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Un espacio para todos. El Museo provincial de Guadalajara

 

En estos días se hace de nuevo actualidad el Museo Provincial de Guadalajara, el que está ubicado en el Palacio del Infantado de nuestra capital. Y ello por dos motivos: en primer lugar, porque en sus salas se inaugura estos días una gran exposición sobre temas arqueológicos de Castilla‑La Mancha, que bien merece una visita. Y en segundo lugar por haber salido a la oferta pública un nuevo libro sobre este Palacio, que reúne en la brevedad de sus cien páginas toda la historia de personajes y presencias, de filigranas y pinturas que se reúnen desde hace cinco siglos en esa casa grande de los Mendoza.

Uno y otro acontecimiento son motivos, pienso yo, más que justificados, para darse una vuelta por las salas de este magnífico Museo Provincial que tiene algunos elementos que merecen no ya la visita, sino la periódica rendición de amistades hacia ellos. Esculturas y pinturas, retablos y cerámicas se ofrecen al espectador, diciendo algunas, que no todas, las palabras que los siglos pasados nos dejaron desde los pueblos de nuestra tierra.

Porque el Museo Provincial de Guadalajara está hecho con el aluvión de obras que llegaron desde Conventos, iglesias y Ayuntamientos de la provincia, cuando la reforma hacendística del Mendizábal, que supuso el vaciado y a veces saqueo de los conventos frailunos y monjiles. De aquellas ristras inmensas de cuadros, libros y joyas, quedó muy poco. Eso poco está hoy en este Museo. Es curioso ir a verlo.

Doña Aldonza de Mendoza

Entre sus piezas mas llamativas, está el enterramiento de doña Aldonza de Mendoza, de quien se dice pudiera haber sido la madre de Cristóbal Colón, el que primero llegó a América y lo dijo. Es una escultura funeraria, maravillosa de talla sobre alabastro brillante, tendida y silente, con los rasgos de la vida en su rostro pintados. Revestida de telas y mantos de una noble mujer del siglo XV, alrededor de su cuerpo corre una leyenda gótica que dice cómo fue Aldonza mujer de don Fadrique, duque de Arjona, y de como falleció un día de junio de 1435. Un perrillo a sus pies, símbolo de la fidelidad, y unos escudos de armas de su linaje mendocino y castellano, tenidos por salvajes desnudos y peludos, se acompañan aún de una frase latina en la que se dice, con ese rigor solemne que todo epitafio encierra, desplumado de vanidades el corazón humano, que «todo lo pasado pasará conmigo a la tumba». Es sin duda una de las piezas más selectas de este lugar, y sola por sí ya merece hacer una visita al recinto.

Las pinturas de Carreño y Alonso Cano

Hay muchas pinturas en este Museo, pero las que más llaman la atención son algunas que pueden considerarse capitanas en lo que es «escuela de Sevilla» del Siglo de Oro. Y ahí están la aparición de la Virgen a San Antonio, de Carreño de Miranda, el Ángel entregando la regla de la Orden a San Francisco, de Ribera, o esa extraordinaria «Virgen de la Leche», una madre joven amamantando a su hijo, original de Alonso Cano, que hace resplandecer con su ternura, sus colores principescos, y su linealidad suave y consistente, a la sala en que se encuentra. Es un resumen apretado, simbólico, magnífico, de la mejor pintura española de todos los tiempos, que sólo las figuras universales de Velázquez y Zurbarán han hecho palidecer a nuestros ojos de hoy.

Las terracotas de La Roldana

De una mujer del siglo XVII hay representaciones también en este Museo. Son dos piezas vivas, que suenan en el silencio de las noches museísticas, que ríen a través de sus personajes, lloran a través de sus infancias desnudas: las dos terracotas de «La Roldana», una escultura del siglo XVII, ofrece escenas familiares de la época sublimando momentos imaginarios de la vida de Jesucristo y su madre. Una dicen ser «Los primeros pasos de Jesús», y es toda ternura y viveza. Otra «La Virgen Niña con sus padres», San Joaquín y Santa Ana: es la foto de familia de un hogar humilde de la época. Tanta alegría en esas tallas (que son de terracota) y tanto color en sus cuerpos, dejan al espectador prendido un largo rato ante ellas. Son, sin duda, estrellas seguras en cualquier visita. Proceden del antiguo, y ya desaparecido convento de dominicos de la Madre de Dios, de Hita. 

Lo que aún está oculto

Pero el Museo Provincial de Guadalajara puede ser, en breve plazo, un joyero de mayores dimensiones, de mejores brillos aún. En salas cercanas, pero todavía cerradas al público, se encuentran depositadas algunas (muchas) piezas de las colecciones privadas de los duques del Infantado, que un día les dio por prestarlas a la admiración pública y sin embargo no se deciden a dejarlas ver del todo. Sabemos que en estos próximos años se habilitarán las salas para ello, y así la visita a este lugar sacro del arte podrá completarse con la admiración frente al Retablo de Marqués de Santillana, la obra máxima de Jorge el Inglés, una «summa» de la pintura gótica castellana, en la que aparecen, entre otras cosas maravillosas, el conocidísimo retrato de Iñigo López de Mendoza, orante y sereno, junto a su mujer Catalina Suárez de Figueroa, loando a la Virgen con versos, serranillas y arcángeles trapeados y volanderos. Además hay armaduras (por ejemplo, la que llevaba puesta el Conde‑Duque de Olivares el día que le retrató Velázquez montado a caballo), jarrones chinos en los que cabe un hombre, y otras maravillas del arte español de todos los tiempos.

Hoy el Museo Provincial de Guadalajara, por las dos razones que al principio apuntaba, es un lugar digno de ser visitado, de ser conocido, de ser amado por todos los alcarreños. Allí os espero.

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