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Sobre la polémica del Panteón. García Díaz, el escultor de la Duquesa

 

En la polémica abierta en torno a la conveniencia o no de alterar sustancialmente el ámbito urbano en que se inserta el conjunto de edificios fundados por doña María Diega Desmaissières y Sevillano, condesa de la Vega del Pozo, en la parte sur de nuestra ciudad, junto al parque de San Roque, existen diversos elementos que conviene valorar. En realidad hay que poner en valor no solo el aspecto general de los edificios y su funcionalidad, sino los elementos artísticos, todos muy notables, que le integran. Repasábamos la semana pasada la figura del arquitecto diseñador, y hoy hacemos un recuerdo en torno a la figura (hasta ahora muy mal conocida) del escultor Ángel García Díaz, verdadero talento escondido del arte finisecular, que actuó de fiel intérprete de los deseos de la duquesa en la decoración de tantos espacios del magno conjunto.

El escultor preferido de doña María Diega Desmaissiéres resultó ser un artista que a pesar de sus enormes cualidades técnicas y su inspiración llena de fuerza y sugestión, ha pasado casi desapercibido para la historia del arte español. Ángel García Díaz había nacido en Madrid, en 1873. Formó desde muy joven en el grupo de artistas que saliendo del romanticismo se aplicaron al nuevo movimiento simbolista, coleccionando sus primeras sabidurías bajo las lecciones del afamado Francisco Bellver y de los oficiales de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Como muchos de ellos viajó a Roma, pensionado por la mencionada Real Academia con la beca Piquer. Allí en la Ciudad Eterna permaneció tres años, y dos más en París.

Muy joven todavía, en 1892, obtuvo un premio en la Exposición Internacional por sus obras «Retrato del Excma. Sr. D. Ramón Vigil, obispo de Oviedo» y «Giotto adolescente». Más adelante, en las exposiciones generales de 1895 y 1897 también cosechó algunos triunfos, como lo había hecho previamente en la Exposición Universal de Barcelona de 1888. En 1899 ganó la medalla relativa a la Escultura Decorativa.

En Roma trabó conocimiento con otros artistas españoles de la época, y muy especialmente con el pintor Alejandro Ferrant. Allí, en 1902, presentó un precioso busto dedicado al retrato de su hijo, que llamó poderosamente la atención, así como las imágenes de «Una bacante» y «Una danae». Destacó también como decorador, y así en la Exposición de 1904 en Roma ofreció a la admiración pública «La planta del Senado», y la escultura titulada «En la vía de la vida».

A su vuelta a España entró al servicio de doña María Diega Desmaisieres, que le encargó diversas esculturas para su panteón en Guadalajara (las tallas de San Diego de Alcalá y Nª Sra. de las Nieves), las pilas de agua bendita con cabezas de ángeles, y el tímpano con la escena del martirio de San Sebastián para la iglesia de su palacio principal. Aunque ya en 1901 hizo, por encargo del arquitecto Velázquez, el primer boceto para el enterramiento de doña María Diega, no sería sino a partir de 1916, tras la muerte de esta señora, cuando Ángel García se dedicara al proyecto y talla minuciosa del grupo escultórico que aparece en la cripta mortuoria del panteón, consiguiendo su obra suprema de elegancia y soltura, en un verdadero arrebato de arte modernista, que concluyó en el año 1921.

Muchas otras obras produjo por entonces este escultor magnífico pero hasta ahora casi ignorado, pero que con toda justicia puede ser incluido en el catálogo de los escultores españoles del modernismo. Quedó el segundo en los concursos nacionales convocados para la realización del Monumento a Cervantes y del monumento a las Cortes de Cádiz. En 1901 ganó el primer premio del concurso convocado por el Círculo de Bellas Artes para la ejecución de los pilares que coronan su edificio social. Además diseñó y dirigió los monumentos al Sagrado Corazón de Jesús de Béjar, Valdepeñas de Jaén, Huete y Aguilar de San Juan, durante la época de los años 20 en que tanto se promocionó este tipo de monumento sacro. García Díaz es el autor de la famosa «Virgen de la Roca» en los bosques cercanos a Bayona, una imagen de 21 metros de alturas, con una escalera interior, verdaderamente fastuosa. Son suyas también las figuras de la Escuela de Minas de Madrid, que talló por encargo del arquitecto Velázquez, así como los caballos del puente de María Cristina de San Sebastián, todas las imágenes en mármol de la iglesia madrileña de San Manuel y San Benito, haciendo múltiples figuras para el altar mayor de la catedral de Burgos y unos ángeles de 3 metros de altura en su claustro. En Salamanca talló seis imágenes en madera policromada para el Asilo de la Vega, y en Zaragoza hizo el camarín, la Virgen del carmen, el Padre Eterno y el Niño Jesús del convento de los Padres Carmelitas. Todavía decoró el exterior del Banco del Río de la Plata y el Banco Central de Madrid. Finalmente, desde 1933 a 1940, fue profesor de Escultura Decorativa en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando. Murió en Madrid, el 3 de octubre de 1954. De su estilo, que ofrece la elegancia y el dinamismo de la inspiración más firme y una técnica verdaderamente depurada, puede decirse que se enmarca dentro del Simbolismo europeo, en el que García Díaz supera el romanticismo, y penetra en la línea del simbolismo‑modernismo puro. Realmente García Díaz consiguió esta meta en las esculturas dedicadas a la muerte de María Diega Desmaissiéres en este su panteón de Guadalajara, que ahora entra (nunca estuvo totalmente fuera) en el punto de mira de la ciudadanía arriacense, al contemplar cómo una redefinición de la estructura urbanística del área meridional de la ciudad amenaza con alterar sustancialmente la estructura plenamente madura de ese gran conjunto monumental del Panteón y Fundación aneja.

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