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En el estreno mundial de La Conversa Doña Bellida

 

Un año más, treinta consecutivos nada menos, se ha celebrado el Festival Medieval de Hita. Un invento de Manuel Criado de Val que ha llegado a cuajar, y con qué fuerza, en nuestra tierra, en la tierra española por entero. Muchos otros intentos se han hecho (y no es el menor la Festa da Ystoria de Ribadavia en Orense) para revivir el Medievo en los finales del siglo XX. Aunque hay sitios en el mundo en que ese Medievo es pura contemporaneidad (léase Ruanda, viájese a Argelia, muérase en Bosnia), no deja de ser un esfuerzo cultural, económico y, sobre todo, personal de unos cuantos, el tratar de revivir la Edad Media castellana en un lugar de la más pura cepa, en Hita, antorcha de Alcarria, índice de Castilla.

El Festival de este año

Bajo el acostumbrado calor, el amarillear violento de la parva por los campos y las eras, y el bullicio de gentes -propios y extraños mezclados en peregrino sudor- se ha celebrado el pasado sábado el Festival (el 30 ya!) Medieval de Hita. A la devoción del quinto centenario del Cardenal Mendoza dedicado. Colaborando los de siempre (Diputación Provincial sobre todo, Patronato Arcipreste de Hita, y Ayuntamiento/pueblo/gentes de Hita sonoramente) y repleto el burgo de mezcla de turistas y cruzada de fieles. El Gobierno de la Región, con su perenne alergia a lo medieval en general y a lo alcarreño en particular, por otros cerros. Pero las botargas coloristas, los grupos de danzantes, los equipos de caballeros, las parejas de dulzaineros y tamborileros, y don Carnal con Doña Cuaresma rodeados de incondicionales, se bastan y sobran para dar altura a la altura, para sumarle metros sobre el nivel del mar al cerro de Hita.

Tras los consabidos combates del torneo (juegos de bohordos, el estafermo, lances de sortijas y juego de cañas) y el paseo triunfal del Pecado y la Penitencia por las empedradas cuestas, una merienda que se hace innecesaria porque el pueblo llano lo que quiere es beber cerveza, y a la Plaza, -a ese lugar de magia y evocación, a la Mayor de Hita-, donde hay escudos del Cardenal mendocino, sombras del castillo marquesal, y ecos de la fanfarria dominica. Allí se celebra, se celebró con total éxito, la representación de «La conversa doña Bellida», obra de teatro original de Manuel Criado de Val, que en esta ocasión vio su estreno mundial, acompañada de la música -original siempre, cada día nueva- de Gregorio Paniagua, y representada por «Antorcha» de Guadalajara, «Teatro Joven de Brihuega» y gentes varias del mundo de la farándula.

La consideración literaria de la obra de Criado está plasmada en unas líneas más adelante. Aquí quiero decir que, si la obra es literariamente buena, la representación que se alcanzó el sábado en Hita fue de excepción, fue perfecta: nunca había visto llegar el pálpito teatral a mayores alturas (de sencillez y efectividad, de limpieza de atmósfera, de claridad de sonido, de acertado juego de luces, de movimiento en la escena) que en esta ocasión. Es imposible aquí pormenorizar cosas y destacar nombres. Todos maravillosos. Hasta el perrito que asombrado se paraba a escuchar el dolor de doña Bellida. Me sentí verdaderamente orgulloso de ser alcarreño y de ver cómo la gente de Guadalajara sabe hacer las cosas tan bien. Muchos de fuera deberían aprender…

Un análisis necesario

No todos los días se estrena una obra de teatro en Guadalajara, en un pueblo de su provincia. Y menos aún de un escritor y dramaturgo de la talla de Manuel Criado de Val. Creo sinceramente que la ocasión es de las que hacen época, marcan el año e inauguran página en los fastos históricos de esta tierra. Aunque en otras ocasiones el Festival de Hita ha espectado ante la creatividad de Criado (adaptaciones del Arcipreste, de los pícaros anónimos, de los cancioneros y las jarchas) este año la aventura ha sido más completa y ha rozado la genialidad: se ha juntado como en un retablo la situación política castellana de hace cinco siglos, la sombra del Cardenal Mendoza, el dolor de los judíos, y la forma del «teatro total» (teatro en la calle, con las gentes que la viven) que Criado de Val ya inventó en ocasiones anteriores. En esta ocasión ha ido más lejos: el ámbito donde se desarrolla la obra es, teóricamente, el mismo en el que se ha representado. No cabe mayor fusión de intenciones. El autor no califica a su obra de tres actos. ¿Es una comedia? ¿Es un drama? Parece superficialmente lo primero, pero encierra lo segundo. La historia de una bella mujer (eso hace pensar la protagonista) judía, viuda y propietaria de viñas y tierras en la Alcarria, que ve cambiar bruscamente su vida tras el edicto de expulsión de la gente de su raza por los Reyes Católicos en marzo de 1492. El dolor de un pueblo, mezclado a la bellaquería de unas criadillas, María y Antonia, que junto con unos descarados soldadetes quieren, al estilo clásico de los que se creen fuertes, aprovecharse de la gente en desgracia. Hay un amor sólido (el de Bellida con el alcaide don Cristóbal) y un drama de huidas y renuncias.

En esta obra recién estrenada, y que bien podría instituirse su representación, en el mismo lugar, algunos fines de semana del verano, Criado de Val vuelve a mostrar su gran talla como investigador, como escritor, y más concretamente como dramaturgo. Ha conseguido en la breve jornada de sus tres actos una obra muy movida, muy ágil en los diálogos, en las situaciones cambiantes, en los ambientes complementados. Advierto (así me lo ha parecido) una gran soltura en las expresiones. Si no tiene gran hondura en el planteamiento, porque la situación se trata desde una perspectiva ambiental y costumbrista más que metafísica, sí que se consigue captar la atención del espectador, que recibe la propuesta de un guión, de unos personajes y de unos diálogos muy sueltos y eficientes.

En el primer acto se suceden, a lo largo de las iniciales escenas, la presentación de los personajes, de sus caracteres y situaciones, y la clara alusión al conflicto racial que se vive en la Baja Edad Media castellana. El segundo acto, el más breve y dramático, pues en él se escenifica un Juicio del Santo Oficio de la Inquisición, da por sucedida previamente la razón del título: la conversión de doña Bellida al cristianismo tras el edicto de expulsión. En este momento se desarrolla el drama, subiendo la tensión en el juicio, y deshaciéndose por completo al final del mismo. Es ya en el tercer acto, en el que al estilo clásico se presenta el desenlace del nudo, cuando aparece la solución de los conflictos personales, cuando luce al máximo la bondad del carácter de Bellida, el recio amor que la une con Cristóbal, el sacrificio de Clara y Yose, y el castigo de las criadas por su mal corazón. Toda una magistral pieza de teatro clásico, en la que confluyen como en una gloria final de sonora ópera los elementos más variados: la música de Paniagua reflejando espontánea cada instante; la escenografía, coreografía, luces y vestuario que bajo la dirección de Borobia cobra una dimensión extraordinaria, envuelta por ese urbano recogimiento de la plaza de Hita. Y, en fin, la perfecta simbiosis de lo real y lo imaginado cobrando vida en su medio natural. Será difícil gozar, por muchos caminos que se anden por Europa, un espectáculo tan «total» como el que la noche del pasado sábado pudimos disfrutar en Hita.

Manuel Criado de Val ha alcanzado, -si es que no la tenía ya- la más alta calificación. Un «cum laude» en la parcela de la dramaturgia, a la que (quizás por su polifacetismo, su vigor en la palabra escrita, en el saber hondo del filólogo, su perspicacia en la investigación del historiador) debe adscribirse con letras de oro. Todo ello en el transcurso de una Fiesta que se ha decantado ya (treinta años seguidos, sin un desmayo) como algo consustancial a Hita, a la Alcarria, a esta tierra de Guadalajara que hace bien en seguir ofreciendo, más que grandes instancias a la industria, amplias y limpias estancias a la cultura, al turismo, al espíritu en suma.

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