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Una caminata de invierno: Los milagros del río Linares

 

La mañana de invierno, siempre clara, fría de escarcha densa en las calles y campos que rodean a Luzón, se brinda a ser andada. El trayecto puede ser complicado, pero seguro que tendrá un final satisfactorio. Al menos, pasará por lugares poco transitados, sin asfalto, sin desperdicios, limpios de civilización y preñados del silencio sonoro de la Naturaleza.

La excursión que se plantea es ir desde Luzón hasta Riba de Saelices, siguiendo el curso del río Linares, y pasando por ese lugar cada vez más nombrado aunque, todavía, conocido de pocos: los Milagros del Linares.

El trayecto puede tener en su totalidad unos 15 kilómetros, pero llevará todo el día, porque se atraviesan zonas de complicada boscosidad, y un valle que tras las lluvias del invierno, está empapado, con regueras que bajan por todas partes, y un fondo ancho, de paredes escarpadas, que obliga a cruzar continuamente el curso del agua.

La excursión puede hacerse también (es una alternativa más cómoda) yendo en coche hasta Santa María del Espino, desde Anguita. Y bajando desde allí (no tiene pérdida) hasta la «Cueva de la Hoz» y el valle del Salado.

Nosotros fuimos, repito, desde Luzón. Desde las eras del pueblo se toma un camino en ascensión continua y fuerte. Se remonta un collado y se desciende suavemente, entre bosquecillos de rebollar y muchas jaras, buscando el hondo del valle. Al final se estrecha y encañona entre rocas. Surgen urracas y alcotanes entre el bosquedal, aparecen florecillas como en milagro. Se llega, finalmente, al ancho espacio en que el Linares se hace río, se alzan cantiles en sus laderas, y se junta el camino que viene de Santa María del Espino.

Caminando junto al río, el valle unas veces es ancho, riente. Otras hosco y estrecho. Todo húmedo, algo frío, pero el sol ya en lo alto nos hace presagiar un día brillante. Hay hielo en las umbrías y son las doce. Hierbas, cañizos, abrigan a los pitos reales que se alzan, desde lejos, sonando agudos. La Cueva de la Hoz, que fue declarada Monumento Nacional en 1935 a instancias del arqueólogo don Juan Cabré, porque estaban sus techos cuajados de pinturas y grabados rupestres, está hoy cerrada, medio hundida, abandonada por completo.

Tras seguir el curso del río -agua clara, entre azul y verde, con plantas oscuras, tiernas, que se mueven en las orillas como un animal sin boca- zigzagueando continuamente, entre pelados cerros de la Serranía del Ducado (no anda lejos Villarejo de Medina, por el norte, y Ablanque al sur) al fin llegamos a ver, desde un altozano, los Milagros del Linares. Sorprendentes elementos pétreos que como altas torres mudéjares (son rojos, rugosos en su paredámen, apenas un musguillo en la cima plana e inaccesible) se alzan sobre el oscuro pinar. Hay al menos tres, muy grandes. Las gentes de la sierra les han puesto nombres propios. Ya se sabe, «la chimenea», «el torrejón» y cosas así. Los nombres oficiales son El Puntal del Milagro y la Peña Eslabrada. El tercero, perdido y lejano sobre las copas de los árboles, es llamado el Puntal del Canto Blanco. En lo alto tienen sus nidos las águilas. En épocas de hambres (dicen) los aldeanos subían como podían allí para disputarles a los polluelos el alimento que les traían los padres. Es muy difícil ascender a los Milagros. Seguro que alguien ha subido. Cuando uno se pone delante mismo del más alto, le entra una especie de vacío en el estómago, de temor de que aquello se le venga encima. Es realmente un espectáculo único, que para ver hay que caminar, subir, trepar, mojarse y echar un día entero de trasiego montano.

Después, a comer en la pradera anchísima que se forma ante ellos.

Y luego a seguir el viaje, siempre a la orilla del río, cada vez más caudalosos, cruzando en una ocasión por sobre unos árboles caídos que hacen de puente, otras sobre cantos planos y grandes que han ido poniendo excursionistas y paisanos. Todo es vegetación, cantos de pájaros, rumor de ramas. Finalmente, se llega al despejado ámbito que hay al pie de un enorme cerro, rematado por vieja torre vigía de construcción árabe. Un enorme y oscuro boquete en lo alto del cantil nos dice que allí hay una cueva: la «Cueva de los Casares» nada menos, uno de los enclaves fundamentales del arte paleolítico en Europa. Por los muros de sus largas y oscuras galerías se esparcen tallados, grabados, multitud de animales de especies perdidas: hay felinos, rinocerontes, grandes táuridos. Gacelas y ciervos enormes. Peces y seres humanos en baile, en danza, en gesticulaciones misteriosas. Todo un mensaje (siempre misteriosos e interpretable) que nos llega desde la profundidad del paleolítico (30.000 años puede que tenga la más vieja de estas insculturas). Emilio Moreno es el guarda de la Cueva, y quien la enseña amablemente siempre que se le avise con tiempo, previamente, y sea sábado o domingo.

Después de reposar junto a la fuente, entre unos escasos chopos que van creciendo, y por camino llano y aburrido, se regresa a Riba de Saelices. Quien haya apalabrado el autobús, o a los amigos con coche, al pie de la Cueva, allí terminará su caminata, y volverá a su casa feliz de haberse marcado una bonita excursión, un caminar denso y único, por los altos perfiles de la Serranía del ducado, viendo el continuo reptar del río Linares, admirando la subida belleza ostentosa de los Milagros, testigos severos de remotas convulsiones telúricas.

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