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Sigüenza, un ejercicio de andar y mirar

Nave del evangelio de la Catedral de Sigüenza

 

Si cualquier día es bueno para andar por Sigüenza, y extasiarse con los valientes perfiles de la ciudad desde el paseo de las Cruces, ó con sus rotos ángulos en la complejidad urbana de las travesañas, a partir de ahora también cualquier día es bueno para mirarla, y no sólo en directo, sino en diferido a través de la colección de postales que los de «Rayuela Libros» han reeditado, a partir de unas viejas imágenes que tomó el barcelonés Roisin en las primeras décadas de este siglo que ya va acabando, y que la «Casa Rodrigo» seguntina sacó entonces en forma de cuadernillo de hojas desprendibles. Son 25 postales, en tono azul muy suave, que parece ofrecernos la ciudad emergiendo del pasado a través de una niebla artificialmente coloreada.

Por el bloque, el cuadernillo de postales de la Ciudad Mitrada que Roisin-Rodrigo-Rayuela crearon y vuelven a poner en nuestras manos en estos días, puede el viajero andar y mirar Sigüenza. Será un ejercicio, en el silencio de su cuarto de lectura, al calor de la chimenea ahora en el invierno, de evocación y propósitos. Será una luminaria de recuerdos atada al proyecto de un viaje, de otro paseo más por calles, plazas y alamedas. Desde los tejados del palacio de los Gamboa, la fachada de la catedral se alza castillera, amenazante, digna. Todavía no tiene las heridas de la guerra. Se parece a los libros infantiles en los que sale el castillo, el caballero, el obispo a caballo, la clerecía procesionada tras una cruz inmensa de oro y plomo…la fachada lateral, la del sur, y desde los arcos del Ayuntamiento, la torre del Santísimo rematada en un barroco chapitel que después de la rota guerrera del 36 se restauró al boloñés modo.

Las imágenes del interior del templo no van a la zaga. Con una luz salida directamente de la Gloria, los volúmenes multicilíndricos de los pilares de las naves parecen concentrar en sí toda la fuerza que una arquitectura medieval y religiosa tiene sin duda. Las altas bóvedas de la nave central, incluso las del claustro, parecen conducir sonidos angélicos y pulirlos y dorarlos… suenan estas postales de Rodrigo, estas fotografías de Roisin. Suenan y resuenan nuestros pasos sobre la blanda piedra rojiza del suelo catedralicio.

Y aún más detalles. En el coro, un gran facistol ofrece guías pautadas para la música de esferas e infantes, de canónigos y chantres. Los predicatorios, mármol puro, alabastro translúcido, como nuevos: la sólida argumentación de la Pasión en el del Evangelio, -tallas de Vandoma suaves e itálicas- y la contundencia de blasones y títulos en el de la Epístola, el Cardenal Mendoza siempre presente. Las rejas de Francés y las bóvedas de los anónimos maestros aquitanos tiñen de oscuro y húmedo el pasar de las hojas de este álbum, en el que Sigüenza entera se ofrece azul, se funde en memorias y alienta en satisfacciones.

Delante del altar de Santa Librada aún se ve la famosa verja de hierro colado que tallara el maestro Usón, o quien quiera que fuera, en el siglo XVI, y que tras la guerra desapareció con el rancio abolengo de lo que muere por guerras y desamores. No falta el Doncel, por supuesto, en dos vistas a cual más perfecta. Luego son las calles. Si porfías, lector, para mí lo mejor. Las imágenes de la calle del Cardenal Mendoza, la principal hoy y entonces de la ciudad, con sus comercios de rancio sabor a «ultramarinos» que de ese gran cartel de los Almacenes Mendoza (tejidos, paquetería…) parecen salir. O la vista de la gran plaza mayor, entonces más ancha, con sólo mulas, arrieros, hombres y mujeres del Ducado cargados de alforjas y serones. La Alameda está tal cual, con la tiritera de las aguas a medio helar en el estanque del centro. Y el castillo, ya tan distinto: entonces sí que era una ruina, aunque valiente y estirada. Sobre los desmontes de la calle de Valencia, aparece como nuevo el templo y edificio del gran Seminario, razón de ser de una ciudad eclesiástica. Y la chiquillería toda se arracima ante la puerta de la casa de los Bedmar, cuando aún era un sólido y mimado edificio del siglo XV, con su arco, sus escudos, su remate de almenitas… todo limpio y sin mancha.

Esta colección de postales que ha sacado Rayuela rememorando viejos tiempos de Sigüenza ha conseguido emocionarme. No porque yo diga que conocí aquellas imágenes en vivo. Son demasiado antiguas. Quizás ya no haya nadie vivo, o con memoria, que las paseara junto a Roisin. Es, simplemente, que nos ofrecen una visión más pura, por lejana y antigua, de esa ciudad a la que nadie hace cambiar (ni falta que le hace) en sus muros, en sus perfiles y en sus dimensiones tan humanas. Sigüenza se carga de todo el sabor de los siglos, de toda la vibración de la historia, en estas viejas y azulonas postales que Roisin-Rodrigo-Rayuela (las tres erres de la evocación) nos acaban de ofrecer para, una vez más, andar y mirar Sigüenza.

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