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El tornado de Guadalajara de 1636

 

Ahora que está de actualidad hablar de tornados, pues por las costas del Caribe se mueven con rapidez y vértigo las espirales de lluvia y viento, y Jan de Bont ha puesto de moda el tema con su impresionante película «Twister», no estará de más recordar, aunque sea en forma de breve nota evocadora, y como testimonio de que estos fenómenos también ocurren en nuestra tierra, aunque muy de tarde en tarde (afortunadamente para todos), pondré a continuación el texto íntegro que Francisco de Torres, cronista que fue de la ciudad, y su regidor perpetuo, en la primera mitad del siglo XVII, anota en su obra (todavía inédita) Historia de la nobilísima ciudad de Guadalaxara, de 1647, y como apéndice publica Layna Serrano en el tomo IV de su magna enciclopedia «Historia de Guadalajara y sus Mendozas en los siglos XV y XVI». El tema resultó lo suficientemente impresionante como para que gentes de la época lo llevaran siempre en su mente, hasta el momento de la muerte, y los cronistas lo pusieran por escrito mientras de padres a hijos se transmitía el recuerdo de aquel primero de Noviembre de 1636, en el que la oscura espiral devastadora, entre lluvia intensísima y fuertes truenos, dejó su huella de destrucción, casi lineal, pero perfectamente reconstruible, en el costado suroriental de Guadalajara.

Hace muy pocos años, concretamente a finales de mayo de 1993, otro tornado de este estilo, quizás algo más leve, pasó sobre la ciudad de Sigüenza, afectando también en forma lineal a una zona de la misma, que devastó. Son fenómenos muy raros, que en cada ciudad donde han ocurrido sólo se cuenta uno en su historia, pues la memoria de los milenios que han de pasar para que el fenómeno vuelva a producirse, se desvanece de uno a otro.

Así nos cuenta Francisco de Torres lo que, aún viviendo él mismo, y en ese día, en Guadalajara, otros le contaron:

La tormenta

El día primero de Noviembre día de la fiesta de Todos los Santos el año 1636 antes de salir el sol, encapotado el cielo empezaron horribles relámpagos y espan­tosos truenos haciendo oscuridad nocturna la jurisdicción de la Aurora, donde para mas pavor de la tempestad era escesivo el viento. Cuando todos los demás accidentes se agravaban por sobrenaturales y fuera de tiempo, levantándose en medio de esto un fiero uracan por la parte de las tenerias que las arruinó y volaron tanto algunos cordobanes de ellas, que con estar el convento de Santo Domingo muy distante dió uno en el rostro a un religioso que estaba conjurando desde una ventana; pasaban las tejas de unos tejados a otros y aun trastos de unas casas se hallaron en otras muy apartadas. Todo fue prodigioso; fue la malicia del uracán como encanalado por las Heras sin entrar en la Ciudad y aun con todo estaban las casas llenas de despojos de muchas aunque lebes ruinas que era fuerza suce­diesen. Un carro llevó el ayre por mucho trecho, una cruz de piedra que esta en la plaza de la puerta de Bejanque la sacó de su lugar hacia arriba sin romper la espiga, los árboles enteros de algunas huertas trujo como ligeras pajas en remolinos deján­dolos arrimados a una parte; toda esta pujanza encontró con el monasterio de San Francisco al cual se sube por una cuesta adornada de olmos; algunos de ellos tan gruesos como cuatro cuerpos de un hombre y de estos arrancó el torbellino muchos, volando con ellos larga distancia de su sitio; cosa rara, pero mas lo fué que los partía y despedazaba por enmedio de los troncos. Una gran rama de un olmo fue desde la cuesta a parar al claustro segundo y cayendo encima quebró un coposo almendro que estaba en él; hizo grandísimo daño en toda la casa derribando y destruyendo mucho; fue providencia y piedad de Dios que no entrase por la Ciudad esta fortuna, porque a no suceder asi, como tiene tantos edificios antiguos causara grandes destrozos, y entre todo, lo ponderable de este suceso lo fuer mucho mas que no hiciese a persona ninguna el menor daño.

El recorrido del tornado

Como puede colegirse de las palabras de Torres, y según trato de esquematizar en el plano adjunto, la trayectoria del tornado de Guadalajara de 1636 fue muy recta y estrecha, avanzando en la clásica dirección Sur-Norte, como siempre en estos cataclismos ocurre. Se formaría la turbulencia, en el seno de una fuerte tormenta surgida al compás de una típica «gota fría» de mediados del otoño, en la curva del río Henares donde van a dar los barrancos de la Huerta la Limpia y de los Mandambriles. De allí ascendió hacia la ciudad, produciendo sus primeros efectos en «las tenerías», que estaban por donde hoy la Avenida de Castilla, a la altura de la Comandancia de la Guardia Civil más o menos. Destruidas por completo, los cordobanes que había en ella echaron a volar, cayendo algunos en el patio de los dominicos (Instituto de Formación Profesional «Castilla»).

Siguió el tornado, atravesando lo que hoy es calle del Amparo, por «las Heras», dice Francisco de Torres, que entonces ocupaban lo que ahora es Parque de la Concordia. En el ancho espacio delante de la puerta de Bejanque, arrancó una cruz de piedra, y pasó devastador sobre el bosquecillo de los franciscanos (el actual Fuerte de San Francisco), donde tumbó y fragmentó los gruesos árboles, desbaratando el convento en gran parte. A partir de allí no se supo más del tornado. Seguiría hacia el norte, cruzando el barranco del Alamín, perdiéndose o incluso deshaciéndose camino de Tórtola.

En cualquier caso, y como dice Torres, por suerte para los arriacenses, el turbión dejó de lado a la ciudad, simplemente la rozó por fuera de su muralla, pero fue tal su fuerza devastadora, que dejó sobrecogidos a sus habitantes y memoria de aquel día durante siglos.

Hoy ha servido, ahora que tantos tenemos en la cabeza el gruñir impresionante del «Twister» virtual hecho con ordenador, para recordar que hace tres siglos y medio Guadalajara padeció la visita de un fenómeno de estas características.

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