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Guadalajara, una ciudad de leyenda

Patio del Palacio del Infantado de Guadalajara. Representación teatral.

Estos días pasados, el juego anduvo entre cuentos y leyendas. La ciudad vibró en torno a la Plaza Mayor, donde resonaron en mil voces distintas los más insospechados y los más clásicos de los cuentos humanos. Fué una jornada tan especial, tan única, y tan hermosa al mismo tiempo, que no me resisto a dejarla sin glosar en este escaparate de los sucesos alcarreñistas.

La alcaldesa que tenemos en Guadalajara es, entre otras muchas cosas, una mujer culta y leída. Amiga de todos y con ganas de darle a esta ciudad una movida cultural de las que hacen época. Mª Nieves (Blanca) Calvo quiso festejar por todo lo alto la Fiesta del 23 de Abril, que por hacer años que murió en tal día don Miguel de Cervantes, se suele clasificar como «Día del Libro» desde hace mucho tiempo. Y la forma en que lo ha decidido celebrar ha sido montando todo un espectáculo literario‑libresco en la Plaza Mayor de Guadalajara. Ese escenario que pasó de ser un vacío erial de losas y farolas, a un poblado jardín de casetas, libros, carpas y niños escuchando el referir de los cuentos múltiples.

Creo que este «Maratón de Cuentos» celebrado desde las 12 horas del 24 de abril hasta las 12 del día siguiente, consiguiendo un récord hasta ahora inédito de estar durante 24 horas una ciudad oyendo cuentos, es una idea ‑ya cuajada‑ tan simpática, original y amable, que no puede por menos de quedarse también prendida en esta crónica de los aconteceres arriacenses.

La idea le surgió a Blanca, porque no en balde su profesión (y de ahí su vida) es la de moverse entre los libros, donde todo el saber, y toda la cultura, tienen habitación y cobijo. La Feria del Libro, que año tras año irá desarrollándose, se complementó con este lance en el que recibió todas las ayudas que pidió, y aún le sobraron para ocasiones futuras.

A Guadalajara vinieron a contar sus cuentos gentes las más diversas, casi todos relacionados de un modo u otro con la tierra alcarreña: los grandes de la Letras como Buero Vallejo, José Luis Sampedro, Ramón de Garciasol, Andrés Berlanga, María Antonia Velasco, García Marquina, y tantos otros, acompañados a trechos por los currantes de la cultura en Guadalajara: Suárez de Puga, Jesús Ángel Martín, Antonio del Rey y Fernando Borlán, mas periodistas, profesores, alumnos, niños y viejos de la más variopinta estirpe. Hasta contó un cuento, allá por la madrugada, un motorista que iba de paso hacia Barcelona. Ah! Y «Chani», quien además de contar un cuento (erótico), pasó lista.

También yo participé en este Maratón, más feliz que una pascua. Porque durante un cuarto de hora me dejaron sacar a relucir esos viejos personajes de la Guadalajara mora, que porque nunca existieron tenían más viveza en sus decires. Allá estuvieron el rey Israq, el sabio astrólogo Abú‑Alaslamí, y la princesa encantada Itimad. Allí los palacios subterráneos llenos de riquezas, los castillos mágicos con una mano y una llave sobre su portón, y las torres encantadas que se movían hacia donde los enemigos. Allí, en la tranquila noche de Guadalajara, con estrellas como las de hace novecientos años, estuvo Alvar Fáñez de Minaya y sus mesnadas. Y toda la felicidad de mis hijos, que se creyeron a pies juntillas cuanto les dije. Tiempos felices aquéllos… (los del pasado día 24 de abril) ¿Volverán algún día?

Creo que sí. Y renovados. Porque Guadalajara responde a todo cuanto se le hace con amor, con dedicación, con buenas intenciones. Porque esta ciudad, y sus gentes, sintonizan enseguida con cuanto sea testimonio de cultura. Y dársela no es difícil. Ni siquiera caro. Dice Blanca, la alcaldesa de este cuento, que no ha llegado al millón de pesetas lo que ha costado esta larga y densa Fiesta del Libro. Y es que con el entusiasmo de los buenos alcarreños (que es como siempre se han hecho aquí las cosas) no hay por qué recurrir a las grandes cifras de los presupuestos.

Desde esta crónica breve y sentida, animo a Mª Nieves Blanca y a su equipo a que en años próximos nos traigan este bonito regalo de primavera. Una Plaza Mayor cuajada con los litúrgicos sones de los cuentos, y una ciudad rendida al color y a la sabiduría de los libros. Aunque, ¿por qué no separar una cosa de otra, y poner un fin de semana el «Maratón», incluso más largo, de 48 horas, y otro fin de semana las casetas, los homenajes y los estandartes librescos? Hay muchos sitios, además. ¿Se imaginan la escena en ese recoleto espacio de la plaza de Santa María? ¿O frente a la capilla de Luís de Lucena, que serviría de refugio en caso de lluvia? Ah! cuántos sueños. Gracias, de cualquier modo, por habérnoslos traído y puesto así, entre lonas de colores y aspavientos de brujas. Porque fue algo mágico y hermoso para Guadalajara, lo puse. Todas aquéllas (tantas) cosas sucias y tristes que también ocurren en la Plaza Mayor, mejor olvidarlas…

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