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La calle del Doctor Layna Sarrano

 

Siguiendo nuestro recorrido por las calles más pobladas de nuestra ciudad actual, hoy vamos a llegar a una, sinuosa y en pendiente, localizada en el extremo sur de Guadalajara, y en la que una urbanización residencial, concretamente las Cumbres, y gran parte del barrio de la Virgen de la Esperanza, pertenecen a ella. Da comien­zo esta calle en un fondo de saco sin salida, un amplio aparcamiento paralelo a la Avenida de Castilla, frente al Colegio de Santa Ana, y continua ascendiendo y zigzagueando hasta terminar en la calle de Toledo.

Toda ella de moderno trazado, no superior de 15 años, discurre entre residencias individuales, surgidas hace poco en colo­nias adosadas, pasa por detrás de la Residencia de Pensionistas de la Seguridad Social, y ya se introduce entre los bloques gigantescos de las urbanizaciones antes reseñadas. Aun sin contar con una historia relumbrante, esta calle es cordial y querida, no solo por el nombre de quien hoy la titula, sino por el lugar de la ciudad en que ésta emplaza. Realmente su inicio corresponde con toda exactitud a la antigua «era alta» de Guadalajara, donde de pequeño aun pude ver realizar las faenas agrícolas correspondientes a la trilla y el aven­tado, que muchas familias de la ciudad allí practicaban. El recorrido se prolonga por lo que fuera parte alta de la Llanilla, donde se celebraban las Ferias de Ganado, y termina por los llanos donde estuvo antiguamente el Campo de la Hípica, que fue dedicado a competiciones de caballos y a fútbol. El resto fueron campos de labor, que ya quedaron muy limitados cuando se trazo la variante de la carretera general, dejando esta parcela como territorio en potencia urbano, cosa que ha ocurrido de forma total en los últimos años.

Pero vayamos con el personaje que da nombre a esta calle. Quien fue el Dr. Layna Serrano? Parece obvio explicarlo. Todos deben o deberían conocerlo. Al menos su obra. Y sin embargo no es así. El sistema de información «cultural» al que estamos sometidos nos permite conocer a todos los grupos «underground» musicales, atletas del año catapún, cantautores con angustiosa responsabilidad y un largo etcétera de personajes que pasan y desaparecen sin pena ni gloria.

Recordaremos en brevedad su vida y su obra, haciendo un esfuerzo por resumir lo que, por admiración y justicia, debiera ocuparnos largo trecho. Nació don Francisco en el pueblecito de Luzón, corazón de la Celtiberia, un 27 de junio de 1893. Allí y en Ruguilla pasó sus primeros años, estudiando luego Bachillerato en el Instituto de Guadalajara y pasando a la Universidad madrileña a cursar la licen­ciatura de Medicina, especializándose después, junto a los maestros del Instituto Rubio y Gali, en Otorrinolaringología. Fue médico del Hospital del Niño Jesús, viajo por Europa e investigó sobre el tema de la «reflexoterapia endonasal», muy de moda en los años treinta, sobre la que llegó a publicar un libro que incluso fue traducido al inglés. Además del ejercicio público y privado de su profesión, siempre acom­pañado de un éxito que le prestigió notablemente, fue fundador en 1922 de la Asociación Medico-Quirúrgica de Correos y Telégrafos por cuyo motivo le fue concedida años después la gran Cruz de Beneficencia de primera clase.

Si su biografía profesional podría acabar con las líneas dedicadas a su actividad médica, la tarea que como investigador de la historia y el arte de Guadalajara, a la par que luchador y defensor de las esencias provinciales y de la cultura de Guadalajara, sería prolija de reseñar en pormenor. Cuando contaba cuarenta años inició Layna sus estudios e investigaciones en torno a Guadalajara. Lo hizo llevado de la irritación noble que le produjo ver como un multi­millonario norteamericano cargaba con un monasterio cisterciense de Guadalajara, entero, y se lo llevaba a su finca californiana. Se trataba de Ovila. Layna investigó, protestó, y así surgió su pasión de por vida.

La Diputación Provincial le nombraba en 1934 Cronista Provincial, y a partir de ese momento se volcaría en cuerpo y alma a estudiar, a publicar, a dar conferencias, a escribir artículos y a defender a capa y espada el patrimonio histórico‑artístico y cultural de la tierra alcarreña. Entre sus muchos títulos y distinciones, cabe reseñar que tuvo también el cargo de Cronista de la Ciudad de Guadala­jara, fue presidente de la Comisión Provincial de Monumentos, fue académico correspondiente de la de Historia y de Bellas Artes de San Fernando, así como de la Hispanic Society of America, habiendo recibi­do el Premio Fastenrath de la Real Academia de la Lengua, y recibiendo la Medalla de Oro de la Provincia de Guadalajara tras su muerte, acaecida en 1971.

Hablar de la obra, referida a Guadalajara y su provin­cia, del Cronista Layna Serrano, nos llevaría mucho espacio. Baste ahora centrar su labor en los apartados fundamentales en que discu­rrió.

En los temas de Historia fue donde Layna se distinguió principalmente: En 1932 publico su primera obra, El Monasterio de Ovila, a raíz de la exclaustración referida del cenobio alcarreño. Al año siguiente apareció la primera edición de Castillos de Guadalajara, obra en la que volcó Layna su ya inmenso caudal de conocimientos históricos, describiendo, tras haberlos visitado y estudiado sobre el terreno, las viejas fortalezas alcarreñas y molinesas. Este libro alcanzó en poco tiempo tres ediciones, agotadas enseguida.

De una conferencia suya titulada El Cardenal Mendoza como político y consejero de los Reyes Católicos apareció en 1935 un folleto interesante, dando a la imprenta, por fin, en 1942, su grande y definitiva obra : la Historia de Guadalajara y sus Mendozas en los siglos XV y XVI en cuatro gruesos tomos . En esa obra desborda el conocimiento que Layna alcanzo sobre la familia prócer que dio vida durante varios siglos a Guadalajara. Llegó a conocerla, como dijo alguien, como si de su propia familia se tratara.

En 1945, y como fruto de sus investigaciones en el Archivo Histórico Nacional, dio a luz su obra Los Conventos antiguos de Guadalajara, con documentación prolija. Y en ese mismo año, la Historia de la Villa de Atienza, en un volumen de más de 600 páginas, donde plasmo la historia de Castilla, de la reconquista, del territo­rio serrano y alcarreño y, por supuesto, de Atienza, describiendo además su arte y sus costumbres. Todavía en este ámbito de la histo­ria, Layna trabajo duro en el archivo municipal y en el parroquial de Cifuentes, saliendo tras largas horas de dedicación una magnifica Historia de la villa de Cifuentes en 1955.

También en los temas de arte destacó Layna por la abundancia de asuntos tratados, y el descubrimiento de documentos, de artistas y noticias de gran interés. Además de lo ya mencionado sobre Ovila y los Castillos, en 1935 apareció su obra La Arquitectura románica en la provincia de Guadalajara, fruto de viajes y anotaciones in situ. En 1948 apareció, en colaboración con el fotógrafo Tomas Camari­llo, el libro de La Provincia de Guadalajara con infinidad de repro­ducciones fotográficas, y en las que el Cronista aportó el texto.

En revistas especializadas como «Arte Español» y «Boletín de la Sociedad Española de Excursiones» publicó Layna lo más útil de su aportación en historia del arte. Solamente cabe aquí recor­dar algunos de los temas de mayor interés: la iglesia de Santa Clara en Guadalajara; el palacio del Infantado; la parroquia del Salvador en Cifuentes; la capilla del Cristo de Atienza; la iglesia parroquial de Alcocer; los retablos de la parroquia de Mondéjar; las tablas de San Gines, en Guadalajara; la cruz parroquial de La Puerta; la parroquia de Alustante; el sepulcro de Jirueque y decenas de temas mas que permiten considerar su aportación de fundamental.

Aunque en temas de costumbrismo no se entretuvo espe­cialmente, son de gran valor los estudios de Layna sobre La Caballada de Atienza y las tradiciones en torno al Mambrú de Arbeteta y La Giralda de Escamilla. Por ultimo, dedicó el Cronista parte de sus conocimientos en realizar algunas breves Guías turísticas de la provin­cia y de sus poblaciones más interesantes. Todo ello sin contar lo que sobre Medicina o, también sobre temas históricos y artísticos, dedicó a otras provincias españolas, en especial a Logroño y Ciudad Real, sobre las que reunió gran cantidad de datos en torno a sus castillos y fortalezas.

Estas han sido las notas, obligadamente escuetas, sobre la vida y la obra de don Francisco Layna Serrano, alcarreño insigne y figura excepcional que hoy hemos recordado al tiempo que paseábamos su calle, en cuyo nombre las generaciones futuras deberán recordar el trabajo y la entrega apasionada por su tierra que este hombre dio cada día.

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