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La arquitectura románica en la ciudad de Molina

 

La ciudad de Molina de Aragón, capital del Señorío del mismo nombre, y lugar por el que a lo largo de los últimos ocho siglos ha pasado densa la Historia, conoció sus días de mayor grandeza en los doscientos primeros años de su existencia. A partir de 1154, cuando su primer señor, don Manrique de Lara, le concedió al territorio un Fuero que supuso la facilidad de crecer y poblarse, Molina se convirtió en un lugar-meta para muchas gentes, especialmente norteñas, que acudieron a poblar en ella. La llegada de gentes del sur de Francia, de los territorios vasco-navarros, de la Castilla primitiva, etc., la enriquecieron económica y culturalmente. Fruto de esa dinámica social fue una abundante población, y una fiebre constructiva que la llenó de importantes edificios, algunos de los cuales han llegado hoy hasta nosotros. El castillo en lo alto, vigilante del burgo y el valle del río Gallo, es de los más grandes y hermosos de toda Castilla. De las múltiples iglesias románicas que se construyeron en los siglos XII y XIII sólo han quedado fragmentos. La más interesante, sin duda, es la de Santa Clara, que centrará hoy nuestra atención.

El templo románico denominado hoy de Santa Clara, fue en su inicio iglesia parroquial dedicada a Santa María y apellidada de Pero Gómez por haber sido este caballero su patrocinador. Iniciada en el siglo XIII, posiblemente hacia su comedio, nunca llegó a concluirse, y en el XVI fue destinada por Juan Ruiz Malo y su familia para servir de capilla al convento de monjas clarisas que fundaron y edificaron anejo a ella. Desde entonces se la conoce como iglesia de Santa Clara.

A poco que se examine su estructura se verá con claridad su inacabamiento. En planta vemos cómo tiene nave única, formada por un sólo tramo; amplio crucero y cabecera que se divide en presbiterio recto y ábside final semicircular. Sorprende por ejemplo el hecho de que la puerta principal la tenga precisamente en el brazo sur del crucero, además descentrada del eje de éste. Forzada por lo empinado de la cuesta en que está construida, una larga escalinata precede a su entrada, y el ábside goza de unas perspectivas solemnes, con el contrapunto de las torres del castillo. Los muros de sillería la confieren ya una rotundidez y fuerza especiales. La cabecera divide sus muros por seis grupos ó haces de columnas, más gruesa la central que las laterales, apoyando en fuertes plintos y alcanzando el alero, al que sostienen a través de capiteles gruesos, de vegetal adorno. El paramento del ábside se divide así en cinco paños. En el central de ellos, iluminando el ábside por el oriente justo, aparece un ventanal de rasgada luz aspillerada, escoltado por columnas que sostienen capiteles vegetales y un arco adornado de lisa chambrana. Esto mismo ocurre en los paños laterales del presbiterio.

La portada de Santa Clara es una de las más hermosas y bien dispuestas del románico de Guadalajara. Su estructura nos hace pensar enseguida en algunos ejemplos del románico francés. Al menos, no es habitual encontrar soluciones similares en el resto de la tierra castellana, mientras que en el territorio molinés hay ejemplos (Rueda, Buenafuente) muy similares. Esa especificidad le viene de estar enmarcada por dos pares de columnas, altas y finas, que llegan hasta el tejaroz que horizontal la protege por arriba. Este tejaroz se apoya en canecillos, a su vez separados por metopas muy decoradas con elementos geométricos que juegan con el círculo y las estrellas. La puerta propiamente dicha es de arquería semicircular, abocinada, formada por cinco arquivoltas en las que alternan los boceles y las nocelas, confiriéndole una agradable sucesión de resaltes y hundimientos. La chambrana exterior es de puntas de diamante. Apoyan las arquivoltas sobre columnas adosadas, cinco a cada lado, con capiteles cuajados de ornamentación vegetal, muy estilizada. Es curioso aún comprobar cómo las columnas más interiores llevan tallado un complicado anillo en su parte central. En el tímpano, original, pues le sostienen con dintel recto las columnas interiores, hay pintada una frase del siglo XVI en honor de la Virgen.

El interior es espectacular. Un tanto extraño, al ser más amplia la cabecera que la nave, lo que fuerza al visitante a lamentar que nunca terminara de construirse este templo con las dimensiones justas que le correspondían. Hubiera sido, sin duda, tras la catedral seguntina, el más grandioso y perfecto de los edificios religiosos románicos de Guadalajara. El tramo de nave existente se cubre de bóveda de cañón, ligeramente apuntada. En la cabecera, el tramo recto tiene este mismo tipo de cubrición, mientras que el ábside de planta semicircular se cubre por bóveda de cuarto de esfera. De cañón también son las bóvedas de los brazos del crucero, y sencilla de crucería es la cubierta de la parte central de este espacio, con nervios que descansan en los ángulos sobre ménsulas. El paso de una estructura a otra se hace mediante arcos triunfales, apuntados, que apoyan en haces de tres columnas, más ancha la central que las laterales, y que igual que en el exterior del ábside culminan en bellos capiteles de decoración vegetal. Toda la estructura tectónica y decorativa de este templo molinés de Santa Clara da la sensación a quien lo contempla con reposo de una completa armonía, de una obra medida en la que ha puesto la mano un auténtico maestro iniciado en todos los secretos de la perfecta arquitectura.

En la ciudad de Molina de Aragón todavía pueden verse restos, aunque mínimos, de otras iglesias románicas. Por una parte, al final de la calle de las Tiendas, está la iglesia de San Martín, que ha sufrido tantas agresiones, tantos incendios y tantas reformas a lo largo de los siglos, que solamente la estructura de su portada, con arquería apuntada, una cenefa de flores cuadrifolias y un anagrama tallado de Cristo en su clave, más el ábside semicircular empotrado en los edificios colindantes, y una ventana aspillerada escoltada de columnillas y capiteles vegetales es todo lo que queda de su antigua estructura medieval. En San Gil se pueden ver algunos muros originales románicos, con una bonita y alargada ventana de remate semicircular y canecillos de tema vegetal, en el interior de un patio. También mencionar la iglesia del castillo dentro del recinto de su albacar, y cuya planta, reducida pero completa, de nave única rematada en cabecera semicircular ha sido puesta al descubierto en las excavaciones realizadas en aquel lugar no hace muchos años.

Para quien busque las razones de esa historia, larga y densa, repito, de la ciudad de Molina, no está de más mirar ese espejo que son sus edificios románicos. En ellos cuaja el sentido del equilibrio y la fuerza que la Edad Media plena tiene. Y en ellos revivimos la esencia de unas épocas que, no por lejanas, están más distantes de nuestra vida.

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