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Covarrubias arquitecto en Sigüenza

 

Veíamos la semana pasada la actividad de Alonso de Covarrubias en la ciudad de Guadalajara, donde acudió al llamado de los todopoderosos Mendoza, para levantar obras que perpetuaran su poder. En Sigüenza actuó Covarrubias de forma amplia a lo largo del tiempo, con aportaciones sumamente interesantes en el aspecto cualitativo. Desde el inicio de su carrera, hasta poco antes de su muerte, aparece su nombre en los documentos del archivo catedralicio, lo que prueba el prestigio que siempre gozó como profesional de primera línea entre los poderosos miembros de la curia seguntina.

Las primera referencias son del año 1515: en esa fecha cobra una pequeña cantidad por la talla de una piedra para el enterramiento de Dª Aldonza de Zayas, una familiar de los Mendoza que poseía el patronato de la capilla de Santiago. Poco después, en 1517, cobró doce reales por tallar un balaustre para una pila de agua bendita. Poco más debió hacer en esa época. Acompañaba como un tallista o picapedrero más, al grupo de arquitectos y escultores toledanos formado por Sebastián de Almonacid, Talavera, Guillén, Egas, Vergara el Viejo, etc., y junto a ellos se formaba y colaboraba con su trabajo manual.

Pero el aprendizaje de esa primera etapa fue crucial, y pronto afamado y con obras reconocidas de gran importancia, en 1532 el Cabildo de la Catedral seguntina mandó llamar a Covarrubias y le pidió que ejecutara las obras de una nueva Sacristía o Sagrario mayor. Fue a principios de ese año, el 12 de enero, que el Cabildo le solicitó en forma la realización de dicha obra, y el 4 de marzo se ordenó la realización y firma de las condiciones y el contrato. En un momento no determinado de ese año 1532, Alonso de Covarrubias estuvo en Sigüenza, viendo el lugar donde habría de hacerse la obra, y durante 9 días estudió el terreno y trazó el proyecto del recinto. Cobró entonces 12.500 maravedises. Durante 2 años, hasta marzo de 1534, Covarrubias dirigió las obras de esta sacristía, que se iniciaron de inmediato. Aunque no residía en Sigüenza, él estaba en contacto con los oficiales encargados de ejecutarlas. En esa última fecha, Covarrubias solicitó del Cabildo seguntino la rescisión de su contrato, recomendando para que siguiera de director Nicolás Durango.

Las obras de la Sacristía de las Cabezas fueron, pues, dirigidas por este Durango (de 1534 a 1545) después por su hijo o hermano Juan Durango (hasta 1554) y finalmente por el maestro seguntino Martín de Vandoma, quien las dio por concluidas en 1563. Las trazas dadas por Covarrubias, no obstante, fueron siempre respetadas, y tanto en el aspecto estructural como en el decorativo, esta importante pieza arquitectónica de nuestro templo mayor lleva bien granado el sello inconfundible y magistral del arquitecto toledano del que ahora se cumplen los cinco siglos de su nacimiento.

La Sacristía de las Cabezas, todos la conocen, es una obra única, espléndida, que por sí sola daría fama a nuestra catedral. Tradicionalmente se la ha incluido en el concepto estilístico del plateresco renacentista, y, aunque sumamente cuestionado el término plateresco, y siendo evidente su existencia, la obra de Covarrubias para la Sacristía Mayor de Sigüenza rebasa ampliamente ese subestilo, y entra totalmente dentro de lo que debe considerarse el Manierismo.

Su estructura podría calificarse de Renacimiento puro: es una nave, abovedada, de planta rectangular, de 22.65 m. de longitud por 7.5 mts. de anchura, en una perfecta relación 1:3, muy propia de los salones clásicos. En cada lado aparecen cuatro arcosolios rebajados, de 1 metro de profundidad, que albergan la cajonería de la sacristía, con el intradós decorado de rosetas, y entre dichos arcos adosadas unas medias columnas que sostienen un entallamiento profusamente decorado, a partir del cual se alza la bóveda, que es de medio cañón perfecto, y está dividida a su vez en otros cuatro tramos iguales, separados por arcos fajones.

Es, sin embargo, en la decoración, donde la Sacristía de las Cabezas entra de lleno en el Manierismo. Una serie de elementos, fundamentalmente el conglomerado de sus 304 cabezas diferentes puestas en sendos medallones sobre las bóvedas, sorprenden de tal manera, y la hacen tan distinta a todo lo conocido, que la obra puede y debe calificarse de genial. Por una parte, podemos encontrar el factor «lúdico» de la lectura y descubrimiento de las cabezas. El espectador que se coloca bajo las bóvedas de la Sacristía Mayor de la Catedral de Sigüenza, se «entretiene» en ver, en interpretar, en reconocer personajes. Es una función nueva, inhabitual de la arquitectura. Es un signo eminentemente manierista. La bóveda tiene, pues, un aspecto «heterodoxo», no normal, fuera de lo establecido hasta entonces. Su función va más allá de lo que era de esperar. No sólo sirve para cerrar un espacio en su altura: se han puesto en ella retratos y personajes que piden ser mirados. Todavía otro carácter del Manierismo más preciso se da aquí: el compromiso de los temas arquitectónicos con estructuras decorativas de diferente naturaleza: las impostas y entablamentos tienen funciones exclusivamente decorativas; las bóvedas dan sensación de no pesar, etc. Indudablemente, y a pesar de las interpretaciones dadas por Pérez Villamil acerca de que el diseño final de este ámbito fuera hecho por alguno de los Durango, solo un genio como Covarrubias pudo ser su autor: las trazas originarias del toledano, hechas en 1532, fueron las que se mantuvieron hasta el fin.

Todavía en enero de 1569, los señores del Cabildo seguntino pensaron en el arquitecto Alonso de Covarrubias para llevar adelante la obra que planteaban del trascoro o girola, y como sabían que andaba ya achacoso y viejo, se la encargaron finalmente a Juan Vélez, aunque pidieron que se consultase a los mejores arquitectos, «…y sobre todo a Covarrubias, tan conocedor de esta Iglesia». No pudo ser así, pues el maestro andaba ya enfermo y pocos meses después moriría. Lo que sí es evidente conclusión sacada de tan escueta frase documental, es el cariño que el Cabildo seguntino tuvo siempre hacia Covarrubias, la admiración que su obra produjo en todos cuantos entendían de arte, y lo que, en definitiva, la ciudad de Sigüenza debe a este gigantesco artista castellano.

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