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En el Quinto Centenario del Doncel. La sonrisa del Doncel

 

Si las pasadas semanas veíamos, en simples ráfagas, la vida y la muerte (esa fue su mejor obra) de Martín Vázquez de Arce, nos detenemos hoy ante su estatua, ante el enterramiento que en la familiar capilla de San Juan y Santa Catalina que su familia tenía en la catedral seguntina, pusieron los Arce para eternizar la memoria y el gesto del joven. Aunque el cuerpo lo traslado, el corazón roto por la amargura, don Fernando su padre, desde Granada a Sigüenza, fue el hermano mayor, el eclesiástico don Fernando, quien preparo el programa con que ilustrar su memoria. Esta es, en escueta semblanza descripti­va, lo que se ve y se entiende en la penumbra gris y dorada de la cristiana alcazaba mortuoria y sacra.

Se abre el sepulcro de D. Martín Vázquez de Arce, en el muro del evangelio de la capilla familiar, y lo hace mediante un gran arco de medio punto, de esbeltísimas proporciones, que lleva en su trasdós una chambrana formada por un arco de cuatro curvas conve­xas, adornadas de vegetales tallos. La cama del sepulcro, escoltada de muy delgadas pilastrillas, descansa sobre los cuerpos de tres leones, que asoman arrogantes sus cabezas bajo ella.  El frente del sepulcro se divide en cinco fajas, de diversa anchura, ocupadas por motivos vegetales, inspirados en grabados de la época, que mantienen un ritmo indudable de verticalidad, mientras que la central muestra el escudo del caballero, sostenido por dos pajes. Tras el escudo, retorcida al máximo, una correa. Los pajecillos, vestidos de ropa corta alemana, se muestran en posturas que ayudan a dar a este espacio central una movilidad extraordinaria, sujetando el escudo con posturas diversas, y cruzando las piernas de modo que los dos tienen su derecha junto al blasón, lo que sirve para lanzar, desde ellos, la mirada en dirección ascendente hacia la escultura del caballero. Reposa este con su codo derecho sobre un haz de laureles. Recostado, alza el torso para leer el libro que entre las manos sostiene, y meditar. Las piernas están indolentemente cruzadas. A sus pies, un pajecillo triste llora apoyado sobre el yelmo del caballero. Tras el, un león levanta la cabeza. La indumentaria del Doncel esta magníficamente realizada, y describe al detalle el hábito del militar castellano en la Edad Media: los brazos y las piernas se cubren de armadura metálica de piezas rígidas; el cuerpo lleva cota, que es de cuero por arriba, y de mallas metálicas abajo; su torso esta aun revestido de una esclavina lisa, atada al cuello por corredizo cordón, y en el pecho se dibuja la roja cruz de la Orden de Santiago. Del cinto cuelga la daga, y sobre la cabeza, peinada al estilo de la época, un bonete de paño. Descansa el caballe­ro todo su cuerpo sobre la extendida capa. Y entre las manos, un grueso libro abierto en su mitad, que atentamente lee y al mismo tiempo le sirve de meditación. En las jambas del intradós del sepul­cro, aparecen los relieves de Santiago y San Andrés. En el muro del fondo, una suave decoración floral con trama de rombos, y una cartela en la que, a caracteres góticos, lo mismo que en la pestaña del sepulcro, se describe la peripecia ultima del personaje. La parte superior de la hornacina se completa con una tabla semicircular, obra del primitivismo castellano de finales del siglo XV, en que aparecen juntas varias escenas de la Pasión de Cristo.

Todo lo bueno, en España, es de autor anónimo. No se conoce, y quizás con exactitud no se llegue a conocer nunca, quien fue el autor de este mausoleo y estatua. Supera, con mucho, todo lo que se hace en Castilla a fines del siglo XV. Tiene de flamenco o italiano ciertos detalles, pero el fondo es hispano. La mano que tallo tan dulce y magistralmente el Doncel, escondió al final su firma y seña. Quizás Gil de Siloé, Sansovino, o algún otro toscano o borgoñón viaje­ro. Parece, sin embargo, que últimamente diversos indicios y rela­ciones estilísticas y documentales, centran el peso, y la gloria, de su silueta sobre el escultor Sebastián de Almonacid, de origen desco­nocido, pero con taller en la ciudad de Guadalajara, donde cosas similares, y para familias íntimamente relacionadas con los Arce, hizo en esa época. Hoy por hoy, es ese nombre y esa ciudad las que pueden con más rigor erigirse en firma de la estatua.

Pero al espectador que, atónito, contempla esta imagen serena y bellísima del joven guerrero, le vienen a la mente otras ideas; necesita una razón más alta para enfrentarse con tamaña fuerza del espíritu. Algo más que una simple descripción certera. El simbolismo de esta estatua, de este enterramiento todo, es claro y sugeren­te. La obra de arte, en definitiva y más allá de toda perfección técnica, de cualquier emoción estática, ha de encerrar un significado que la trascienda, que la de vida. Un modo de eternidad, una vía de salvación, una clara maniobra para entrar de seguro en «la otra vida»: batallar con la muerte es el más difícil empeño del hombre. Y aquí, en esta silenciosa y prístina capilla de la catedral seguntina, ante la efigie serena y antigua de don Martín Vázquez de Arce, se nos muestra claramente que la victoria ha sido suya, que la inmortalidad es algo incontestable, real, sin dudas. A tan seguro puerto conduce el simbo­lismo pleno del Doncel.

Se impregna este sepulcro del culto a la fama, que como idea rectora empuja la vida de los nobles medievales. Hay dos detalles que apuntalan el trance infinito del Doncel: su actividad guerrera contra el moro, su defensa de la fe católica, por un lado; y por otro, la edad temprana en que fallece: a los 25 años solamente. La que hoy sería unánime expresión de «malogrado joven», se torna en esos postreros años del siglo XV en una autentica victoria de la vida: es mal logrado aquel que aun con larga vida, no ha hecho en ella nada útil por la religión o por acrecentar el honor y fama del linaje. Pero en cambio, esta pleno de sentido, y es victorioso, aquel que aun en inmadura edad ha dado todo por esos fundamentos.

En ese contexto simbólico se inscriben todos los deta­lles de la pieza escultórica. En el frontal de la peana, dos pajes muestran el escudo que contiene los blasones del linaje de los Vázquez de Arce. El personaje se inscribe y señala como miembro de una familia hidalga, de probada virtud, de aneja prosapia. Y es el precisamente quien con su acto heroico, con su muerte temprana inyecta nuevo valor a ese linaje. Apoya el brazo derecho la figura sobre un abultado haz de laurel, que es símbolo transparente de la Victoria, y que por su carácter de hierba inmarchitable presupone la eternidad del recuerdo, y la duración y acrecentamiento de esa Fama que ha conseguido el personaje con su acción. A los pies, un pajecillo se muestra apenado, doliente, apoyando su brazo derecho sobre el yelmo metálico del gue­rrero. Símbolo de Tristeza por algo irrecuperable, como será el bata­llar galano, la pelea varonil y astuta, la valentía serena del que cree firmemente en la razón que le mueve. En el devenir de la humana peripecia, el terrenal oficio queda definitivamente anclado. El yelmo, que fue destello plateado en la guerra, es ahora, y será por siempre, un testimonio de irrecuperabilidad y muerte. Pero junto a el, un animal rebulle y levanta la cabeza, mirando al alto. Es un león, que puesto a los pies del muerto dice de su Resurrección, de su segura llegada a otra vida. Durante la Edad Media, es muy utilizado el símbolo de colocar un perro a los pies de un difunto, en estatuas y pintu­ras, queriendo significar con ello la Fidelidad como virtud primera y teologal del cristiano. En este caso del Doncel de Sigüenza, el león, que nace ciego y a los tres días recuperar la vista y «renace», es símbolo que aclara el sentido todo del sepulcro. Martín Vázquez resu­citara, volverá a la vida, en contrapunto perfecto de ese yelmo llora­do que le acompaña en expresión de muerte. La alegría en la esperanza se confirma con los tres leones que soportan, en el pie del sepulcro, todo el peso del monumento.

Muchas otras podrían decirse, y quizás en próximas fechas tenga oportunidad de expresarlas, acerca de la simbología y dicción metafísica de la piedra alabastrina que representa al Doncel. Es el idioma de la Edad Media y del Renacimiento, del humanismo cris­tiano en definitiva, con el que nos habla la estatua más bella de Castilla. Esa cierta sonrisa que el Doncel expresa tras la lectura y meditación de su libro, siempre tendrá un secreto, a cubierto de cualquier interpretación erudita o literaria, que nadie podrá arrebatarle.

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