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Una feria que nace

 

El fuero de la ciudad de Guadalajara, de 1133, ya recogía diversas disposiciones que afectaban y regulaban el mercado arriacense. Por ejemplo, disponía que «los hombres de Guadalajara que vayan al mercado, no paguen portazgo» en la tierra del Rey. Y aún protegía a los comerciantes que de Guadalajara o de su comarca, fueran al mercado de la capital, a ofrecer sus productos. Los Reyes medievales, y sus asesores, sabían que la mejor forma de hacer crecer una ciudad, de protegerla y engrandecerla, era eximir de impuestos a quienes compraban o vendían en ella. De esa manera, la gente iba a sus mercados y ferias, y la ciudad se expandía.

Fue el rey de Castilla don Alfonso X «el Sabio» quien concedió a Guadalajara su Feria anual, que duraría 15 días, y se celebraría en las semanas anterior y posterior a San Lucas, esto es, en torno al 18 de Octubre. Para favorecerla, dio un decreto real eximiendo de pagar impuestos en todo el reino castellano a los comerciantes que llevaran su mercancía a la Feria de Guadalajara (a excepción de los portazgos de Toledo, Sevilla y Murcia, que deberían ser pagados si por ellos se pasaba). La creación de esa feria, que hizo crecer a Guadalajara de forma contundente, fue el 4 de julio de 1260. Además Alfonso X le concedió a nuestra ciudad otra Feria en primavera, que nunca llegó a tomar auge, porque la de otoño era la más popular, y estaba en conexión de fechas con las de Alcalá y Brihuega, de tal manera que los mercaderes iban de una a otra, facilitando el comercio y mejorando la calidad de vida de las gentes, al mismo tiempo que las villas y ciudades donde se celebraban estas Ferias, crecían.

Una Feria del siglo XXI

Vienen estos recuerdos a cuento de que, una vez más, y ahora por decisión y entusiasmo de la Cámara de Comercio e Industria de Guadalajara, a nuestra ciudad le nace una Feria, que llega en la primavera y que se denomina «del Comercio y el Turismo». Es la primera que con este título aparece, aunque ya ha habido muchas otras antes. No se me olvidarán nunca aquellas Ferias de Comercio que en múltiples y pequeños stands apiñados se ponían en la Concordia en los años 50, donde se ofrecían a los maravillados ojos de los ciudadanos alcarreños las radios, las máquinas de coser, las cafeteras, las modas más atrevidas de ropa interior, los zapatos novedosos y las enciclopedias. Para mí eran aquellas ferias un ventanal al mundo moderno.

Después se siguieron montando, grandes y multitudinarias en su aceptación de visitantes, en el gran parque de entrada al Panteón, en el paseo de San Roque. Las Cajas ponían exposiciones de pintura, los concesionarios enseñaban sus mejores máquinas de cosechar, sus coches, sus motos; y aquí y allá las Centrales Nucleares, la gran fábrica de vidrio de Azuqueca, todos los grandes complejos de industria del Polígono, montaban sus stands para enseñar al público de Guadalajara lo que producían. Fueron años, sí, de desarrollo económico imparable, de energía productiva, de ganas de enseñarlo.

Durante los últimos 15 años, por las razones que sean, pero ha sido justo en estos años, la situación económica de Guadalajara ha estado como encogida, paralizada, viviendo de rentas anteriores. Ni las grandes empresas se han podido permitir alegrías, y las pequeñas se han dedicado poco menos que a sobrevivir. Y los que han crecido -que los ha habido- han vendido tan fácilmente sus productos que no han necesitado promocionarlos más que en la prensa.

Con esta iniciativa que se pone en marcha en estos días, la I Feria de Comercio y Turismo de Guadalajara va a ser el intento de la Cámara de Comercio por poner a flote otra vez la dinámica comercial de nuestra tierra. El marco para hacerlo ha sido espléndido, el palacio del Infantado. Porque si los arcos trazados por Juan Guas hablan siempre de epopeyas, de galantes fiestas y suntuosos banquetes, no está de más que por una vez se hable de comercio, de productos, de industrias, de compras y ventas, entre las doradas piedras de Tamajón. Los Mendoza, que como aristócratas hispanos de corte clásico despreciaron siempre el comercio y el trabajo, para que nadie les achacara en su sangre mancha de judaísmo, tendrán ahora que torcer el gesto al ver que sus paramentos lujuriantes de cardinas y grifos se les llenan de menestrales y quincalleros. El mundo es otro, y para bien de todos, la dignidad hoy se basa en el trabajo, no en los títulos.

Ferias de la provincia

Por la tierra de Guadalajara se multiplicaron siglos atrás las Ferias y los mercados. En un libro espléndido que firmó Pedro Ortego hace años, con el que ganó el premio «Layna Serrano» de investigación histórica, y que se titula Aproximación histórica a las ferias y mercados de la provincia de Guadalajara, aparecen como en un retablo colorista y bullicioso la serie de ferias, de ganado, de comercio y de encuentros personales que por los pueblos de Guadalajara se celebraban siglos atrás. Era quizás la más famosa de todas ellas la de Tendilla, por San Matías, a la que venían gentes de todo el mundo conocido. Comerciantes portugueses e indios, flamencos y turcos, una amalgama de gentes y productos que traía durante casi un mes a gentes de toda la Alcarria. Pero fueron también muy famosas las ferias de Brihuega, de Pareja, de Pastrana, de Mondéjar y de Sigüenza, sin olvidar las de Cifuentes y Molina, la de Maranchón (ganadera al cien por cien, lo mismo que la de Cantalojas) y la de Hita. A la feria de San Mateo en Jadraque, hacia mediados de septiembre de cada un año, venían gentes de Andalucía. También la viví, de muy pequeño, con el asombro que daba ver pasar recuas inacabables de mulas por las empedradas calles que sestean a la sombra del castillo del Cid.

Ahora muchas de estas poblaciones están recobrando sus ferias. Con otro sentido completamente distinto, como una oferta de lo que en esos lugares se hace y se ofrece (con un sentido de turismo más acusado, es cierto, pero es porque el futuro de nuestra provincia está en el turismo y sus aledaños, no en otra cosa). A Pastrana le ha nacido y crecido la Feria Apícola Regional, todo un acontecimiento de carácter europeo, por no decir mundial. Y luego la TUROJAR, de Turismo y Ocio, que en dos años se ha hecho adulta. A Mondéjar le va granando su Feria del Vino y Agroalimentaria, cada año más concurrida y cuajada de ofertas espléndidas, especialmente nacidas de sus vinos , su charcutería y sus dulces. A Jadraque le cuesta, pero le va a nacer otra, muy pronto. Y buena. Y Molina el año pasado estrenó una Feria que seguro va a ir adelante, la del Ganado. Lo mismo que la ya clásica de Cantalojas, aunque esa bandea más irregular, quizás por lo lejana.

En esta I Feria del Comercio y el Turismo de Guadalajara que estos días nace, y a la que acudiremos con la esperanza y el empeño de que surja fuerte y cuaje bien, nos vamos a encontrar todos los que creemos que Guadalajara se hace, más allá de los discursos y los cohetes, trabajando y dedicando horas a producir cosas nuevas. Con el entusiasmo y la fe de que eso no es perder el tiempo, sino que es mejorar la vida de cuantos nos rodean. En torno a las viejas piedras ducales de los Mendoza nos veremos.

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