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Un vuelo por el Badiel (a pie o por Internet)

 

Un vuelo corto, pero intenso, es el que puede hacer cualquiera de vosotros, en una tarde de este otoño manso, por el Valle del río Badiel. Yo lo he hecho esta tarde. Me fui río arriba, desde Sopetrán (tras visitar a mis amigos los monjes del viejo monasterio, que andaban con el mastín español que tienen, y su colaborador Adrián, mirando lo altos que ya están los maizales), y pasé por entre los humos que sueltan las hogueras que las gentes del valle montan para terminar con las hierbas secas del verano: un humo azul pálido, de un intenso olor a paja ardida, va tapizando de manchas el valle. Pronto aparece Valdearenas, con su muñón de iglesia encima del otero, y ese aire de lustroso espacio rural en el que siempre hace sereno.

La tarde está ventosa. Los árboles, ya amarilleando sus hojas más altas, se inclinan ante la fuerza del señor del sur. Junto a la fuente están Eusebia y Alejandro, que miran el pasar raudo de las nubes cenicientas, y me hablan del hijo que anda lejos, muy lejos ahora. Sigo subiendo el Badiel. Me llego a Muduex, donde saltan los niños junto a la rojiza mancha de su torre de ladrillo mudéjar. Dentro, tras la puerta, guardan la vieja imagen del románico, la presencia medieval tallada en las piedras calizas. Y me entretengo en pasear junto a las vallas de los huertos, mirando los anchos caminos que por el hondo del valle acompañan el reato del agua. Después llego a Utande, con su altozano dominante y orgulloso. De entre los muchos molinos que jalonan el valle (hoy todos restaurados y ocupados por gentes de buen pasar) me paro a la orilla de la carretera en el de Paco Sobrino, ese alcarreño universal que anda, él sólo en su inmenso salón geometrista, preparando la iluminación de la Biblioteca Nacional Francesa, la nueva torre Eiffel que pondrá de luz vibrante el cielo de París.

Y sigo, dejando a un lado ese encanto supremo del molino de doña Esperanza, rodeado de altos chopos, elegantes álamos y orondos sauces. Me paro en Valfermoso de las Monjas, en el monasterio de las benedictinas, donde como siempre salen todas a recibirme alegres. La madre, (Josefina ya es abadesa, me enseña con satisfacción la cruz de madera que le cuelga al cuello, tan merecida y democráticamente puesta) habla de todo lo divino y lo humano. Allá lejos sabe del mundo más que muchos: sabe de obispos, de presidentes de Diputación, de delegados de la Junta y de madrileños alcaldes. Todos han pasado por las silenciosas estancias de Valfermoso. Que hoy son muy sonoras, porque tiene más de 60 huéspedes, incluidos niños, correteando por la Hospedería. En el claustro, que es el más vegetal y plural que he visto, hay de todo: frutales, sillas de plástico, una fuente sonora, y materiales para la obra que nunca concluye. Las benedictinas de Valfermoso son las monjas más alegres que conozco, y al viajero le dejan siempre el consuelo de la paz que respiran.

Termino ya: en Argecilla visito la ancha plaza, me asombro otra vez de su hermosa iglesia, me encanto oyendo el agua correr por todos los rincones. Vuelvo a caminar. Y paso por Ledanca, donde la fuente, oronda y maternal, como las de Valdearenas y Utande (parece que en el Badiel las fuentes son más grandes y generosas que en cualquier otra parte) centra la atención de su plazal. Sigo arriba el camino y llego a la meseta. Allí está la autovía de Aragón. Por ella, en un santiamén, me vuelvo a casa.

El Badiel en Internet

Tiene gracia que ahora el Badiel sea el más internacional de los ríos de Guadalajara. Lo es porque ya está en Internet. Tiene su página propia, su Web particular. La ha puesto un hombre del valle que por ahora está lejos. Emilio Santamaría, que tiene fundada en California una gran empresa de ordenadores y comunicación (se llama www.esfera.com, para los que quieran mirar lo que hace) y tiene tanta morriña de su valle que le ha dedicado unas cuantas y hermosas páginas en la Red universal. La he estado mirando, durante los diez minutos que lleva leer sus textos, mirar con tranquilidad sus hermosas imágenes, y admirar el exquisito diseño que le ha puesto, y me he quedado encantado. Merece la pena darse una vuelta por ese espacio de Internet. Se llega tecleando esto: www.esfera.com/badiel. Así de sencillo. Además ha añadido un espacio que titula «Foro» y en el que ha propuesto diversos temas de discusión para que la gente opine sobre ellos, con esa libertad total y sin fronteras que proporciona Internet. Es curioso leer lo que la gente opina sobre la caza, los encierros de toros en los pueblos, el turismo rural o los libros de Guadalajara. Más de uno se llevaría una sorpresa si supiera lo que realmente se está moviendo en Internet, y se diera cuenta de que quien no se suba ahora a este tren, se va a quedar muy pronto, como Penélope (la de Serrat) «sentadito en el andén». Mi enhorabuena a Emilio Santamaría (tiene un nickname, Lorca, en admiración del poeta que hace ahora cien años que nació, por el que le conocen muchos internautas). Y es ya, sin casi habérselo propuesto, uno de los hombres que más influencia tiene en la realidad «virtual» de la Guadalajara del momento. Aunque esté en California.

Lo repito. Mirad esta página del Badiel en Internet. Llevaros en la retina sus hermosas imágenes en color. Y mandadle un e-mail a Lorca. Lo agradecerá. Al tiempo que vais sabiendo lo que (de una forma infernalmente rápida) está cambiando en esta provincia.

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