Carabias, el románico herido/curado

viernes, 3 diciembre 1999 0 Por Herrera Casado

 

Seguro que mis lectores están deseando que llegue el domingo para lanzarse al campo y poder contemplar algún rincón nuevo de nuestra provincia, tan grande, tan hermosa, tan llena de sorpresas… Puede incluso que hayan estado pensando en dirigirse hacia alguno de los lugares donde el románico se pinta con la fuerza solemne de la pureza medieval de formas, del silencio entre las húmedas arboledas, de la pátina dorada de sus sillares.

Pues bien, cuando alguien quiera ver, palpar incluso, esa solemne belleza del arte románico rural de Guadalajara, debe desplazarse hasta Carabias. Está poco más allá de Palazuelos, esa otra vieja ciudad amurallada del marqués de Santillana en la que la magia serena de los siglos reviste las piedras todas de su defensa perfecta. Ambos pueblos se encuentran, obvio es decirlo, muy cerca de Sigüenza, viajando por la carretera que desde la Ciudad Mitrada lleva hasta Atienza.

Un templo medieval

Derramada sobre la pendiente izquierda que abriga el valle del río Salado, la villa de Carabias tiene hoy un escaso caserío, un fontanar rumoroso, y un templo cristiano que fue construido, en la parte baja de la población, hacia el siglo XIII. A pesar de las reformas de posteriores centurias, ha conservado su primitivo aspecto, y puede ser calificado sin hipérbole de pieza única de la arquitectura medieval de nuestra tierra.

Recibe esa etiqueta de su singularísima estructura. El templo propiamente dicho consta de una sola nave. Alta, cubierta de bóveda falsa de escayola, tiene un presbiterio elevado y algunos altarcillos barrocos en los que San Sebastián, San Antonio y un Cristo meditan su abandono. Bajo la tribuna del coro, a media luz, se entrevé la antigua pila bautismal, como un enorme fósil con formas de venera. Al exterior, una torre muy antigua cobija las campanas (y alguna que otra paloma) en el ángulo sureste del edificio. Y por fin, el pórtico o atrio, que es lo verdaderamente singular de este monumento, y que, caso único en toda la provincia, tiene muros abiertos a los cuatro puntos cardinales.

El templo parroquial de Carabias fue dotado de una galería porticada que le rodeaba por mediodía y poniente. Pero que tenía también acceso por levante y algún vano abierto al norte. De ahí la anterior aseveración de ser la única iglesia románica de nuestra tierra que posee galería con muros orientados a los cuatro puntos del ámbito del horizonte. La parte más amplia y llamativa de esta galería es la del sur. Dos tramos de siete arcos cada uno, separados por un grueso pilastrón, se sostienen por sus respectivos pares de columnas de canon muy alargado, y rematadas en parejas de capiteles, todos ellos con elegante decoración vegetal. No tenía acceso la galería por este lado, porque el muro que daba al atrio era muy elevado en su interior. A levante sí, a través de un arco en el que remataba esta galería, y que hoy se ha abierto de nuevo en el contexto del muro de la torre, con capiteles rehechos a la posible imagen y semejanza de los que tuviera en su día.

Por el lado de poniente, la galería continúa con su sucesión de arcos y columnas: hacia su parte central se abre la puerta más principal de esta galería. Al lado derecho, tres arcos también sujetos de columnas y capiteles parejos, y al lado izquierdo, otros dos arcos similares. Finalmente, al norte se abrían un par de arcos completando ese amplio, airoso, alegre y feliz atrio en el que, -el viajero se imagina sin gran esfuerzo-, se reunirían al mediodía de los domingos, allá en los pasados siglos, las gentes del lugar.

Al templo se entra, desde el lado meridional del atrio, a través de una puerta de sencilla hermosura: es un vano cobijado de arcos semicirculares en el que surgen dos arquivoltas y un dintel arqueado. Se adornan de baquetones y algunos trazos geométricos. Y a su vez se apoyan en columnas rematadas por capiteles ya muy destrozados, pero en los que aún se adivina alguna forma humana. Los mejores capiteles son, sin duda, los de la galería porticada: muy parecidos a los de las iglesias (próximas entre sí) de Pozancos y Sauca, y sin duda copiados de los elementos gráficos tallados de los templos seguntinos (San Vicente, Santiago, la Catedral…), a su vez heredados de formas francesas, narbonenses y rosellonesas. Algunas formas del templo de Carabias, y alguna foto, van junto a estas líneas. Son simples anotaciones gráficas que pueden servir al lector para darse idea de la hermosa apariencia de este edificio.

Carabias puesta en valor

No hace mucho, y en mediodía limpio y luminoso de otoño, con los árboles del valle del Salado estallando de oros vacilantes, llegué hasta Carabias una vez más. Y esta vez la he encontrado como nueva. No solo su iglesia luce ya completamente restaurada, definitivamente salvada para el arte y la memoria, sino que entre las casas parece palpitar una nueva vida, bulle la luz y el color de modo renacido.

Quizás sea una explicación el hecho de haberse abierto recientemente un establecimiento hotelero, que supone un acicate para la estancia, y una coartada para la visita. Se llama Hotel Valdeoma, y lo regenta un joven entusiasta de la vida rural y silenciosa, de la auténtica vida en el campo en contacto con la naturaleza. Al final de la calle Cirueches, que en realidad es la salida antigua de Carabias hacia ese poblado que está más abajo en el valle, se alza de nueva planta un edificio que se acompasa totalmente con el entorno. Piedra arenisca roja, maderas y algún que otro elemento metálico. En el interior, espacioso y cómodo, hay ambientes como el comedor y la galería que son sencillamente de ensueño, y las habitaciones, amables y confortables, el lugar idóneo para pasar un fin de semana en la altura de la Celtiberia. Gregorio Marañón, que es como se llama el director de este centro, ha medido durante años la zona y los lugares, para finalmente adecuarse lo mejor posible al entorno. Es una atracción más, hoy día, en este pueblo de Carabias al que su iglesia, que lo centra todo, justifica cualquier viaje, cualquier mañana, sea soleada o no, de este otoño que va apretando en fríos, pero que pide salir, y ver, los referentes únicos y soñados de nuestra tierra.