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El Fuero de Antienza

 

Fue en el año 1085, que la fuerza del reino de Castilla bajo la mano poderosa y el sabio mando de su Rey Alfonso VI, se hizo dueña de un amplio sector de la meseta inferior castellana, todo el territorio comprendido en lo que Al‑Andalus había dominado como su Marca Media o Reino de Toledo. La Castilla Nueva de los cronistas de entonces hizo su aparición en la escena histórica del reino castellano. Y lo hizo con unos modos nuevos, especialmente en lo referido a la forma de constituir su sistema político, pues aunque reconocía la monarquía como única forma indiscutida e indiscutible de gobierno en la Edad Media, se sustentaban en antiguas tradiciones germánicas para invocar un modo democrático de ordenar la vida social desde la perspectiva de los Comunes de Villa y tierra. Algo desconocido en la Castilla del Norte, en los territorios de las Merindades y el primitivo Condado, donde el régimen señorial era mucho más fuerte.

La zona del sur del Duero, lo que se conoce como Extremadura castellana, y muy especialmente las tierras al sur de la cordillera central, como estas de Guadalajara, de Cuenca, de Madrid, que tienen tantas cosas en común se empezaron a regir, desde aquellos finales años del siglo XI, por Fueros y sistemas de participación colectiva en el regimiento de pueblos, de villas y de territorios, Aunque explicar este tema en profundidad ya, lo hemos hecho en algunas otras ocasiones y aquí nos desbordaría nuestro espacio disponible, sí conviene recordar que fueron los territorios o Comunes de Atienza, de Zorita, de Guadalajara, de Hita y de Molina los que dieron vida de forma muy clara a este sistema de democracia popular que se instauró en esta Nueva Castilla durante la segunda mitad de la Edad Media.

Entre los modos de dirigir la sociedad e imponer normas de común cumplimiento, los monarcas entregaron Fueros a estos territorios, en muchas ocasiones con el visto bueno de los súbditos, cuando no previamente redactados por ellos. De ahí que los Fueros estuvieron siempre considerados como las normas primeras de garantía de una libertad y una autonomía en el estar de estos pueblos. Y la costumbre progresiva de que los Reyes que iban alcanzando el Trono debían «jurar los fueros» de estos territorios como máxima garantía para ellos de que serían respetados en el futuro.

De los territorios de Guadalajara más señalados tras la reconquista está el Común de Atienza, que se extendió en una amplia franja de terreno desde la sierra central hasta el valle del Tajo. Atienza recibió un Fuero del monarca Alfonso VII, quien se destacó por el empeño decidido en la repoblación del área nueva de su reino, conquistado por su antecesor. Alfonso VI. El séptimo de los Alfonso dio Fuero a la ciudad y alfoz de Guadalajara en 1133. Y entregó la ciudad de Sigüenza en señorío a sus obispos, para que la repoblaran con mayor efectividad y garantías.

Del Fuero atencino no ha queda­do muestra. No se conserva ni se sabe dónde habrá ido a parar. Es evidente que existió, pues en algu­nos documentos contemporáneos se menciona. Así, cuando Alfonso VII, en el segundo cuarto del siglo XII, entregó Aragosa a los obispos se­guntinos, ofreció a sus nuevos mo­radores que escogieran por fuero el que quisieran, entre los que ya tenían Soria, Medinaceli y Atienza. Es más, en un documento de la misma época dado por Alfonso VII, y que se conserva en el Cartulario de la Catedral seguntina, se insistía en los límites del Común aforado de Atienza. Eran estos sus límites, de sonoros nombres medievales: «Desde la Peña Frida hasta Bordegalo, Fuente de Grado, el castillo de Diempures, y el Pico Ocejón, bajando por begindas a Nuño Fligent, la persa de Pedantes, Padiela, Modus y Oteros Rubios a Brihuega y luego a donde Guadiela vierte en el Tajo, siguiendo a Alcantud, los vados de Fentejo y Alcrite, y por Fuensanta, Peña del Buitre y Calzanegua a las torres vigías de Torre Vicente y Peña Frida otra vez.

Es difícil identificar todos los nombres reseñados en el documento, pero lo que sí es seguro es que el territorio del Común atencino alcanzaba, bordeando el Común de Brihuega, hasta el Tajo por Durón, e Incluso lo sobrepasaba, pues cuando en el mismo siglo XII Alfonso VIII entregó tierras de Morillejo a los monjes cistercienses para poner monasterio, aquéllas pertenecían al común de Atienza, lo mismo que Viana y los Montes llamados «las Tetas de Viana» o Peñas Alcalatenas, que están a la orilla izquierda del Tajo. En total venía a tener unos 150 pueblos y aldeas que se gobernaban por el mismo Código legal, cual era el Fuero de Atienza.

Poco más que dar fe de su existencia es lo que hoy podemos decir del Fuero de Atienza. Y es una verdadera pena, porque seguramente en su texto aparecerían consideraciones que, aunque semejantes a los de Sepúlveda y Cuenca, “fueros maestros” de la Extremadura castellana, Atienza tenía la suficiente fuerza y era un territorio lo suficientemente grande como para poseer peculiaridades propias. Una vez más, hemos de lamentar que la dejadez y la indolencia de los tiempos y de las gentes, y el abandono perpetuo de los archivos, cuando no su destrozo sistemático, cosa que aún se ve en nuestros días, haya privado a la historia de conocer un documento de valor capital para desentrañar con mayor precisión la razón de nuestro ser. Queda aquí el apunte de su existencia y la huellas, aunque mínimas, de su paso.

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