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Historia y Leyenda en la Reconquista de Guadalajara

El torreón de Alvar Fáñez custodiaba la puerta de Feria de la muralla de Guadalajara

Este año se conmemora el noveno centenario de la reconquista de Guadalajara a los árabes por parte del reino de Castilla. El hecho histórico en sí, que ya hemos visto en ocasión anterior bajo el frío prisma de las crónicas históricas, no revestiría más importancia que el moro traspaso del poder político. Un día llegó un mensajero oficial desde Toledo, diciendo simplemente que la ciudad de Guadalajara, como el resto del reino, pasaba al dominio de Castilla, con lo que la jerarquía árabe quedaba definitivamente depuesta. Las condiciones de la rendición irían en pergamino aparte, y la gente del burgo, al parecer, se lo debió de tomar con mucha filosofía (el fatalismo árabe en este caso debió funcionar correctamente) y en su mayor parte se quedaron a vivir en el mismo lugar donde lo habían hecho sus antepasados durante muchas generaciones. Progresivas repoblaciones con cristianos norteños, y el aflujo constante de judíos, completaron el espectro de la población guadalajareña para el resto de la Edad Media.

Pero la tradición de nueve siglos en nuestro medio fue transformando aquel hecho anodino, confiriéndole un tinte de leyenda que progresó y se afianzó hasta dar cuerpo a lo que podríamos denominar la leyenda de la reconquista en Guadalajara, y. que aparte de su sentido narrativo con pizcas de maravilla, ha sufrido en ocasiones el análisis con intención cientificista. Veamos esta increíble historia, que muy bien pudo ser verdad y no haber ocurrido.

En su avance hacia el sur, las tropas cristianas de Alfonso VI iban conquistando ciudades y pueblos, en lucha permanente y en asedios continuos, con la visión final puesta en Toledo, la capital del reino. Avanzando por el ancho valle del Henares, y después de haber tomado las fortalezas de Castejón (la actual de Jadraque), de Hita y otros pueblos como Horche, y Uceda, las mesnadas castellanas se situaron frente a las murallas de la ciudad de Wad‑al‑Hayara, poniéndole sitio. Los árabes guadalajareños ofrecieron intensa resistencia, de modo que se veía difícil, por parte del ejército que comandaba Alvar Fáñez de Minaya, tomar el burgo en un período más o menos corto de tiempo.

Para conseguirlo fraguaron un plan: uno de los cristianos, disfra­zado de bereber, se introdujo dentro de la ciudad, y la noche (que era precisamente la de San Juan, del 1085) abrió las puertas para que entraran su capitán Alvar Fáñez con su ejército. Antes de ello, pusieron las herraduras de sus caballos al re­vés, para dejar las huellas en sentido contrario al que realmente ha­bían llevado, y así a la mañana si­guiente, los árabes arriacenses pen­saron que aquellas huellas eran de otros paisanos que habían salido de madrugada al campo. Cuando real­mente muchos de ellos habían sali­do de la ciudad, a trabajar en los campos cercanos, los hombres de Alvar Fáñez salieron de sus escon­drijos y se apoderaron de la ciudad. Por supuesto que la entrada la hi­cieron, cubiertos con las sombras de la noche, por la puerta que vigilaba el torreón del Cristo de Feria, luego llamado de Alvar Fáñez hasta hoy mismo.

Hasta aquí la pura leyenda. Ahora, las interpretaciones. De muy distinta manera trataron los antiguos cronistas este tema de la reconquista. El historiador Núñez de Castro dice que ocurriría el año 1081, cuando en el primero de los cercos que Alfonso VI hizo a Toledo, consiguió la entrega por el rey árabe Al‑Qadír de diversos castillos y lugares estratégicos. Fueron muy escasos, aunque bien situados, estos lugares entregados: Canales, Zorita y Canturias, en tierras toledanas. Ya Francisco de Torres nos da la, fecha de 1085 como cierta, y explica que la ciudad fue tomada en la misma campaña de Toledo.

Quién fue el reconquistador de Guadalajara exactamente, es algo que también entra en el ámbito legendario. La tradición quiere que fuese Alvar Fáñez de Minaya, y el mismo historiador Layna Serrano se inclina claramente por esta posibilidad. Se apoya en varias razones: por una parte, en que por el prestigio conquistado desde varios años antes en la corte castellana, él sería designado para capitanear tan honrosa empresa. Por otra parte, el hecho de conocerse bien el territorio, desde que unos años antes, cuando estuvo con su primo el Cid Campeador en la toma de Castejón y su castillo, había hecho una razzia o cabalgada Henares abajo, dando sustos y tomando propiedades a las gentes de Hita, Guadalajara y Alcalá. Incluso avalora Layna esta opinión por el hecho de existir tradiciones, en diversos pueblos de la comarca alcarreña, de haber sido Alvar Fáñez su conquistador (Horche, Romanones, Alcocer, etc.) e incluso de haber tomado la puerta del Cristo de Feria, poco tiempo después de la reconquista, el nombre de Alvar Fáñez, posiblemente en memoria de su conquistador que por allí entraría.

No deja de ser todo ello mera suposición y fantasía. Se desconoce, de entrada, la forma exacta en que se hizo el traspaso del poder político en Guadalajara. Debe cuestionarse incluso el hecho mismo de la conquista militar. Y por ello nunca podrá ser definitivo cuanto se diga en torno al nombre y la personalidad de quien dirigiera la operación. La tradición está ahí, y hay que tomarla exclusivamente en lo que vale.

Sobre la forma de la conquista también hay mucho que hablar. 0 ha habido. Porque los historiadores no se han puesto nunca de acuerdo acerca del modo en que esta conquista se realizó. Aparte de cuestionar totalmente, como hacemos nosotros, el hecho de una toma militar, pues creemos que ésta no existió, limitándose al simple envío de mensajeros o representantes que hicieron ver a los jefes árabes guadalajareños la caída de Toledo, y el paso a Castilla de la soberanía de la ciudad, también está el elemento contrarío, absolutamente fabuloso, que más arriba contábamos, en el que la leyenda de una entrada sigilosa nocturna nos transporta al mundo de las Mil y Una Noches.

Alonso Núñez de Castro, historiador del siglo XVII, opina que ocurrió del siguiente modo: estando el asedio implantado desde hacía muchos días ya, los moros decidieron hacer una salida al campo y procurar diezmar y dañar a los sitiadores. Pero éstos, más fuertes, les atacaron y persiguieron, entrando tras ellos hasta el interior de la ciudad, haciendo en ella y sus soldados tanto daño, que pocos días después se rindieron. Por el contrario, Francisco de Torres, a quien vemos en todo mucho más razonable y menos fabulador, piensa que la toma de Guadalajara se hizo sin violencia alguna, por rendición ante hechos políticos consumados.

Layna Serrano, sin embargo, va más allá, y trata de razonar científicamente el modo de la conquista, consiguiendo solamente fabular por su cuenta. Dice que la rendición fue pactada entre Alvar Fáñez y los jerarcas de la ciudad, y que al entrar a tomar posesión del burgo, la población se amotinaría y protestaría, poco menos que estableciéndose un régimen de guerrilla urbana. También propone Layna la versión de que una vez pactada entre los jefes árabes y el capitán cristiano la entrega de la ciudad, con objeto de evitar alborotos de la población, la entrada se hiciera por la noche, y se ocupara de inicio todo el barrio en torno a la iglesia de Santo Tomé, donde residía la colonia mozárabe y los simpatizantes de la causa castellana, siendo al día siguiente un hecho consumado.

Como se ve, de una y otra parte se esgrimen posibilidades, versiones, fábulas y tradiciones, sobre las que cae, como una losa, la fría y rígida sentencia de la verdadera historia que, al carecer de fuentes documentales, dice escuetamente: hay muchas leyendas en tomo al tema de la conquista de Guadalajara, pero

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