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El monasterio de Lupiana

 

La tarde de otoño, calma y amable, con moras maduras en las cunetas y el vuelo lento y solemne de las urracas entre las encinas, invita a pasear por el alto llano de la Alcarria. En cualquier punto de la altura cercana a Guadalajara puede dejarse el coche aparcado junto a un árbol, y echarse a andar por caminos y carreteas bien señalizados. El monasterio de Lupiana, que fue de los jerónimos y hoy es propiedad articular, está ahí mismo, ofreciendo a quien llegue la posibilidad de maravillarse ante su esbelta silueta, la espléndida teoría del plateresco de su claustro, la joya engastada de su historia prolífica. Solamente un detalle a tener en cuenta: abren al público los lunes por la mañana (de 9 a 2). El resto del tiempo no cabe la posibilidad de visitarlo. Quizás este próximo lunes 11 de octubre, que para muchos será de puente, quepa la posibilidad de acercarse para algunos de nuestros lectores. Merece la pena.

Historia del Monasterio

En el término de Lupiana, asomado al borde de la meseta alcarreña, entre una variada espesura, y en un lugar pintoresco como pocos, se levantan los restos del que fue Real Monasterio de San Bartolomé, primero de los que la Orden de San Jerónimo tuvo en España, y casa madre de la misma durante varios siglos.

La raíz de esta españolísima orden monástica estuvo, pues, en tierra de Guadalajara, y fue plantada por hombres de esta ciudad. Un noble arriacense, don Diego Martínez de la Cámara, había erigido una ermita en los cerros que rodean a Lupiana, allá por los comienzos del siglo XIV, y en su capilla mayor se había enterrado al morir en 1338. Los patronos de la ermita, que pasaron a ser los alcaldes y concejo de Lupiana recibieron la petición de un sobrino del fundador, un joven de Guadalajara, de conocida familia de ella, don Pedro Fernández Pecha, de Colocar en su espacio lugar de recogimiento de eremitas.‑ Solicitado al arzobispo toledano, don Gómez Manrique, accedió y en aquella altura se instalaron varios ermitaños que, junto a Pedro Fernández Pecha, se dedicaron a la vida comunitaria y de oración dispuestos a fundar nueva orden bajo las normas y patrocinio de San Jerónimo, se trasladaron a Avignón, Pedro Fernández Pecha y Pedro Román, y después de varios ruegos recibieron de Gregorio XI la Bula de fundación con fecha del día de San Lucas de 1373, recibiendo de manos del Pontífice el hábito que consistía en «túnica de encima blanca, cerrada hasta los pies; escapulario pardo; capilla no muy grande, manto de lo mismo», y cambiando de nombre en el sentido de adoptar en religión el apellido de la ciudad de que eran naturales, costumbre que hasta hoy han conservado los jerónimos. El fundador de la Orden, pues, fue fray Pedro de Guadalajara, quien al llegar a Lupiana, y ayudado de otros animosos compañeros, entre ellos don Fernando Yáñez de Figueroa y su hermano fray Alonso Pecha, se dedicó a levantar el primer gran monasterio de la Orden, lanzándose después por toda Castilla a fundar otras casas, y surgiendo en años y siglos posteriores grandes monasterios de la orden jerónima, como los de Guadalupe, la Sisla de Toledo, la Mejorada de Olmedo, San Jerónimo de Madrid, el Parral de Segovia, Fresdelval en Burgos, Yuste en Extremadura, Belem en Portugal y El Escorial, además de otro centenar de casas. La Orden fue muy poderosa y jugó su papel en la política imperial con Felipe II, quien siempre cuidó mucho de consultar a las altas jerarquías jerónimas algunas de sus decisiones, y en Lupiana se entrevistó con el general de la Orden en varias ocasiones. La Orden se disolvió tras la Desamortización, en 1836, pero en este siglo XX ha vuelto a renacer, contando con varios conventos en España, y teniendo ahora su casa madre en el Parral de Segovia.

Al monasterio de Lupiana le colmaron de donaciones y favores los señores de la casa Mendoza. Muchos de ellos hicieron entregas de tierras y solares, de beneficios abultados, y de magníficas obras de arte. Incluso algunos, como doña Aldonza de Mendoza, hermana del primer marqués de Santillana, eligió la iglesia monasterial para su enterramiento. Los condes de Coruña y vizcondes de Torija quedaron con el patronato de su capilla mayor, que en el siglo XVI abandonaron para trasladar sus enterramientos a la parroquia de Torija. Fue ofrecido entonces el patronato del monasterio al rey Felipe II, quien lo aceptó en 1569, y correspondió dando al monasterio la jurisdicción completa de la villa de Lupiana, y todo su término

También los arzobispos toledanos favorecieron mucho a San Bartolomé de Lupiana, entre ellos don Alfonso Carrillo, quien en 1472 orden levantar un claustro de pesado estilo gótico.

Grandes figuras intelectuales de la Orden ocuparon el priorato de Lupiana en el siglo XV: fray Luís de Orche, en 1453; fray Alonso de Oropesa, en 1456; y fray Pedro de Córdoba, en 1468. Cada tres años se reunía el Capítulo general, juntándose los priores de todos los monasterios de España en la Sala Capitular del cenobio alcarreño. En el siglo XIX, al ser vendido en pública subasta, lo adquirió la familia Páez Xaramillo, de Guadalajara, de la que pasó a los marqueses de Barzanallana, sus actuales propietarios.

El arte que ofrece

Para el visitante es de destacar, no sólo el lugar bellísimo, muy frondoso, en que se encuentra. Puede admirar aún su patio de entrada, galerías y salones con buenos artesonados, una pequeña capilla, el claustro antiguo, obra en ladrillo, y el claustro grande más los restos de la iglesia.

El claustro grande es una hermosísima muestra de la arquitectura renacentista española. Fue diseñado, en su disposición y detalles ornamentales, por el arquitecto Alonso de Covarrubias, en 1535. Y construido por el maestro cantero Hernando de la Sierra. Presenta un cuerpo inferior de arquerías semicirculares, con capiteles de exuberante decoración a base de animales, carátulas, ángeles y trofeos, y en las enjutas algunos medallones con el escudo (un león) de la Orden de San Jerónimo, y grandes rosetas talladas. Un nivel de incisuras y cinta de ovas recorre los arcos. La parte inferior de este cuerpo tiene un pasamanos de balaustres. El segundo cuerpo de este claustro consta de arquería mixtilínea, con capiteles también muy ricamente decorados, v los arcos cuajados de pequeñas rosáceas, viéndose tallas mayores en las enjutas. Su antepecho, magnífico, en piedra tallada, ofrece juegos decorativos de sabor gótico. En uno, de los laterales se añadió un tercer cuerpo que, si rompe en parte la armonía del conjunto, añade por otra una nueva riqueza, pues figuran columnas con capiteles del mismo estilo, antepecho de balaustres y zapatas ricamente talladas con arquitrabe presentando escudos. Los techos de los corredores se cubren de sencillos artesonados, y en las enjutas del interior de la galería baja aparecen grandes medallones con figuras de la orden. En frases de Camón Aznar, máximo conocedor de la arquitectura plateresca española, refiriéndose al claustro de Lupiana, dice que «el conjunto produce la más aérea y opulenta impresión, con rica plástica y alegres y enjoyados adornos emergiendo de la arquitectura», es «obra excelsa de nuestro plateresco». De lo que fue gran iglesia parroquial sólo quedan los muros y la portada. Fue construido el conjunto a partir de que en 1569 se hiciera cargo del patronato de la capilla mayor el rey Felipe II, mandando a sus arquitectos y artistas mejores, que entonces tenía empleados en las obras de El Escorial, a que dieran trazas y pusieran adornos en este templo. La traza, lo mismo que la Sala Capitular, es obra de Francisco de Mora. En la fachada se advierte una portada dórica, de severas líneas, rematada con hornacina que contiene estatua de San Bartolomé. En lo alto, gran frontón triangular con las armas ricamente talladas de Felipe II. El interior, de una sola nave, culmina en elevado y estrecho presbiterio. La bóveda, que era de medio cañón con lunetos, se hundió hacia 1928. Lo mismo que el coro alto, a los pies del templo, enorme y amplio; el templo se decoraba, en bóvedas del coro, del templo y del presbiterio, con profusa cantidad de pinturas al fresco, obra de los italianos que decoraron El Escorial. Nada ha quedado, ni siquiera una sucinta descripción de ellas.

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