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De viaje por Crimea: La fortaleza de Sudak

 

Hoy va de viajes remotos este artículo. De vez en cuando, a este Cronista le llaman para participar en algún Simposio o Congreso  que la Federación Internacional de Escritores y Periodistas de Turismo celebra por el mundo. Y en esta ocasión, los días 5 al 12 de junio pasado, se ha celebrado el 41 Congreso Internacional de la FIJET en la ciudad de Yalta, en la costa Sur de Crimea, hoy República Autónoma comprendida en el territorio de Ucrania, en la antigua Unión Soviética. Dos centenares de escritores, un tercio de ellos españoles, han dado consistencia a este Congreso, en el que se han debatido, entre otras cosas, la importancia de las Rutas Históricas y Literarias como elemento fundamental de promoción del turismo internacional.

Sudak en la Ruta de la Seda

Y por una de esas Rutas hemos andado. Concretamente la Ruta de la Seda, que desde Europa iba a China, y por la que viajó Marco Polo. Junto con la del Camino de Santiago, son las dos únicas Rutas que hasta el momento han sido declaradas «Patrimonio de la Humanidad» por la UNESCO. La Ruta de la Seda atravesaba el norte de la península de los Balcanes y se adentraba en el país de los eslavos llegando al Cáucaso por la costa del Mar Negro. En Crimea, que tiene una costa meridional que es un auténtico paraíso, la Ruta de la Seda hacía parada en Sudak, un lugar amable y acogedor con playa y montaña, en cuyo extremo junto al mar se alza sobre una roca imponente el castillo que allí llaman «de los genoveses», aunque perteneció a múltiples dueños a lo largo de los siglos. Ahora es una fortaleza que se visita por el turismo, y en la que las autoridades ucranianas siguen, con la precariedad de medios que todo el país tiene, excavando y desvelando.

La fortaleza de Sudak, de la que aquí vemos dos fotografías fragmentarias, es muy parecida a la de Molina de Aragón. Al menos a mí me lo pareció, y es por eso que de todo mi viaje por Crimea he escogido este aspecto patrimonial para comentarlo y animar a mis paisanos a que hagan un viaje por aquellas tierras. El castillo de Sudak tiene, de una parte, su apoyo sobre una empinada y abrupta roca que cae sobre el Mar Negro, por lo que está perfectamente defendida por esa parte. Y en el costado norte, el que da a tierra, se constituye por un altísimo nivel de muralla que a trechos se refuerza de grandes torres cuadradas, con tan sólo tres paredes, pues la parte interior está abierta. El espacio de la fortaleza es inmenso, más de 100 hectáreas. Allí cabía no solo una guarnición militar, sino toda la ciudad en caso de ataque exterior. En ese recinto se han encontrado depósitos de agua, de víveres, iglesias de estilo armenio, una gran mezquita en la que se muestran hoy el resultado de las excavaciones, y un puerto protegido de grandes torres.

Esta fortaleza, de origen muy primitivo, fue levantada de nuevo por los genoveses en el siglo XIV. Es curioso contemplar las lápidas talladas y escritas en italiano con los escudos de la ciudad de Génova y de algunos jerarcas y señores de esa ciudad, gobernadores de la fortaleza por la Señorío genovesa. Durante unos cuantos siglos la gobernaron y controlaron desde ella el comercio de la seda en el extremo oriental de Europa y el occidental de Asia. Hoy el viajero se entusiasma recorriendo, con cierta fatiga a veces, por lo empinado de las cuestas, este castillo que el viajero no duda en catalogar entre los más grandes y extensos, entre lo más imponentes y sugestivos de toda Europa. Porque Sudak, como Crimea entera, es todavía Europa. Su extremo más oriental. Pocos kilómetros más allá, en Georgia, el Cáucaso, empieza Asia.

Crimea hoy

Para los más aventureros de mis lectores, a esos a los que Guadalajara, y aún Castilla-La Mancha, Castilla-León y la Rioja se les quedan pequeñas, les propongo viajar a Crimea. Es sin duda un lugar paradisíaco. No por casualidad allí pusieron los zares rusos, y luego los secretarios generales del Partido Comunista Ruso sus palacios de verano y sus dachas de descanso. Para cualquiera de los 300 millones de ciudadanos de la Unión Soviética, ir de descanso a la costa de Crimea era el mejor de los premios. Así ocurrió que en los años 70 el régimen de Moscú construyó el Yalta Hotel, en la capital de la costa, entre bosques densos que caen al mar desde alturas de 1.500 metros en la misma costa. Y le puso al tal hotel 2.500 habitaciones, que estaban siempre llenas de obreros y gentes premiadas por el régimen. Hoy, con la desmembración de la Unión, los rusos que tienen dinero prefieren otros destinos (entre ellos las costas españolas) y los que no tienen suficiente capacidad económica, ven imposible acceder a este «lujo» inalcanzable del hotel Yalta. De ahí que nunca hay ocupadas más de 100 habitaciones.

La situación económica y social de Ucrania es actualmente un tanto delicada. La inmensa mayoría de la población sigue siendo funcionaria del Estado. Algunos son agricultores, por cuenta propia, y otros han montado negocios particulares: tiendas, restaurantes, poco más. Los grandes elementos económicos de Ucrania, al igual que ocurre en Rusia, están en manos de «grupos» (por llamarlos de alguna manera) con métodos muy expeditivos y enérgicos en el control del movimiento económico. El gobierno, al que no puede negársele buenas intenciones, ni tiene programa ni capacidad de llevarle a cabo. Los funcionarios están desencantados, entre otras cosas porque siempre cobran (y el salario medio mensual es de 20.000 pesetas) con cuatro o cinco meses de retraso. Los camiones, jeeps y toda clase de vehículos militares, que se ven por todas partes, muchos todavía con la estrella de cinco puntas y las siglas CCCP en las puertas, son ya propiedad particular, los agricultores los han adquirido por cuatro dineros, porque el Estado es incapaz de mantener un arsenal tan gigantesco. Son datos que se ven, andando por las calles. Porque en ningún caso recomiendo, a quien vaya a Crimea a hacer turismo, que se meta a mayores averiguaciones…

En Yalta enseñan, muy bien restaurados, los palacios del emperador Alejandro III, el palacio de Alustha que luego usó Stalin como «dacha» de verano. Es tan hermoso como un castillo del Loire francés. Y en una situación excepcional se levanta el palacio de Livadia, la residencia de verano que construyó el último Zar, Nicolás II, y en la que luego en 1944 se celebró la famosa «Conferencia de Yalta» en la que Stalin, Roossevelt y Churchill se repartieron el mundo. O el palacio de Alupka que el Conde Boronsob construyó en estilo inglés…

Un lugar que merece verse cuando se busca lo que Crimea tiene con largueza: buen clima, hermosos paisajes, patrimonio interesante, y alegría en la gente. La única pega es el viaje. De momento, hay que hacer escala en Estambul, por línea regular, o en vuelo charter con escala en Budapest, como hizo nuestro Congreso. Y esperar a que Barajas, un siglo de estos, se normalice.

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