirugía, que se había creado en esos años, y sin mayores problemas la ganó, en 1567. Como catedrático de Cirugía de la Salmantina Universitatis permaneció el resto de su vida, muriendo en la ciudad del Tormes en 1584.

Aunque su fama realmente le viene de lo que hizo y escribió, sabemos que como profesor fue también excelente, y que según dicen sus contemporáneos leía en su cátedra el clásico texto de Guido e leía muy bien y a provecho y en latín, e continuadamente da su hora y avn mas si lo dexasen. Esta condición de profesor universitario queda patente en la sistematización y exposición de su obra.

Cuando Andrés Alcázar, ya anciano, con más de ochenta años a sus espaldas, a petición de sus discípulos preparó su famosa obra impresa, el Libri Sex, llamado así porque consta de seis libros de cirugía reunidos en un volumen. Esos seis libros ofrecen lo más señalado de lo que Alcázar estudió y mejoró en sus años de práctica y profesorado.

El primero de esos seis libros es el titulado De las heridas de la cabeza. El segundo está dedicado a los problemas quirúrgicos del sistema nervioso periférico. El tercero se refiere a las heridas torácicas, y el cuarto a las abdominales. El quinto libro trata de la sífilis como enfermedad entonces en propagación, temida y extraña (una plaga bíblica se pensaba que era) y el sexto estudia la clínica y prevención de la peste bubónica, otro de los temas que mayor preocupación provocan entre la población del mundo occidental, aunque no fuese un tema estrictamente quirúrgico. De los seis capítulos o «libros» escritos por alcázar, el que más repercusión tuvo fue el primero, llegando a ser reeditado aisladamente siete años después. Los otros, que también contienen novedosas aportaciones al arte quirúrgico y médico, no tuvieron tanta fortuna como el dedicado a la cirugía craneal, que era sin duda el más llamativo, y es por el que nuestro paisano ha alcanzado tan altas cotas de fama póstuma entre los historiadores de la ciencia, y entre las gentes cultas en general.

El libro de Andrés Alcázar sobre la «Cirugía Craneal» consta a su vez de 25 capítulos, que presentan desde la anatomía de la cabeza, a la clasificación de las heridas cefálicas según la etiología y localización, y desde el diagnóstico diferencial de las mismas hasta el pronóstico en general y en particular. Desde el capítulo doce hasta el final, Alcázar ofrece soluciones terapéuticas, tanto desde el punto de vista médico como quirúrgico, para cada uno de los tipos principales de heridas.

Propone muy acertadamente una visión semiológica de las heridas de la cabeza, tal como ya se había hecho en los tratados clásicos de cirugía, en especial de Guy de Chauliac, pero también añade muchas otras valoraciones, síntomas y signos recogidos de su propia experiencia personal, describiendo los síntomas neurológicos: los vértigos, las alteraciones de la voz y la visión, los vómitos, la fiebre, las alteraciones del equilibrio, del tono muscular, de la micción y de la defecación, etc., ya que la simple valoración de las heridas por su aspecto o localización resultaba insuficiente, y la ignorancia de sus conexiones en el interior del cuerpo podía llevar, como nos dice en su libro, a gravísimos errores.

Esta primera parte de las heridas del cráneo es sin duda la parte cumbre de su obra, la más completa exposición sobre el tema publicada en el siglo XVI, muy superior a las de los textos de Ambroise Paré y Andrea della Croce. De ahí el interés, creciente hoy en día, por analizar con detenimiento lo escrito y estudiado por el alcarreño Andrés Alcázar.

Se manifiesta Alcázar firme partidario de la trepanación craneal, pero afinando en sus indicaciones y mejorando la técnica que hasta entonces se tenía. Para ello ideó, propuso y finalmente construyó algunos trépanos con el fin de solventar los inconvenientes que presentaban los hasta entonces existentes. Como no podía ser menos, el humanista Luís de Lucena, médico y sabio que lucía en los salones de la Corte vaticana, los dio a conocer por Italia y Francia, hablando de ellos a los mejores cirujanos de estos países. Es curiosa, pero cierto, la anécdota de que Alcázar dijo que había fabricado sus trépanos treinta años antes de la aparición de la obra de Guido Guidi, a quien acusa de haber plagiado sus instrumentos diciendo que había tenido ocasión de conocerlos a través de Luís Lucena). También es autor de un instrumento destinado a aspirar el pus impidiendo al mismo tiempo la entrada de aire en el interior del tórax, sirviendo así mismo para la aplicación de medicamentos.

La primera edición del «Libri Sex…» de la cirugía craneal de Andrés Alcázar se hizo en la imprenta de Domingo de Portonaris, en Salamanca, el año 1575.

En cualquier caso, un candidato a ocupar, si no la lápida pálida o azul que dé nombre a una calle de nuestra ciudad, de la ciudad en que él nació, sí a tener un hueco en la memoria de quienes quieren tener la certeza de ser paisanos de tan ilustre científico.

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