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El Doncel y su familia

 

Hoy que tanto se lleva contar, en novelas y tele-novelas, las vicisitudes de las familias célebres, o inventadas, a lo largo de diversas generaciones, sería fascinante para un novelista/historiador dar vida a la «saga» de los Vázquez de Arce, ese grupo familiar formado en la Baja Edad Media, en tierras de en torno a Medinaceli y Sigüenza, militando en el ámbito clientelar de los Mendoza, y plenamente integrados en el proyecto político-militar de los Reyes Católicos.

Saber de estas gentes, de sus nombres, sus escudos, sus vestimentas, sus leyendas, sus cotilleos y sus desconocidos romances, es algo que cualquiera puede intentar a nada que vaya hasta Sigüenza, visite en su catedral la Capilla de San Juan y Santa Catalina, y lea un par de libros que hay sobre la materia. En especial uno que está a punto de sacar a la luz Juan Antonio Martínez Gómez-Gordo, quien ha escrito una apasionante biografía del Doncel de Sigüenza, y la cuenta con un idioma al alcance de todos.

La capilla de San Juan y Santa Catalina

Recorrer la catedral, es llegar en cierto momento hasta el crucero. Mirar sus bóvedas, la luz tamizada por las vidrieras de sus rosetones, admirar sus altas rejas, o las pálidas alegorías de sus predicatorios.

La capilla de los Arce es, dentro de la catedral seguntina, como un nuevo templo, más reducido pero cuajado todo él de luz y maravilla, pues a lo largo de sus muros se alinean las mejores ofertas de la escultura funeraria de Castilla.

Se abre la portada de cara al brazo sur del transepto, y es obra de estilo plenamente renacentista, de equilibradas líneas y abundante decoración de grutescos. Consta su ingreso de un arco de medio punto flanqueado por sendos balaustres que apoyan en altas basamentas, y todo ello sujeta un friso sobre el que se alza el coronamiento que se hace a base de un arco rebajado donde un grupo tallado de la Epifanía nos recuerda, por la suavidad del trazado y lo dulce de su talla a lo florentino más elegante. En el friso de esta portada se puede leer esta frase: A la gloria de Dios y de la Purísima Virgen su Madre y de los Reyes Magos, hizo esta donación D. Fernando de Arce, Obispo de Canarias; para mas devoción de esta Iglesia y de esta Capilla dotó perpetuos capellanes para que rueguen a Dios por el alma de los Católicos Reyes D. Fernando y Reina Dª Ysabel, que le hicieron bien, y para otros sus bienhechores y por las almas del Comendador D. Fernando de Arce y Dª Catalina de Sosa, su madre, y sus hermanos y parientes presentes y por venir. La portada de esta capilla fue trazada y ejecutada por Fernando de Baeza, Sebastián de Almonacid, Juan de Talavera y Peti Juan. Sobre las claves del arco y sus enjutas aparecen los emblemas heráldicos de la Orden de Santiago, y de los linajes de la familia fundadora, Arce y Sosa.

Un espacio mágico e histórico

En el interior de este ámbito se encuentran diversos enterramientos de la familia Arce y Sosa. Sobresale especialmente de todos ellos el de don Martín Vázquez de Arce, el Doncel, cuya estatua yacente es según Ortega y Gasset, la estatua más hermosa del mundo. Desde luego, una de las mejores obras del arte de la escultura en todo el Occidente europeo. No vamos a describirlo aquí, porque tantas veces lo hemos hecho que sería redundar en lo ya sabido. Pero sí decir algo sobre el resto de su familia, de la que se ven sus memorias repartidas y talladas en la piedra de muros y suelos.

El enterramiento de los padres del Doncel, don Fernando de Arce y doña Catalina de Sosa, se encuentra situado en el centro del recinto, a modo de gran lecho pétreo sostenido por leones, sobre el que aparecen los cuerpos tendidos, tallados, de estos personajes, en estilo ya renaciente, pero con muchos detalles que hacen pensar que estas esculturas fueron realizadas por el mismo autor, y desde luego por idéntico taller que las de su hijo.

También es espléndido el enterramiento, adosado al mismo muro que el Doncel, de su hermano don Fernando de Arce, prior de Osma y obispo de Canarias, obra de profusa decoración plateresca, con basamento embellecido de grutescos y blasones del prelado, sobre el que un gran nicho rematado de arco triunfal contiene la estatua yacente, revestida de decoración renacentista. En el fondo de ese nicho aparece un buen relieve representando la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, y en los laterales, pequeñas hornacinas aveneradas con representación de las virtudes y de varios santos de la devoción del prelado. El epitafio del personaje puede leerse en letras romanas sobre cartela colocada al fondo del lucillo, y dice así: Fernandvs de Arze. Prior / Oxomensis. Ecclesiae de / Mum. Episcopvs. Canarie / Sis. Regie. Maiestatis. Con / siliarivs. Obiit. Año. M.D.XXII. Es este de don Fernando Vázquez de Arce uno de los primeros ejemplos de lo que se ha denominado «enterramiento en retablo», pues la estructura del mismo recuerda un altar en el que el lugar del Sagrario lo ocupa el cuerpo difunto del fundador. Similar estructura la encontramos, en la misma catedral, en el mausoleo del Obispo Fadrique de Portugal. Y en España es quizás el más señalado el del Obispo de Sevilla don Diego Hurtado de Mendoza, en la catedral hispalense.

En esta capilla de San Juan y Santa Catalina se encuentran todavía otros varios enterramientos  ‑en forma de laudas o imágenes yacentes‑, de la misma familia: En los muros del pasadizo de entrada se encuentran los enterramientos murales de don Martín Vázquez de Sosa y doña Sancha Vázquez, abuelos maternos del Doncel, y en el suelo las lápidas de doña Catalina de Arce y Bravo, su sobrina, de don Pedro Díaz de Caravantes, de su mismo linaje, y aun el de don Pedro de Mendoza y Arce, nieto del Doncel, pues nació del matrimonio de la hija de Martín Vázquez, doña Ana Vázquez de Arce, y del noble soriano don Pedro de Mendoza.

No cabe duda que siempre se encuentran nuevos perfiles a lo ya conocido. No por mucho llegar a Sigüenza, entrar en su catedral, acceder a la capilla de San Juan y Santa Catalina, y en ella admirar el sepulcro del Doncel y los de todos sus familiares, se llega a saber todo de ellos. Siempre hay un detalle (un perro sigiloso, un gastado escudo, una ajada bandera) que nos salen al paso y nos sorprenden. Merece la pena volver, de vez en cuando, y darle más reciedumbre y consistencia al alma mirando la piedra vieja, solemne y hermosa de los enterramientos de esta capilla seguntina.

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