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La iglesia románica de Campisábalos

 

En el abanico enorme, variado de color, rico en formas que  ofrece  al viajero la provincia de Guadalajara, los Monumentos de estilo románico forman un, capítulo de especial relevancia. Quizás por ser el grupo más meridional de este arte en España, y quizás también porque en nuestra tierra adquiere un tono de sencillez y ruralismo tan acusado que le hacen distinguible y destacable del románico del resto de Castilla.

Si en él no descuellan obras muy señaladas, al menos son abundantes, tienen un carácter homogéneo, y se puede en ellas admirar el estilo y, sobre todo, el espíritu de una época. Es ése momento que abarca el siglo XII entero y primera mitad del XIII, en que los territorios entre la Sierra Central y el Tajo se van repoblando  tras el asentamiento definitivo frente a los árabes  con gentes venidas de la Vieja Castilla: entonces llega la oleada antigua de las formas francesas que entraron por el camino de Santiago, moduladas por lo autóctono, y matizadas con toques de sabor mudéjar que hacen en definitiva muy rico este arte.

En la provincia de Guadalajara son varias las decenas de ejemplos de estos edificios. Pero entre ellas hay un conjunto, breve y extraordinario, en la parte norte de la provincia, justamente en las estribaciones sureñas de la Sierra de Pela, en que se aprecia que una misma «cuadrilla» o escuela de canteros y decoradores actuó: Albendiego, Campisábalos; Villacadima, así como en Cantalojas y Galve (donde hoy ya no quedan sino restos mínimos de sus templos medievales), en, Tiermes (hoy provincia de Soria) y en Grado de Pico (hoy Segovia).

Llegamos especialmente hasta Campisábalos, pueblecito enclavado en el centro de una pelada y altísima meseta (ésta a 1.400 metros de altura), en cuyo centro asienta la iglesia parroquial, que guarda en toda su pureza y quinta esencia el estilo románico rural de esta parte fronteriza y meridional de Castilla.

Varias piezas, por sí solas valiosas, muestra este templo, en el que las sucesivas generaciones de gentes nacidas y vividas en tan altas parameras han orado y se han acercado a Dios en sus momentos de alegría y penas. Entre ellas destacan dos portadas, el ábside, una pila bautismal, el friso de los meses y la estructura interior del edificio, restaurado y bien hace no muchos años. De esas portadas, muy similares entre si, y a su vez con la de Villacadima, quizás destacaría la que corresponde no a la entrada del templo propiamente dicho, sino a la capilla del caballero San Galindo, aneja a esta iglesia en su  costado sur.

Es curioso que sobre dicha vertiente de la iglesia se pusiera, prácticamente al mismo tiempo, otro pequeño templo que era erigido por la piedad y el pecunio, particular de un caballero, de apelativo desconocido, y al que las sucesivas gentes, a lo largo de, los siglos, llamaron el «San Galindo» Sobre el muro de sillar grisáceo, a modo de saledizo, aparece un cuerpo en el que se abre la puerta de entrada a esta capilla. Se trata, en definitiva, de un arco semicircular con la variada y agradable decoración geométrica del estilo: el arco interno tiene diversos lobulillos entre los que se inscriben rosáceas, en un aire muy oriental que le caracteriza. Y los arcos externos, en gradación progresiva, tienen baquetones, zig-­zags, ramas, etc.

Todos ellos apoyan en un cimacio corrido, y éste, a su vez, sobre dos series  de capiteles con decoración de hojas. Es muy curiosa la decoración de canecillos y modillones que sujetan la comisa sobre esta puerta. A través de su majestuosa y a la vez sencilla solemnidad, se pasa a esta pequeña capilla del caballero San. Galindo, en la cual luce con pureza su galanura el arte románico: de una nave, delgadas columnillas adosadas se rematan en capiteles foliados, de los que arranca la bóveda de cañón. Al extremo oriental, un ábside pequeño, casi en miniatura, se ilumina por una calada celosía de piedra. Sobre un muro se ve el enterramiento sencillo del fundador. El arco de entrada al ábside descansa en uno de sus lados sobre un capitel especialmente curioso, de tradición silense, en el que aparecen centauros, aves y monjes en amigable compañía.

Aún sobre el muro externo di esta capilla resaltan, talladas sobre los sillares del mismo, diversas es­cenas de la vida rural (agrícola y ganadera) del pueblo en el remoto siglo XII, en que se levantó este edi­ficio. Allá están sus antiguos habitantes en la tarea de la  escarda, de la siega, de la siembra o del arado; allá están también representados, sus caballeros en lucha, y sus gentes sencillas en caza del jabalí. Todo un retablo pétreo, simple y, sonriente de una época qué es necesario revivir al contemplar esta imagen.

El templo propiamente dicho le va a ofrecer al viajero su estampa más grande y generosa de iglesia parroquial. Un breve atrio al sur del mismo cobija la puerta de­ entrada, del mismo estilo e incluso detalles ornamentales que la de la capilla antes reseñada, pero con unas dimensiones superiores. El interior del templo es amplio, con una pila bautismal de la época, en que se ven simples trazos geométricos.

El ábside es muy significativo. Al interior sirve para rematar la nave única del templo; sus muros de piedra desnuda, su bóveda de cuarto de esfera de lo mismo le confieren una solemnidad poco usada en este tipo de construcciones de Voluntad tan rural, Al exterior, este mismo ábside tiene una riqueza de ornamentación que se avalora sobre la estructura semicircular del mismo; se divide el muro por varias impostas en las que se desenvuelven lazos «sin fin» y otros motivos geométricos. Varias pequeñas ventanas que sirven para dar luz al interior se abren con arcos semicirculares con arquivoltas mínimas que descansan en sus respectivos capiteles en los que decoraciones tradicionales, arcaizantes, subrayan el carácter medieval del monumento. Son muy llamativos también los canecillos que escoltan la cornisa de este ábside: entre ellos vemos una escena de caza del conejo con palo verdaderamente graciosa.

El pueblo entero de Campisábalos está dominado por la silueta y el espíritu fuerte de su iglesia. Flota en torno a ella, como pegado e inamovible, un aire medieval que no dejará nunca. Vericuetos ornamentales, estructuras rígidas y ese color ceniza que despide y atrae, que la hace ser, entre el acervo de la arquitectura románica de la provincia de Guadalajara, uno de los más destacados motivos de ser su apasionado buscador.

Para quien desee lanzarse en pos de esta aventura, en razonada excursión de cosas con estilo y sello, «de garantía», este templo románico de Campisábalos puede ser guía y manantial, paso primero de un afán ya sin limites.

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