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Viejas estampas de Guadalajara

El claustro del convento de San Francisco de Guadalajara, en una vieja estampa

De cara al verano, un artículo refrescante. Porque no trato hoy de ahondar en la historia de estas tierras ni analizar en detalle alguno de sus monumentos. Me entretendré -y así se lo propongo a mis lectores- en mirar simplemente algunas viejas estampas, unos dibujos que presentan edificios de la ciudad de Guadalajara que están, aparte de no demasiado bien dibujados, completamente cambiados por el efecto de los años, y de los hombres, en su entorno y en ellos mismos.

La Revista Popular

Me encontré no hace muchas fechas, investigando en el Archivo Municipal de Guadalajara, con unos ejemplares de una vieja Revista, la Revista Popular, nacida en 1890, que tenía su administración y redacción en el número 17 de la Plaza de Santo Domingo. Consulté algunos ejemplares del 1891, desapareciendo poco después. Era un periódico quincenal, independiente, que dejó paso un par de años después al Flores y Abejas que aún sigue vivo. En la Revista Popular venían artículos sobre la actualidad, cantos biográficos a personajes del momento, y repasos históricos a los edificios más significativos de la ciudad.

El viejo Ayuntamiento

Uno de ellos era, sin duda, el Ayuntamiento. Ahí le vemos, en su estado antiguo, antes de recibir la reconstrucción total que a finales de ese mismo siglo recibiría. El viejo consistorio era un caserón sin estilo propio, construido en la Baja Edad Media, quizás a instancias del propio Cardenal Mendoza, y que en el siglo XVI recibió importantes obras de reforma a instancias del dinámico corregidor Bobadilla. En esa ocasión (hacia 1570) se le subió una de sus torres laterales y se le colocó la gran campana que lucía para avisar a la ciudad de la celebración del Concejo, amen de desgracias como fuegos, tormentas y alegres/tristes sucedidos. El frente lo ocupaba una doble galería de arcos semicirculares, y una balaustrada o escocia remataba la fachada para darla altura y respeto. Todo ello cayó poco después, levantándose el actual Ayuntamiento, precisamente hoy envuelto en los tules de una nueva restauración.

El claustro de San Francisco

Aunque hoy todavía existe, y cada año más limpio, más auténtico, mejor conservado, el claustro del monasterio de San Francisco de Guadalajara es uno de esos lugares monumentales en los que la historia de la ciudad se condensa, y que apenas unos pocos conocen. La pega continua de ser un lugar de administración militar impide que turistas y curiosos puedan echarle un ojo. Porque bien merece la pena. Sus cuatro costados están compuestos de altas arcadas semicirculares, sobre las que aún corre un piso alto también abierto en arcos generosos. Todo ello realizado en materiales que combinan la piedra caliza con el ladrillo, en un estilo propio de la ciudad. Fue núcleo de la mayor de las comunidades religiosas de Guadalajara en siglos pasados, los franciscanos, a los que protegieron los Mendoza tanto que en su templo, elevado gracias a la magnanimidad del Cardenal Mendoza, pusieron los duques del Infantado y todos sus familiares panteón mortuorio. En esta vieja estampa, hecha con los trazos ingenuos de un aficionado, vemos dos costados de este claustro, con los muros del templo descollando sobre sus cubiertas, y hasta dos pararrayos que debían ser novedad por entonces, y que el autor del dibujo no quiso olvidar, quizás por demostrar su profesionalidad y perspicacia.

El torreón de Alvar Fáñez

El siglo pasado todavía, el torreón de Alvar Fáñez era mucho más alto que lo es hoy en día. Tenía dos pisos. El inferior, por donde clásicamente se accedió a la ciudad desde el barranco de San Antonio, oficiaba de ermita del «Cristo de la Feria» para los devotos/as del burgo. Una bóveda complicada y bella de ladrillos daba remate a unos muros internos que delimitaban un espacio cuadrangular (y no pentagonal como al exterior aparece). Encima estaba una cámara sin oficio alguno. Después de que Diges Antón hiciera su dibujo y lo publicara en la Revista Popular de mayo de 1891, tal como adjunto lo vemos, se rellenó el espacio delante del torreón y quedó cegada la capilla, de la que hoy sólo podemos ver muros y bóveda, pues la calle quedó a nivel del segundo piso. Hoy todavía sigue (con el barullo de la feria/mercado junto a él) en pie y a medio abandonar. Como siempre pidiendo un poco de atención a viandantes y munícipes.

El torreón del Alamín y puente de las Infantas

Para terminar, otra vieja estampa de Guadalajara. Aquí el torreón del Alamín, y su anejo puente de las Infantas sobre el hoy ya seco, ahogado barranco que antaño traía las aguas del Sotillo. El torreón fue parte de una puerta con arco que permitía la entrada a la ciudad desde el camino que, atravesando el barrio moro del Alamín, procedía de Zaragoza. Se hundió el arco (que siempre son la parte más débil de los edificios) y quedó el torreón, hueco y con pisos en los que siempre reinó la soledad, la humedad y la descomposición acelerada de la materia: un ejemplo manifiesto de la cara oculta de la vida. Sirvió de albergue a mendigos, a peregrinos, a enfermos, y luego ofició de perrera: siempre de hito marginal, de esquina donde los vientos de la dignidad se estrellaban. No es que hayan mejorado demasiado las cosas para este monumento, pero hoy día al menos tiene un entorno adecuado, y vegeta como un severo hidalgo castellano: pobre y con blasón tallado.

Junto al torreón, el puente. En la vieja estampa que dibujara Diges, se ve que bajo el arco único de ladrillo y piedras corre el agua. Yo hasta adivino en sus orillas unas ranas temerosas que croan al anochecer. Cañas y juncos acompañan a las aguas. Y unos arbolitos se estiran detrás del torreón. Algo idílico, infantil, como salido de un sueño de digestión plácida. Es un emblema de la ciudad. Algo que seguirá ahí, por muchos más siglos, y que seguirá dando a quien lo vea, lo palpe, y sepa que lleva tantos años en ese mismo sitio, la sensación de que algo en la tierra permanece, que hay cosas sólidas, cosas que pesan y gravitan sobre la memoria común. Una vieja estampa que, como las anteriores, ha servido para refrescar un poco esta tórrida tarde de julio. Que no es poco.

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