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La ferias medievales de Brihuega

 

La Edad Media no es, -como se ha querido hacer ver por algunos- una época oscura, vacía de adelantos, tenebrosa en los espíritus, sino que continuamente fue evolucionando y teniendo sus propios «renacimientos», muy claros en los aspectos artístico, filosófico, social, etc. Uno de esos renacimientos, al que los historiadores europeos han dado en llamar «revolución comercial» de la Edad Media, se operó en los siglos XI y XII, desarrollándose posteriormente. Hasta qué punto es clave este hecho y el momento en que ocurre, que según Henri Pirenne, gran estudioso de las ciudades medievales, éstas fueron creación exclusiva de los mercaderes. Las ferias y los mercados, modestos en su principio, hicieron crecer de forma impresionante el intercambio comercial entre todas las gentes y los pueblos de Europa.

Hecho similar se registró en las ciudades hispano‑cristianas, y es a mediados del siglo XII, en el reinado del dinámico Alfonso VII, cuando comienzan a aparecer estos focos comerciales en algunos burgos castellanos. La creación de ferias en el territorio castellano es facultad exclusiva del rey, incluso en los señoríos particulares: de este modo, la monarquía se erige en árbitro comercial del reino, promotora clara de un progreso seguro. Las ferias se convierten, según expresa el profesor García de Valdeavellano, en «el centro de toda la actividad comercial». En ellas se verifica el comercio de artículos del propio país, extendiéndose luego en algunos al comercio de exportación ‑importación de materias primas y productos de lujo extranjeros (tapices, telas, estatuas). En ellas, también, se inicia la actividad dineraria, a partir de la necesidad de cambiar las monedas que los diferentes reinos y estados acuñaban, o de recibir préstamos en cantidades necesarias para realizar operaciones comerciales interesantes. Así, en las ferias se instalaban los «cambistas» colocando una mesa a la que llamaban «tabula» o «banco» donde realizaban las operaciones. De ahí el nombre que enseguida recibieron, heredado hasta hoy, de «bancos» y «banqueros».

La feria medieval más señalada, y aun en fechas posteriores continuó su primacía, fue la de Medina del Campo, que en el siglo XV se colocaba a la altura de las más señaladas de Europa.

En la Transierra de Castilla se inició la creación de ferias a comienzos del siglo XIII. Tras un siglo (el XII) de dedicación exclusiva a la repoblación del territorio, a la erección de caseríos e iglesias, de castillos, caminos y puentes, basando la vida en una explotación agrícola y ganadera exclusivamente, los reyes castellanos comienzan en la decimotercera centuria a promover el comercio al Sur de la Cordillera Central. Será la feria de Brihuega una de las primeras de esta región. La creó en 1215 el rey Enrique I, a instancias del señor de la villa, el arzobispo Rodrigo Ximénez de Rada. Esto suponía transformar la villa, que hasta entonces había sido un reducto militar consistente en su fortaleza, su naciente muralla y poco más, en un centro comercial, en una ciudad mercantil al estilo europeo, aunque siempre con una reducida población. La concesión real (que al parecer se conservaba, el siglo pasado, en la sección de Manuscritos de la Biblioteca Nacional de Madrid, de donde ha desaparecido misteriosamente) instituía la Feria de Brihuega en torno a la festividad de San Pedro y San Pablo, a finales de junio. Sin embargo, algunos años después, concretamente en 1252, un privilegio del rey Alfonso X el Sabio, protegiendo más firmemente la feria de Brihuega, menciona la época de celebración de dicha feria, y dice «que será por la fiesta de Todos los Sanctos». Todavía en ese siglo, Sancho IV «el Bravo» sigue ocupándose de la villa alcarreña, y en un documento de 1288 extiende un privilegio por el cual prohíbe que mientras durasen las ferias de Brihuega y Alcalá (villas de los arzobispos toledanos) no se tomasen prendas por los débitos que se tuvieran por impuestos reales o por otra causa. Así no existiría el miedo de que los comerciantes fueran molestados con trabas burocráticas o fiscales al acudir a dichas ferias. En ellas se centraba, es lógico, gran parte del comercio de la comarca alcarreña. Pues Guadalajara no tendría feria propia hasta mediados del siglo XIII. Brihuega fue receptáculo de ganaderos, tejedores, pañeros, espaderos, curtidores y mil oficiales y artesanos más, de todas las razas y religiones: cristianos, judíos y moriscos acudían allí, y muchos de estos últimos lo confirma el Fuero que el arzobispo Ximénez de Rada concedió poco después. La existencia de aljamas judías es constante en las villas y ciudades con feria propia. La tradición hebraica de Brihuega (con sus sinagogas y otros detalles) es conocida de todos.

Los reyes castellanos, en los siglos siguientes, continuaron demostrando su deseo de beneficiar a Brihuega, perfeccionando y aumentando las concesiones y privilegios tendentes a garantizar la afluencia numerosa de comerciantes a la feria. Y así el rey Fernando IV, en 1305, extendió un documento por el que prohibía tajantemente que se celebraran ningunas otras ferias en Castilla al tiempo que lo hacían las de Brihuega y Alcalá, y que cualquiera que enseñara documento autorizativo de tal cosa, que lo daba por nulo. También este rey extendió a poco otro documento en el que proponía severos castigos para aquellos caballeros e hijosdalgo que en la Feria de Brihuega organizaran escándalos, robaran o mataran. Normas parecidas, para imponer el orden ferial, que muy a menudo se veía comprometido, se expresan también en el Fuero briocense. Y en él se da la definición de lo que es «quebrantamiento de Feria»: cuando dos hombres, que fueran vecinos de Brihuega, o forasteros, discutan y peleen en el recinto ferial, si la discusión es tal que se causan heridas o alguno muere, se les quitarán sus tiendas y se les expulsará.

En época de Alfonso XI, hacia 1318, debió ocurrir algo que supuso el miedo y recelo de los comerciantes de Burgos para asistir a la Feria de Brihuega. El rey da un privilegio en el que propone su protección más firme a todos los comerciantes, de cualquier parte de sus reinos, que se trasladen a comprar o vender a las ferias de Brihuega y Alcalá. Su poder real y su justicia les protege al máximo. También es preciso decir que la protección de los monarcas castellanos para con las ferias briocenses era un cierto modo interesada. Pues los impuestos que los comerciantes pagaban en ellas eran realmente valiosos para la hacienda real. Se conserva un «Libro de cuentas» de la corte de Sancho IV en el que figuraron los ingresos fiscales de 1293 ‑ 1294 por la Feria de Brihuega. Estos eran muy subidos. Viene a decir así el inicio de la página en que éstos se apuntan: «vino a cuenta Alfon Martínez de lo que recabdó de la sisa en la feria de Brihuega, que fue por Todos los Sanctos (la feria se celebra exactamente entre el 5 y el 18 de noviembre) et montó tanto como aquí se dirá segund lo mostró por un quaderno quel tien firmado del escribano público de Brihuega. Pero Simon, e de D. Gutierre, alcalde de ese lugar». Suma el impuesto obtenido 8.464 maravedís y 13 sueldos.

Son estas algunas noticias, de las más antiguas que hemos podido obtener, en torno a las ferias de Brihuega, capitales en el comercio castellano desde el siglo XIII, y motores en el desarrollo de la villa desde aquel momento. Muchas otras noticias estarán desperdigadas por archivos y documentos, que bien merecería la pena tratar de investigar más a fondo. Queda, de todos modos, centrada su importancia y relieve.

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