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La heráldica de la ciudad

 

En estos tiempos que corren se está poniendo de moda, ‑como tantas otras cosas que entran por los ojos‑, la heráldica y el saber de escudos y demás asuntos relacionados con la historia. En este día que la ciudad de Guadalajara inicia con alegría renovada sus «Ferias y Fiestas» que siempre fueron de otoño y ahora son ya de verano, por aquello de evitar mojaduras indeseadas, vamos a recorrer sus calles en busca de ese «tiempo perdido» del que nos hablan las talladas piedras de los blasones. En busca de ese personaje, de aquella leyenda, de cualquier gesto añorado.

La historia de una ciudad se encuentra prendida, como en una permanente exposición de arte y de palabras, en los alabastros polvorientos de sus blasones. Guadalajara tiene muchos, aunque también muchos se perdieron. De los que quedan estamos ahora haciendo recopilación para un próximo libro, pero hoy no resistimos la tentación de dejar ver cuatro de ellos, algunos poco conocidos, y dejarlos hablar y contarnos sus historias.

En la Plaza Mayor, en la puerta misma del Ayuntamiento, donde está a punto de empezar la cabalgata y el ruido, se encuentra el primero de ellos, el de los PECHA. Procedente del derribo de su capilla mudéjar en la antigua iglesia parroquial de Santiago, que se encontraba donde hoy la lonja del palacio del Infantado, fué puesto junto a la entrada del Concejo, y desde hace tiempo allí escucha cada día los pasos de quien pasa los soportales y añora, como yo, el ayer perdido.

Fueron los Pecha un linaje venido de Italia, que en el siglo XIV alcanzó el grado de servidores directos de los Reyes, obteniendo una gran fortuna y, sobre todo, la capacidad de influir en la Corte. Asentaron en Guadalajara y emparentaron con los linajes más conocidos de la villa, entre otros los Valdés de Beleña y los propios Mendoza. De esta familia salió fray Pedro Fernández Pecha, fundador de la Orden de San Bartolomé, y creador de su primer eremitorio en Lupiana, del que luego emergería el Monasterio opulento de San Jerónimo, también hoy nostálgico de mejores días tapizados de niebla.

El escudo de los Pecha ofrece una simple fortaleza, un castillo más o menos complicado con almenaje y torreones altivos. Cuando vinieron de Italia, traían una abeja por blasón, pero en Castilla pusieron éste, emblema de la propia monarquía. En su capilla mudéjar de Santiago, sabemos por referencias de antiguas crónicas que había sepulturas de los abuelos mas remotos, y emblemas de todos sus linajes. De tanta pasada grandeza solo ha quedado este testimonio. Las piedras son, en definitiva, las que se salvan de los naufragios del tiempo.

En la calle Mayor, en la zona peatonal alta, se encuentra el segundo. En un lugar recóndito y poco visto: concretamente en el estrecho patio de entrada a la Cámara de Comercio e Industria de nuestra capital. Era ese el palacio de los TORRES y OROZCO, y aparte del escudo, pequeño y sencillo, que hoy preside la portalada de la calle, con un solo castillo por emblema, hay en el patio otras dos placas en las que surgen sendos escudos de la familia propietaria. Este que aquí vemos, cuartelado con barras engoladas y castillos simples está tallado en alabastro fino, y es un ejemplo más de esta heráldica arriacense que debería ser rehabilitada.

En la Plaza de San Esteban se encuentra el tercer ejemplo. Concretamente en el palacio de los Condes de MEDINA, que hoy ha completado su restauración como delegación provincial de la Consejería de Educación y Cultura. Sobre la puerta principal, noble y almohadillada, aparece este escudo coronado de su atributo condal. Es una pieza más moderna que las anteriores, del siglo XVIII ya, con múltiples cuarteles en los que se reparten las armas de una alianza matrimonial. Barras y castillos bordurados de lo mismo y flores de lis en el escudo diestro; luna y sol con la cruz de calatrava, más escaques y ondas en el siniestro. Imagen complicada pero bella de un antiguo escudo de armas arriacense.

El último nos lo encontramos en la plaza de Dávalos, en la pared donde siempre da el sol porque es su costado norte. En ese lugar donde cuatro escuálidos arbolejos y un excesivo montón de coches nos dejan oír también, quizás demasiado fuerte a veces, la voz añorante y fugitiva de los días perdidos. El escudo de los MEDRANO, linaje de pro que desde el siglo XVI al menos reside en Guadalajara, está tenido por un águila de fiero aspecto. Por ser emblema moderno está todo él cuajado de mezclados linajes y símbolos, que sería prolijo describir, pero que aquí damos también en dibujo para que sea recordado y reconocido por quienes, aprovechando estos días de fiesta, quieran darse un evocador paseo por esta Guadalajara que tiene todavía tantas cosas, a través por ejemplo de estos escudos de armas, a quien las quiera oír.

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