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La Calle del Cardenal González de Mendoza

 

En nuestro paseo por las calles de Guadalajara, nos vamos a dirigir hoy a uno de los enclaves más animados y poblados de la ciudad actualmente. La calle dedicada al Cardenal don Pedro González de Mendoza, nombre que abarca todo un barrio, dada la configuración urba­nística de la zona, en las llamadas «casas del Rey» que S.M. Juan Carlos I inauguro en rápida visita hace unos años.

Comienza esta vía pública en la Avenida del Ejército, en la rotonda frente al Colegio de María Cristina, y continúa cuesta arriba hasta concluir en el Paseo de Fernández Iparraguirre, junto al Colegio de San José. Esta calle ha recibido su nombre recientemente, pues antes el nombre del Cardenal Mendoza lo ostentaba un insignifican­te callejón de la parte vieja, y las vías que hoy denomina llevaban también, hasta hace 10 años, otros calificativos.

Concretamente la parte primera de la calle del Cardenal Mendoza era antiguamente el «camino del cementerio», que nacía en el puente de San Antonio, y bordeando el barranco del mismo nombre por su costado derecha, avanzaba, junto a las vallas del Cuartel, hasta el Camposanto. Desde el puente a la izquierda, cuesta arriba, surgía la «calle del Matadero», que ascendía en dos niveles hasta el Paseo de las Cruces, habiendo recibido oficialmente desde 1939 el nombre de Paseo del 18 de julio.

Justamente en su parte central, frente al puente de San Antonio, se alzo durante los siglos pasados el convento de frailes franciscanos de dicho nombre. Arrasado tras su abandono en la Desamor­tización de Mendizábal el siglo pasado, quedo la llamada «nevera de los frailes», una huerta a las afueras de la ciudad. Por el camino del cementerio, lugar de tristes evocaciones y melancólicos paseos oto­ñales, solo se veían cortas acacias y derrumbados bancos. Enfrente, al otro lado del barranco, las ruinas de la muralla y el torreón de Alvar­fáñez. Por allá anduvo el Castil de Judíos en la Edad Media.

Al otro lado, hacia arriba, la calle del Cardenal Mendoza muestra el valiente ábside del santuario de la Virgen de la Antigua, que fue en siglos antiguos iglesia dedicada a Santo Tome. El desnivel que muestra el Paseo en esa zona, es debido a la estructura antigua de la ciudad: por la parte alta se alzaba la muralla de la Wad‑ al‑Hayara árabe, luego reformada por los cristianos, y la parte baja era camino que bordeaba la ciudad. La urbanización de la zona, el crecimiento de casas individuales por un lado, y de grandes bloques de pisos por otro, hacen casi invisible la estructura antigua. En su lado derecho, precisamente, hasta no hace tanto años se levantaba la colonia del «Cerro del Pimiento», aislada en el altozano como una «ciudad perdida» de la que apenas si queda memoria.

Hablemos ahora un poco de la persona, de la obra de ese espléndido personaje que fue el Cardenal don Pedro González de Mendoza. Figura crucial en la historia de Guadalajara. Hombre polifacético, típico elemento del Renacimiento español. Si en pocas palabras tuviéra­mos que definirle, diríamos de el que fue noble, eclesiástico, políti­co, intelectual, mujeriego, guerrero y muchas cosas más. Y todas ellas en grado superlativo. El Cardenal Mendoza no sabía hacer las cosas a medias.

Nació don Pedro González de Mendoza en Guadalajara, el año 1428, en el antiguo palacio de los Mendozas, caserón viejísimo ya en el siglo XV que habían construidos sus antepasados en la parroquia de Santiago. Su hermano Iñigo sería quien levantara, hacia 1483, el palacio que hoy conocemos como de los duques del Infantado. Don Pedro fue el quinto hijo de don Iñigo López de Mendoza, primer marques de Santillana y famosísimo hombre de letras y de política en la España de los Trastamaras Juan II y Enrique IV. De todos los hijos de este prócer, don Pedro fue el que sin duda más riquezas y más alto poder conquisto en la España de los Reyes Católicos. Le llamaron en su tiempo tercer Rey de España, pues con los monarcas Isabel y Fernando fue, como consejero y Gran Canciller del Estado, quien en muchas ocasiones y en muchos asuntos decidía.

Fue destinado por su padre a la carrera eclesiástica, y muy pronto mostró su inteligencia y su claro deseo de adelantarse ante sus hermanos. Traductor de obras latinas, estudiante en Salamanca, desde muy joven, apenas un adolescente, ocupó los puestos de arcipreste de Hita en el cabildo de la catedral toledana, y luego arcediano de Guadalajara. Subió inmediatamente a la carrera de los obispados, dis­frutando todos estos en su vida, por el siguiente orden: Calahorra, Santo Domingo de la Calzada, Osma, Sigüenza, Sevilla y Toledo, poseyen­do los tres últimos al mismo tiempo. Abad de múltiples abadías benedic­tinas y cistercienses, incluso en países extranjeros; primado de la Iglesia española, cardenal por tres títulos, y patriarca de Alejandría, no fue Papa porque no se lo propuso.

En el orden civil fue Canciller mayor del Estado unifi­cado por Isabel y Fernando, quienes en todo confiaban de don Pedro. De sus actuaciones guerreras, de su astucia política, de su generosidad en la fundación de obras pías, y de su entusiasmo por las bellas artes y las construcciones renacentistas no voy a tratar en este lugar, pues daría para muchas páginas.

Tuvo don Pedro, aunque eclesiástico, dos hijos  legiti­mados con dona Mencía de Lemos: don Rodrigo de Vivar y Mendoza, quien caso con la hija única del duque de Medinaceli y recibió de sus padri­nos de boda, los Reyes Católicos, el título de marqués de Cenete, que dejó a sus descendientes, y el señorío de Jadraque, donde ocupó el castillo que llaman del Cid. El segundo hijo del Cardenal, don Diego Hurtado de Mendoza, caso con dona Ana de la Cerda, y al heredero de su ancho mayorazgo, en el que llevaba pueblos como Argecilla, Mandayona, Tamajón y Palazuelos, le concedió el Rey los títulos de príncipe de Melito, duque de Francavilla, marqués de Argecilla, conde de Miedes y otros muchos, que pasarían a la casa ducal de Pastrana. Aun tuvo un tercer hijo el Cardenal Mendoza, este salido de las carnes de doña Inés de Tovar, llamado Juan Hurtado de Mendoza, de cuyo tronco surgiría el canónigo toledano don Pedro Salazar y Mendoza, biógrafo y cronista de las variadas hazañas de su tatarabuelo.

En enero de 1495, después de haber pasado sus últimos años muy decaído de salud, y retirado en su palacio de Guadalajara, adonde acudían a visitar y pedir consejo los Monarcas Isabel y Fernan­do, murió este hombre que, durante la segunda mitad del siglo XV lo fue todo en España. Fue llevado su cuerpo, en procesión solemne acompañada de todo el aparato del Estado, hasta Toledo, en cuya catedral, en la parte más noble del presbiterio, quedó sepultado. El es quien hoy, paseando por su animada calle de Guadalajara, nos ha permitido viajar a la historia llevados de su nombre.

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