Los Escritos de Herrera Casado Rotating Header Image

La ex-capilla gótico-mudéjar de San Gil en Guadalajara

 

Hubo una vez una ciudad, rodeada de murallas, repleta de edificios nobles entre los que destacaban los palacios de sus vecinos hidalgos, las iglesias de estilo mudéjar para celebrar el culto cristiano, las plazuelas centradas por grandes fuentes sonoras, y las estrechas calles en las que el sol apenas se atrevía a penetrar. Esa ciudad era Guadalajara.

Y en ella había una iglesia construida en la parte más vieja y céntrica, iniciadas sus obras poco después de la Reconquista, allá por el siglo XII, y adornada en lo exterior por detalles arquitectónicos de tipo mudéjar, como la puerta de entrada, de arco en herradura muy pronunciado, o el atrio porticado orientado al sur, donde se celebraba semanalmente, en siglos remotos, el Concejo abierto de la ciudad. Esa iglesia era San Gil.

Y había dentro de ella una enorme cantidad de cosas interesantes: altares, rejas, pinturas y esculturas. Capillas también. De todas era la más hermosa, sin duda, la que llamaban de los Orozco, porque gentes de esta noble y antañona familia la habían fundado y empleado sus dineros propios en adornarla y llenarla de maravillas. Esa capilla de los Orozco en la iglesia de San Gil en la ciudad de Guadalajara es algo que ya sólo existe en el recuerdo. Y porque recientemente hemos encontrado una imagen de ella que nos permite evocar sin esfuerzo parte de su estructura y ornato, es por lo que hoy la traemos a colación.

Las referencias a este elemento ya perdido del arte alcarreño las tenemos por parte de diversos autores: es uno de ellos el dibujante catalán Pascó, quien acompañó a don José María Quadrado y a don Vicente de la Fuente en su «Viaje por España» a mediados del siglo XIX, y mientras estos dos últimos hacían sus investigaciones históricas y anotaban los detalles artísticos que encontraban, Pascó se dedicaba a dibujar en directo las cosas que más atraían su atención. En Guadalajara, una de ellas fué el interior de la capilla de los Orozco.

El historiador Torres, del siglo XVII, en su inédita «Historia de Guadalajara» dice algo de esa capilla, pero no la describe. Layna Serrano, en su monumental historia de la ciudad, publicada en cuatro tomos en 1942, le dedica una página entera, pero lo hace más o menos como nosotros ahora: ya por referencias, a la vista de fotografías y dibujos. Pues esta capilla fue derribada a finales del siglo XIX. En su obra, publica dos borrosas fotografías de Hauser y Menet, que sin embargo son útiles para hacerse una idea de lo que era. Finalmente, fué el catedrático de dibujo del Instituto de Enseñanza Media «Brianda de Mendoza», don Ramiro Ros, quien nos dejó unos hermosos dibujos, detallistas y perfectos, de las decoraciones de esta capilla. Esos dibujos, al parecer, se conservaban en el Instituto. Hoy nadie sabe donde paran. Uno de ellos lo publicaron Cordavias y Sainz de Baranda, en 1929, en su «Guía Arqueológica de Guadalajara». Y es ese dibujo el que hoy acompaña estas líneas, para satisfacer la curiosidad y levantar el asombro de nuestros lectores.

Las cuatro paredes de la capilla de los Orozco estaban cubiertas de yeserías policromadas, en las que se mezclaban, superpuestas y un tanto anárquicas, las decoraciones de tipo gótico florido, con lacerías complicadas, y las de tipo mudéjar o claramente árabe, incluso presentando frases escritas en caracteres cúficos. En los espacios libres, aparecían escudos de armas, emblemas de la familia. Toda esa decoración estaba profusamente coloreada, consiguiendo un efecto muy atractivo, quizás excesivo. Ese estilo de ornamento es muy propio del siglo XV, aunque Layna y el resto de autores que han hablado de esta capilla opinaron que era del siglo anterior. En la época de Juan II y Enrique IV de Castilla, se «pone de moda» en todo el reino cristiano la decoración mudéjar y el exceso de combinación entre ella y lo gótico más florido. Resultado de esa mezcla barroca fué esta capilla de los Orozco en San Gil de Guadalajara, hoy desaparecida.

Aunque no del todo. Porque cuando hacia 1886 el arquitecto Ricardo Velázquez Bosco construyó por mandado de la condesa de la Vega del Pozo el gran complejo arquitectónico del Panteón, el Asilo y la iglesia, donde hoy están las Madres Adoratrices, en el templo puso, pues lo hizo a imitación del arte mudéjar arriacense, copias exactas de las yeserías de esta capilla de los Orozco de San Gil. Es por ello que, al menos en réplica, algo ha quedado y hoy puede admirarse en la iglesia, por todos conceptos maravillosa, de Santa María Micaela, del barrio de Defensores.

Quisiera finalmente apuntar un detalle que nos posibilitaría la adscripción de este elemento artístico a otra familia de la que tradicionalmente se ha establecido su patrocinio. Y es concretamente la de los Torres. Unos y otros autores se la han aplicado a los Orozco, quizás más por tradición que por otra cosa. Porque lo cierto es que, tanto en las fotografías que publica Layna, como en este dibujo de Ros, el escudo que aparece repartido por los muros es el de los Torres, otra noble familia arriacense, que tuvo su palacio en la Calle Mayor alta, justamente donde hoy se encuentra la Cámara de Comercio. Sobre el ancho portón antiguo de este edificio, aún se ve un pequeño escudo de la familia constructora: presenta un castillo acompañado a los lados de sendas flores de lis. Es ese mismo escudo el que aparece repartido por los muros y yeserías de la capilla que hoy tratamos. Sería, pues, lo más lógico, dejar de denominarla «capilla de los Orozco» y pasar a llamarla «capilla de los Torres». Pero reconocemos que la tradición tiene también su valor, y, en fin, dejaremos las cosas donde están.

En cualquier caso, la oportunidad de contemplar, en el desvaído gris de una vieja fotografía, una obra de arte que fue y ya solo en el recuerdo permanece, es un motivo que no se encuentra todos los días. Es, también, una prueba más de lo hermosa que fue nuestra ciudad y la evidencia de cómo, poco a poco, entre unos y otros, la hemos ido destrozando y arrumbando a ese estadio etéreo del recuerdo y la añoranza.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.