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Molina de Aragón, de villa a ciudad

 

La paramera molinesa, esa comarca alta, fría y ventosa en la que las torres de los castillos molineses ofrecen su recortada silueta sobre las pardas ondulaciones y los verdes sotos que escoltan al río Gallo, tiene hoy de nuevo el sonido de la actualidad, porque uno de sus hijos ha escrito un libro en el que refiere con detalle los avatares de esa ciudad que la capitanea: de esa Molina de Aragón, que algunos quieren sea llamada Molina de los Caballeros, y que es todo un dechado de sugerencias y evocaciones, en sus mil rincones oscuros o brillantes.

El libro es el que firma Juan Carlos Esteban Lorente, y lleva por título «Molina de Aragón, de villa a ciudad». Es el resultado inicial de un trabajo técnico, la Memoria y Antecedentes Históricos de las Normas Subsidiarias de Planeamiento y Plan Especial de Protección del Conjunto Histórico de la ciudad de Molina de Aragón. A pesar de tan pomposo título, -nomenclaturas tan queridas en las altas esferas de la Administración-, el trabajo de Esteban Lorente lleva el sello del cabal conocimiento y el amor sin fisuras hacia una ciudad que lo merece todo. Y así, nos enteramos a través de sus páginas, cómo Molina fue una ciudad que ya en los tiempos de los celtíberos tenía su propia voz. Fue ocupada de romanos, y plaza fuerte de los musulmanes hispánicos. En ese momento, desde el siglo VIII en adelante, Molina adquiere una voz propia en los anales de la historia de Al-Andalus, y aunque alejada de cualquier centro de poder, precisamente por capitanear una comarca remota pero crucial en la estrategia caminera y militar de la Península, adquiere una importancia que se verá reflejada en una estructura urbana y en unos edificios que la conformarán para siempre tal como hoy la vemos.

La alcazaba («los castillos» que dicen los molineses) tiene la estructura propia de un castillo moro. Es grande, posiblemente de los más grandes de toda España, y como en toda ciudad hispano-musulmana que se precie, la alcazaba en lo más alto, aislada por completo de la población, para mejor ser defendida de ataques exteriores y de algaradas interiores. Esteban ve muchos detalles de urbanismo árabe en la actual ciudad molinesa. Ya es difícil, porque ha sufrido tantas mutilaciones y cambios desde entonces. Pero todavía quedan pequeñas calles sin salida, y una pintoresca acequia en el lugar conocido por el Ojo en la calle de Abajo, junto a la presa, que atraviesa el interior de un conjunto de casa dedicadas antiguamente a la molienda. De aquella época quedan además los restos de una torre albarrana de la muralla en el recinto que baja hasta el río, donde estuvieron los antiguos baños y la “rica casa” del arraez moro Aben Galvon. Incluso para el observador al detalle de las viejas ciudades hispanas, no escapará la existencia de una red de canalillos, acequias y pequeños caces que son la expresión más genuina de una civilización que siempre vivió en función del agua. El propio nombre de la ciudad, Molina, hace alusión a esa función, que se concretó siempre, y especialmente en la época árabe, en un conjunto de hasta ocho molinos aprovechando las aguas del Gallo en la misma ciudad, o en sus inmediatos alrededores.

La conquista de la ciudad por el ejército cristiano de Alfonso I el Batallador, rey de Aragón, en 1128, supone un cambio de estructura, que se concretaría en un aumento por supuesto de los templos: surgieron entonces edificios dedicados al culto cristiano, como fueron los templos de San Andrés (dentro del recinto de la fortaleza, donde fueron a vivir un grupo numeroso de gentes, fundamentalmente servidores y guerreros de los condes, los Lara, que en 1147 dieron el Fuero a la ciudad y su amplio territorio de alfoz. Otros templos, como el Santa María del Collado (luego conocido como Santa Catalina) y Santa María del Conde, fueron iniciados por los primeros condes, teniendo un desarrollo progresivo el tema de las iglesias con la condesa doña Blanca, que no sólo ayudó a levantar el templo románico de Santa María de Pedro Gómez (un mayordomo condal) sino que fundó el convento de San Francisco, iniciado hacia 1280, y que sería, lógicamente, otro edificios de rudimentos románicos muy claros.

La pertenencia de Molina a la familia de los Lara, con seis condes/condesas en su particular “Gotha” medieval, hizo que durante ciento cincuenta años (desde mediados del siglo XII a fines del XIII) el territorio molinés fuera independiente de los reinos circundantes y fronteros, Castilla y Aragón. Sus guerras y sus disgustos les costó, pero la familia Lara supo mantenerse independiente para bien propio y de sus habitantes. La entrada en la corona de Castilla, tras el matrimonio de la sexta señora doña María de Molina con el rey Sancho IV el Bravo, fue buena para la ciudad, pues se hizo más abierta al mundo (al mundo circundante, me refiero) y tuvo oportunidades de abrir sus caminos al negocio de la lana, teniendo desde el siglo XIV un creciente y favorable comercio con la ciudad y tierras de Burgos, especialmente en lo referente a la lana producida por sus cientos de miles de ovejas.

Molina de Aragón (que tomó este sobrenombre tras haber pertenecido al reino aragonés durante 6 años, cuando los molineses se entregaron a Pedro IV de Aragón por no querer sufrir el mandato y señorío de Bertrand Duguesclin, el caballero que ayudó a Enrique II en su magni-fratricidio de Montiel) creció entonces de forma importante. Los Reyes de la casa Trastamara y los Reyes Católicos a fines del siglo XV la favorecieron con privilegios y el comercio de la lana la hizo engrandecer. Su estructura urbana se completó, aun sobre la base de un burgo medieval endogámico y de basamentas musulmanas. Aparecieron otras órdenes religiosas (clarisas, por ejemplo) y empezaron a asentar grupos familiares que con un sentido patrimonial de la tierra, de los negocios y el poder económico-político, dieron vida a la genuina clase social del Antiguo Régimen: potentados que tenían señoríos breves en pueblos del contorno, muchas tierras y mucho ganado por el Señorío molinés, y grandes palacios urbanos en la ciudad. Así ocurre que desde el siglo XVI Molina de Aragón se transforma, en medio de un territorio poco poblado, muy frío, alejado de cualquier ciudad de rango, en una ciudad señorial y aristocrática, en un mundo poblado de lujos y modernidades, como una isla verde y llena de palmeras en medio de un oscuro océano de sales y perdiciones.

El libro de Esteban Lorente nos va narrando con precisión estos avatares: surgen los palacios en torno a la plaza mayor. En esta misma aparece ese curioso elemento urbano que llaman “la Horma”, una calle que corre por debajo de las casas principales de la Plaza Mayor y por encima de sus portales. Los grandes palacios de los Montesoro, de los Peyró, de los Arias, de los Montenegro, de los marqueses de Villel, de los Garcés de Marcilla, de los condes de Argillo, de los duques de Rivas y de los Embid, y de tantas y tantas grandes familias que durante tres siglos se repartieron el poder concejil y las ganancias de la ganadería trashumante, llenan la villa: en torno a las iglesias (la de San Gil, la de San Felipe, la de San Martín) y dentro de sus conventos (el de Santa Clara y el de San Francisco) surgen los palacios y se abren las heridas marmóreas de los enterramientos y capillas mortuorias. Una ciudad fantástica que ofrece escudos sobre las portaladas de los palacios y los repite sobre las arquitecturas solemnes de las capillas eclesiásticas.

La hora fatal suena en Molina el 2 de Noviembre de 1810, nunca más justificado su título de Día de Difuntos: los franceses atacan e incendian la población. Se reducen a escombros las calles de las Tiendas, de Tejedores, de Sogueros, de Sombrereros, la Albardería y la calle Losada. Muchos de sus habitantes huyen, otros muchos mueren, y todos quedan con el horror clavado en las retinas, con tanta fuerza que parece no haber desaparecido aún. Los molineses sueñan aún con el fuego y la destrucción de hace casi doscientos años. Después de ello, las Cortes de Cádiz concedieron a Molina el título de ciudad, por su comportamiento heroico. Se reconstruyó y aún amplió la ciudad, traspasando el río Gallo hacia el Sur, surgiendo la plaza de Manrique, canalizando el propio curso de agua para evitar inundaciones, que en la Edad Media y Moderna no eran raras. Los años finales del siglo XIX y comienzos del XX supusieron retrocesos y abandonos, y solamente a partir de los años 60 de este siglo, se inició la restauración de muchos de sus edificios emblemáticos, el acondicionamiento para usos alternativos de templos y palacios, y también (no lo podemos ignorar) se cometieron agresiones a la trama urbana que de forma sorprendente, y a pesar de estar denunciadas y prohibidas por las autoridades del momento, siguieron adelante. Me refiero al edificio de nueve plantas de los Adarves, a la torre-radar de la Telefónica junto al Ayuntamiento y a otras cosas en las que por haber tenido participación personal y muy dolorosa prefiero no recordar. Juan Carlos Lorente, que es un historiador de tomo y lomo, riguroso y serio, a quien nada escapa de lo que acontece y aconteció en Molina, ha conseguido con este librito recordarnos a todos la importancia urbana de una villa/ciudad como Molina de Aragón, y animar un poco el ambiente cultural de este lugar emblemático y tan querido de nuestra provincia.

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