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Viejos tiempos: Celtíberos y Romanos en lucha

 

La provincia de Guadalajara fue un lugar densamente poblado desde tiempos muy remotos. No es difícil llegar a esta conclusión después de hablar (y no digamos ya leer sus trabajos, como hemos hecho esta misma semana) con el profesor Valiente Malla, quien parece haber estado presenciando las bajadas y subidas de unos pueblos y otros por las orillas del río Henares, con unos potentes prismáticos desde su atalaya de Cogolludo.

No viene mal hacer aquí un brevísimo resumen de la presencia de los celtíberos y los romanos por nuestra tierra, unas veces (las más) en guerra sañuda, y otras en armoniosa paz propiciadora de grandes fundamentos.

Los Celtíberos son los que forman la gran civilización que ocupa las tierras de Guadalajara inmediatamente antes de los romanos, llenando el periodo final del Hierro. Las excavaciones arqueológicas realizadas por el marqués de Cerralbo a principios de este siglo nos dieron a conocer esta cultura, que tuvo su apogeo entre los siglos VI al III a. de C. Aunque los romanos llamaron celtíberos a todos los pueblos que ocupaban el norte peninsular en torno al Ebro, la realidad es que formaban muchos grupos raciales y culturales diversos, independientes entre sí, extendidos por la Celtiberia Ulterior (en la que destacaron los arévacos y los pelendones, más célticos, más guerreros, que sucumbieron antes de rendirse al romano, y que ocuparon lugares como Sigüenza, Atienza, Termancia, etc.) y por la Celtiberia Citerior, en la que aparecieron los bellos (por el valle del Jalón) y los titos, más al sur, por Molina. También en esta demarcación encontramos a los lusones, extendidos en un territorio muy concreto de la actual serranía del Ducado, en torno a pueblos como Luzaga o Luzón que heredaron de Ellos su nombre. Estuvieron más influidos por los iberos y opusieron menos fuerza a la dominación romana. Aún quedan otras tribus consideradas celtíberas como los olcades, que ocuparon Caesada (Hita) y tierras de Cuenca.

Estos hombres se dedicaron fundamentalmente a la ganadería, al pastoreo y a la cría de caballos. Se distribuían en ciudades (oppida), aldeas (vici) y castillos (castella), pero todo en forma de pequeños y humildes núcleos, que en cualquier caso estaban muy bien defendidos. Las ciudades eran independientes entre sí, al modo de las ciudades‑estado de otras civilizaciones mediterráneas. Su religión era naturalista. Sin ritos concretos, ni lugares de culto, se sacralizaba la Naturaleza, las fuentes, los bosques, las montañas. Se hacían oraciones comunes y ofrendas. Se dedicaba un culto muy especial a los muertos. Y prueba de ello son las abundantes necrópolis, que en tierras de Guadalajara se han hallado tan grandes. Siempre se hacía el rito de la incineración, y en ocasiones se hacían sacrificios de animales, enterrando a los guerreros junto a sus armas y utensilios de batalla. Son múltiples los lugares donde se han encontrado necrópolis y acrópolis celtibéricas, documentando infinidad de elementos de su cultura material y de su forma de vida: Higes, Valdenovillos, el Rebollar en Alcolea de las Peñas, Tordelrábano, Altillo de Cerropozo en Atienza, El Atance, La Olmeda de Jadraque, Carabias, Prados Redondos en Sigüenza, Guijosa, Estriégana, los Castillejos de Pelegrina, Aguilar de Anguita, Torresaviñán, Villaverde del Ducado, Luzaga, Padilla del Ducado, Hortezuela de Océn, Renales, Chera, La Yunta, etc. 

Contra ellos se arrojaron los romanos, que procedentes de las costas mediterráneas fueron durante los dos siglos anteriores a Cristo adentrándose en el inhóspito territorio peninsular. La imperialista dominación de Hispania por el Imperio Romano fué larga y conflictiva. Las guerras celtíberas, que terminaron con la victoria de Roma sobre esta parte del interior ibérico, de la Celtiberia concretamente, se sucedieron entre los años 143 al 133 a. de C., aunque hasta el 94 a. de C. siguieron presentándose las batallas y las escaramuzas.

En principio, y durante el periodo republicano, Roma trató de imponerse a los pueblos sometidos y cobrarles impuestos. Según Tito Livio (34,19), el general Catón atacó a Sigüenza, estableciendo un campamento en La Cerca, junto a Anguita. En cualquier caso, este sería un centro fortificado romano de cara a controlar una zona inestable.

La ciudad de Caraca, en el territorio alcarreño, resistió en el 78 a. de C. a los romanos, según Plutarco y Sertorio. La zona de Guadalajara actual perteneció a la Hispania Citerior, que tras la reorganización de Augusto pasaría a ser incluída en la Hispania Tarraconense.

La influencia de Roma a partir de la definitiva conquista se centra en los cambios de la explotación agrícola, minera, comercial, y en la construcción de grandes vías de comunicación, de puentes, etc. En la España romana, en la que permanece un importantísimo sustrato de población autóctona, que en el caso concreto de nuestra provincia es de raíz celtibérica, se distribuyen los pobladores en cognatio y gentilitas, aunque Roma pone sus pretores y cónsules para el gobierno de los territorios.

La más señalada de las ciudades de la época romana en Guadalajara fue sin duda Segontia (Sigüenza). En el año 195 a. de C., cuando era asediada por el ejército romano, figuraba como un punto de almacén de provisiones, teniendo tras su conquista una estructura municipal, y erigiéndose, ya en el valle, como importante centro de comunicaciones entre el Jalón y la Meseta. Cercana asentó Luzaga, con muralla e importantes edificios públicos romanos.

La evolución durante el Bajo Imperio, con la invasión de la costa mediterránea por francos, supone el empobrecimiento progresivo del Imperio en Hispania. Se asientan poderosos y ricos terratenientes romanos en villae sobre los valles de los grandes ríos, junto a las vías, siguiendo los consejos dados por Catón y Varrón. De ellas han quedado algunos notables ejemplos como las villae de Gárgoles de Arriba, de las Casutillas en Corduente y de otros pequeños lugares en torno a Sigüenza y el río Henares.

En cualquier caso, ‑y hoy olvidados de virreyes, de Mendozas y monasterios‑ es útil que de vez en cuando nos adentremos en esas inmemoriales épocas en las que se fraguaba, entre luchas y alianzas, el origen de nuestra sociedad. Aunque sea en mínimo grado, algo de aquel festival mayúsculo hemos heredado.

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