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Almonacid, Mondéjar y Fuentelencina: tres etapas en el arte de Juan Bautista Vázquez

 

Acaba de aparecer un libro espléndido, escrito por Margarita Estella Marcos, investigadora del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid, quien amablemente me lo ha hecho llegar, y que supone un gran interés para el mejor conocimiento del arte del Renacimiento en la provincia de Guadalajara. Como es ese el tema de nuestra habitual entrega del «Glosario», vamos aquí a explicar las líneas maestras de la obra, al tiempo que recordamos a uno de los «monstruos» de la escultura castellana del siglo XVI, que en nuestra tierra dejó muestras de su extraordinario quehacer artístico.

En la portada del libro, a todo color, aparece una fotografía de la Virgen de la Paz, que presidía el retablo del convento de la Concepción de Almonacid de Zorita hasta la Guerra Civil, y que desmontado y vendido, ha ido a aparecer una parte (la más consistente del retablo) en el convento de las monjas Oblatas de Oropesa, en la provincia de Toledo, mientras que esta escultura central, y otras dos laterales, han parado, finalmente, en la Colegiata de la villa de Torrelaguna, junto al Jarama, en la provincia de Madrid. La categoría que Margarita Estella da a esta escultura de Juan Bautista Vázquez es incuestionable: «Pocas veces la escultura española ha alcanzado tal equilibrio de fondo y forma», dice en la página 44 al referirse a este grupo escultórico en madera. Es algo tan italiano, tan elegante, tan bien resuelto técnicamente, con su talla perfecta, su disposición de formas tan equilibradas, e incluso con su policromado tan agradable, que no admite comparación con nada de lo que ahora mismo puede existir en la provincia, si no es el Doncel. ¡Lástima que para algo realmente bueno que teníamos, se ha ido (como tantas cosas), a Madrid!

Juan Bautista Vázquez (el Viejo se le llama para distinguirle de su hijo, a quien se apela El Mozo, y que también fue escultor) nació en 1525 en Pelayos, provincia de Salamanca, formándose muy posiblemente en Italia, y trabajando luego, desde el poderoso foco artístico de Toledo, como escultor en muchos lugares de Castilla: Ávila, Guadalajara, Cáceres, el mismo Toledo, y al final de su vida, en Andalucía, donde todo estaba por construir: Sevilla, Granada y Málaga.

En la Alcarria dejó tres de sus mejores obras. Los retablos de Almonacid de Zorita (el principal de la iglesia del convento de la Concepcionistas), de Mondéjar (el mayor de su iglesia parroquial) y de Fuentelencina (también el principal de su iglesia). De ellos, solamente queda este último, espléndido en su gloria de esculturas y pinturas, aunque lamentablemente escondido bajo capas de polvo desde hace siglos. El retablo de Almonacid puede ser contemplado hoy en el convento de las Oblatas de Oropesa. Allí lo hemos visto y fotografiado, bien restaurado, limpio. Es una maravilla de la forma y el color: el Abrazo de San Joaquín y Santa Ana ante la Puerta Dorada es una pieza del mejor momento de la escultura castellana del Renacimiento. La Virgen de la Paz, figura central de ese retablo, hoy conservada en la Colegiata de Torrelaguna, es, ya lo adelantábamos antes, de lo mejor de la escultura española de esa época. Merece un viaje por verla un rato.

El gran retablo de Mondéjar, que Juan Bautista Vázquez talló junto a Nicolás de Vergara el Viejo, con pinturas de Juan Correa de Vivar, y el diseño de Alonso de Covarrubias (cuatro artistazos juntos en una sola obra), desapareció en 1936, en los amargos meses en que la destrucción gratuita del patrimonio artístico de Guadalajara fue llevada a cabo con verdadera fruición por grupos de desalamados ignorantes de los que mejor es no acordarse. Afortunadamente, el alemán Georg Weise pasó por Mondéjar en 1933, haciéndole una colección de extraordinarias fotografías que luego publicó, pasada ya la guerra y la destrucción del retablo, en su libro «Die Plastik der Renaissance und des Frühbarock in Toledo und dem Ubrigen Neukastilien», y que ahora vemos, por vez primera, en este libro de Margarita Estella. El asombro por la maravilla perdida podrá a muchos levantar de nuevo la indignación por haber quemado aquella joya de la escultura hispana.

El retablo de Fuentelencina, finalmente, le tenemos todavía entre nosotros. Es sin duda el mejor de la provincia. Hay otros que se le acercan (Peñalver, Riba de Saelices, Bujarrabal, etc.) O los que Giraldo de Merlo y su escuela tallaron para la catedral de Sigüenza o la parroquia de Alustante. Pero de la elegancia, de la pulcritud, y de la época de este alcarreño de Fuentelencina, ninguno es comparable. Aquí Juan Bautista Vázquez, el genial escultor castellano, dejó lo mejor de su arte, mezclándose con los aportes que algunos otros artistas de la escuela seguntina (Martín de Vandoma, Luis de Velasco y Diego de Madrid) pusieron en esta obra. Todavía los retablos, también desparecidos en la Guerra Civil, de Renera y Auñón, fueron tallados en buena parte por Juan Bautista Vázquez.

Es, en definitiva, una gran aportación al conocimiento del arte en nuestra provincia, y una explicación de la importancia y riqueza que estos pueblos tenían en el siglo XVI, la que Margarita Estella hace en su obra «Juan Bautista Vázquez el Viejo en Castilla y América», y que acaba de publicar el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid en su ya clásica colección «Artes y Artistas». Recomendamos a todos nuestros lectores que se hagan con ella, por mejor conocer el pasado esplendoroso de nuestra tierra.

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