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Maranchón, arte e historia

Incluso entre nuestros paisanos alcarreños, que mas o menos conocen la tierra provincial que les alberga, hay quien de Maranchón solo sabe que es pueblo, ‑o puerto de montaña‑ frío y vento­so, porque muchos inviernos su nombre suena en la lista que el «hombre del tiempo» da con los puntos que la nieve obliga a pasar con cadenas. Y sin embargo, Maranchón es un pueblo de nuestra provincia, ahora en verano animadísimo y muy dinámico, que tiene los suficientes elementos de interés como para que le dediquemos un momento en leer y retener los datos que este «Glosario», en las vísperas ya de sus tradicionales fiestas de la Virgen de los Olmos, le quiere dedicar.

El origen de Maranchón es remotísimo. Probablemente en la época de los celtiberos, que tanto abundaron por estas alturas de las serranías ibéricas, ya existía allí un habitáculo. Se ha encontra­do una importante necrópolis de la Edad del Hierro en Clares, cerca de Maranchón. Lo cierto es que el pueblo, como tal, nació en la Edad Media, tras la reconquista de la zona a los árabes, y desde el princi­pio quedo incluido en el alfoz o Común de Villa y Tierra de Medinace­li, localidad y fortaleza de gran valor estratégico dominando el río Jalón, que durante los siglos bajomedievales jugo un importante papel en la estrategia de las luchas hispano‑árabes.

En el siglo XV, siempre dentro de la misma jurisdicción territorial, Maranchón quedo bajo el dominio, en ocasiones severo e impenetrable, de los condes de Medinaceli, que en el siglo XV elevaron su titulo al de duques del mismo apelativo. A lo largo de los siglos, Maranchón fue tomando un auge económico que cristalizo en el siglo XVIII, cuando pidió al Rey la prerrogativa de poder ser Villa con jurisdicción propia, cosa que consiguió merece da una Cedula de Carlos III de Borbón, extendida el ano 1769, en que concedía a Maranchón el titulo de Villa, eximiéndola desde entonces de la jurisdicción de Medinaceli.

En esa ocasión, el pueblo alborozado realizo la serie de actos que era costumbre poner en practica con tal motivo, siendo uno de los mas sonados la colocación de una Horca en el Cerro del Llano, y una Picota con una cruz de hierro y cuatro escarpias en el lugar llamado Las Heras. Aun poco después, en 1808, llego un Privile­gio del monarca Carlos IV, concediendo a la Villa la prerrogativa de poder celebrar mercado semanal los viernes, y gran Feria anual del 8 al 12 de septiembre, que pronto se vio muy concurrida.

A partir de ese momento, el crecimiento y desarrollo económico y social de Maranchón se hizo imparable. La trata del ganado se hizo ocupación no ya fundamental, sino única, para muchos de sus vecinos, que recorrían España entera con sus ganados, en ofertas y demandas que les permitieron prosperar deprisa. La Feria septembrina maranchonera era una de las más concurridas y esperadas de Castilla, aunque no quedo limitada a esa temporada el movimiento trajinante y comercial de sus moradores. El dinero que con estos motivos afluía al pueblo posibilito su crecimiento, la erección de edificios a cual mas suntuoso, hasta el punto de que los vecinos, en el siglo pasado, pugnaban por levantar las casas mas señoriales y confortables. La guerra mundial de 1914‑1918 asesto un duro golpe a este sistema de vida maranchonero, y tras la Guerra Civil española, la atonía hizo cambiar por completo las normas de vida de sus gentes, en gran canti­dad emigradas a otros lugares de la Península.

¿Cómo era Maranchón en tiempos antiguos? Según la des­cripción que el viajero italiano Cosme de Médicis realizo en 1668, cuando su Viaje por España, existía un gran abrevadero de ganado y un amplio prado en la actual plaza del Charco, encomiando este lugar por su belleza. En el siglo XVIII se construyo la iglesia parroquial, que fue llenándose progresivamente con gran acopio de retablos de estilo barroco.

Ya a finales del siglo XIX se construyeron otras diver­sas obras publicas que embellecieron la población a la par que lo hacían sus vecinos construyendo hermosas mansiones de aire capitalino. La torre cívica por un lado, y la Lonja del mercado por otro, dieron a la villa un aire señorial.

Las fiestas fueron siempre muy esperadas y celebradas con gran animación en Maranchón. Entre 1914 y 1915 se construyo la Plaza de Toros, una de las primeras que en fábrica tuvo nuestra pro­vincia. SE inauguro el 8 de septiembre de 1915. En estas fiestas tan sonadas se enaltece a la patrona de la Villa, la Virgen de los Olmos, que según la tradición se apareció a un ganadero en lo alto de una sabina. Era el ano 1144. En la mano derecha, dice la tradición, la Virgen Maria portaba al Niño Jesús, y en la izquierda llevaba una rama de olmo. Parece ser que estos arbolotes de tanta tradición en Maranchón, a pesar de la plaga que actualmente hace enfermar y morir a todos los de su especie, están lozanos y fuertes, como si la benéfica cercanía de la Virgen los defendiera.

Una de las características folclóricas maranchoneras, que debe conocer quien busque la autenticidad de la tierra, son sus bailes típicos, concretamente el «del Pollo», que es tradición bailar­lo el día de San Pascual Bailón, patrón del pueblo. Se trata de una danza en la que se mezclan características del folclore castellano, aragonés y aun extremeño. Se baila entre seis parejas vestidas con el traje típico del pueblo, de tradición serrana.

He dejado para el final un tema que a buen seguro ha de gustar en Maranchón, y es que recientemente se han iniciado, por parte de su dinámico Alcalde, las gestiones para dotar a la Villa de un Escudo Heráldico Municipal que pueda representar y simbolizar a Maranchón allá donde aparezca. Y en ese sentido, se ha diseñado un escudo que contempla, por una parte, los olmos que dan nombre a su Virgen Patrona, de verde sobre campo de oro, y por otra las armas de sus seculares señores, los duques de Medinaceli, los La Cerda de ascenden­cia francesa, que ponen sus tres lises de oro sobre un fondo de azul oscuro. En todo caso, es una muestra más que evidencia la preocupación y el deseo que existe en Maranchón por rescatar su historia y sus tradiciones, y en ese camino de respetar el patrimonio de un pueblo, ser cada día mejores y más prósperos.

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