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Los médicos en la Guadalajara renacentista

 

Es inevitable considerar a los profesionales médicos, en cualquier momento de la evolución de la sociedad humana, como elementos destacados de la misma, respetados, queridos y necesitados. Su influencia ha sido variada de unas a otras épocas; su nivel social, económico y su incidencia en el curso de la vida habitual, especialmente, en pequeñas comunidades también ha oscilado según las regiones y las épocas. Pero ese halo de respeto y veneración que hacia ellos en todas las culturas ha existido, emanado del poder que ejercen sobre la naturaleza para corregirla y domeñarla, no desaparecerá nunca.

También a las comunidades puede medírselas el nivel de vida por la cantidad y calidad de médicos que poseen en su ámbito. De un pueblo o ciudad que no posee médicos puede darse por seguro, que existe, en cierto modo, una crisis segura. Y, por supuesto, examinando atentamente la evolución del número de galenos que posee una ciudad se puede colegir en qué sentido camina, hacia que nivel de prosperidad o hundimiento camina. No nos importa, incluso  creemos que es en este momento útil, examinar brevemente ese discurrir que respecto al número y calidad de sus médicos ha tenido Guadalajara, ciudad, en los últimos siglos. La curva de atención sanitaria ha evolucionado desde un nivel muy aceptable en el renacimiento del siglo XVI, bajando a grados alarmantes mediado el siglo XVIII, en plena y grave crisis de la ciudad, y paulatinamente ha ido ascendiendo hasta el momento actual, en que se encuentra atendida, en cifras absolutas y relativas, como no lo ha sido nunca.

El detalle, escueto de considerar como en el siglo XVIII en su comedio solamente hay tres médicos para la atención de la ciudad y los varios pueblos de su entorno inmediato, y de ver que solamente en el último cuarto del siglo XVI contempla la ciudad la actuación de más de una veintena de facultativos, ya es suficientemente elocuente del nivel de vida de una comunidad. Con el dato de que esos veinte médicos de finales del siglo XVI vivían en general mucho mejor, con niveles económicos más satisfactorios, que los tres de la mitad del siglo XVIII.

Hay un documento curioso, aunque, para nuestro deseo, demasiado escueto, que nos concreta el hecho de que en 1578 vivían en la ciudad 12 médicos. Sirva al mismo para iniciar nuestro repaso a los nombres y circunstancias de cada uno. En ese año, reunidos los galenos del burgo en torno a la mesa del escribano‑notario don Gaspar de Campos, otorgan una carta de poder a uno de ellos para que gestione ante la autoridad eclesiástica de Toledo la creación en la ciudad del Henares de una Cofradía gremial de médicos puesta bajo el patrocinio de los santos Cosme, Damián y Lucas. Dice así la carta, y éstos son los firmantes del deseo: «Antonio de Madrid el viejo, andrés de salazar, alonso loçano, alonso de zamora, el doctor campos, el doctor uclés, el licenciado zamora, el doctor yñigo lopez, el doctor calbo, el doctor horozco, el licenciado Suarez e yo gaspar de campos, todos vezinos de Guadalajara, otorgamos el poder a Iñigo de Orejón para que presente ante el arzobispo de Toledo y sus oidores las ordenanzas de un cabildo que queremos zelebrar de san cosme e san damian y san lucas a quien tenemos por nuestros abogados…» (1)

Este tipo de cofradías profesionales existían en Castilla desde la Edad Media, y eran muy activas y poderosas en algunos lugares, hasta el punto de que durante el Bajo Medievo fueron ellas las que se encargaron de conceder las patentes de ejercicio de la profesión, en la respectiva ciudad. Equivalentes a los actuales Colegios profesionales, regulaban la actividad de sus miembros, vigilaban el cumplimiento de una ética, y también se defendían de una ética, y también se defendían de intrusismos y desafueros. Guadalajara, pues, en los finales del siglo XVI, poseyó esta Cofradía gremial de médicos que nos da idea de la potencia y prestigio de la profesión, en la respectiva ciudad. Equivalentes a los actuales colegios profesionales, regulaban la actividad de sus miembros, vigilaban el cumplimiento de una ética, y también se defendían de intrusismos y desafueros. Guadalajara, pues, en los finales del siglo XVI, poseyó esta Cofradía gremial de médicos que nos da idea de la potencia y prestigio de la profesión.

De los médicos relacionados en ese momento, es necesario referir algunos otros detalles conocidos, pues no sólo el dato importante de su cantidad, sino la valoración de la calidad de algunos de ellos, nos ofrece el autentico nivel de la medicina en nuestra ciudad durante el Renacimiento. Uno de ellos, el licenciado Suárez, aparece en diversos documentos notariales de la época. Aparece en algún lugar con el nombre de Rodrigo, y en otros con el de Antonio. Le vemos activo los años 1572, 1577, 1578 y 1581 en que, ya muy viejo, hace su testamento. Era «médico y cirujano» en la ciudad de Guadalajara. Casó con Francisca de Salazar. Vivía en unas casas «en la cotilla de la colación de Nuestra Señora de la Fuente». Un hijo suyo, el doctor Gaspar de Salazar, fue también médico y murió antes que el padre. Otra hija suya, ingresó monja en el monasterio de jerónimas de San Ildefonso de Brihuega, dando al padre 400 ducados en calidad de dote. También su padre, llamado Bernardino Suárez, había sido médico en la ciudad, ejerciendo en la primera mitad del siglo XVI. Al hacer nuestro personaje su testamento en 1581, debía ser ya muy viejo. Parece colegirse de una manda que había escrito algunas obras referentes a medicina: «ytem mando que los libros que se hallaren en mi estudio que tengo son escritos de mi mano… que se los den al Sr. Gaspar Hurtado para que él haga con ellos lo que fuera servido, o los dichos libros se den al Sr. Diego Suárez». Manda amortajar su cuerpo en hábito de San Jerónimo, y pide ser sepultado en la iglesia de Santa María, su parroquia. Otro es el doctor Uclés, llamado realmente Luís Núñez de Uclés. Era hermano del también doctor Luís de Lucena, y a la muerte de éste, quedó como patrón de la famosa capilla mudéjar de junto a la iglesia de San Miguel. Casó con doña Leonor de Quirós. Tuvo varios hijos: Alonso Núñez, Diego Núñez y María de Urbina, que casó con Alonso de Salcedo, caballero la corte del duque del Infantado. En esta boda, Uclés entregó en dote 1.000 ducados a la novia. La categoría de este doctor, todavía mal apreciada por no ser bien conocida su biografía, quizás podamos comenzar a desvelarla al examinar un breve documento notarial, fechado en 1569, por el que se destaca que no sólo actuaba como médico en Guadalajara, sino que era también un investigador y escritor científico. Veámoslo: «Sepan quantos esta carta de poder vieren como yo el doctor Uclés médico vz.º de la ciudad de guadalajara otorgo e conozco por estha presente carta que doy e otorgo todo my poder cumplido libre llenero bastante segun que le yo he e tengo de derecho mejor puede e debe baler a vos gaspar de zarate procurador en consejo rreal de su Magt questays ausente especialmente para que por mí y en my nombre e como yo mysmo podays pedir y suplicar a su Magt me dé licencia para ymprimir e que se ymprima un libro que tengo hecho de mydicina en lengua castellana e sobre ello hazer e hagays los pedimyentos e suplicaciones necesarios e sacar qualesquier probisiones que me cobengan». Y es otro de los intervinientes en el documento inicial para la creación de la Cofradía de Médicos un tal Iñigo de Orejón, hijo de Acacio de Orejón, el genial arquitecto reformador del palacio del Infantado y constructor de la iglesia de los Remedios en Guadalajara, entre otras obras. Era médico y vecino de Toledo, por que se compromete a hacer las gestiones ante la curia episcopal.

Pero aparte de los reseñados en el curioso documento, a lo largo del último tercio del siglo XVI vemos otros diversos médicos, que totalizan el número de 23 citados en documentos a lo largo de ese corto período. Los reseñaremos por orden de cita: en 1568, el médico Sebastián Guillén compra a un mercader de la ciudad cierta cantidad de paño de Segovia. En 1568, el doctor Juan Bautista Serra, valenciano, que había sido largos años médico de los jerónimos de Lupiana, hace testamento y, como un exponente de lo que suponía el imprescindible instrumental de un médico de la época, deja «su mula, sus libros, su plata y otras cosas» a sus herederos. En 1568 Bernardino Suárez era ya difunto, había sido médico de la ciudad, y estuvo casado con Luisa de Luxan. En 1569 vemos a Antonio de Aguilera, como médico ejerciendo en Atienza. De él sabemos que fue natural de Yunquera, avecindado siempre en Guadalajara (donde tenía unas casas con su bodega y tinajas en la calle de Barrionuevo) y autor de un famoso libro. «Exposición sobre las preparaciones de Mesué», sobre cuestiones de medicina. En 1569 murió el doctor don Lucas de Oquendo, que durante largos años había sido el médico personal del duque del Infantado. En ese mismo año, pasó a ocupar este destacado puesto profesional y cortesano, el doctor Tomás Coronel, quien asimismo se encargó de cuidar la salud de las monjas del monasterio de la Piedad, era de fuera, y tenía varias posesiones en Navarredonda, jurisdicción de Buitrago. Era yerno del doctor Bernardino Suárez, y en ese año de llegada a la Alcarria le vemos adquiriendo numerosas tierras a su suegra y a otras personas, en el término de Aldeanueva de Guadalajara. El nivel económico de los médicos arriacenses de esta época se comprueba al examinar cómo todas sus referencias son motivadas por documentos de compra‑venta de terrenos y bienes. En 1571, el médico licenciado Baltasar de Torres, paga a Hernán López, también vecino de Guadalajara, cien reales de plata castellanos por un «arcabuz con todos sus aderezos, que es de mecha y pedernal». En 1572, el médico y vecino de Guadalajara Dionisio López instituyó una capellanía en la iglesia de Santa María. En 1580 el doctor Gómez de Luna aparece como médico personal del Conde de Tendilla; tiene una casa en la plaza pública de la ciudad, en la  calle de Merceros. En 1581, el médico Juan de Sampedro, aparece  realizando una importante transacción comercial, vendiendo a otro individuo diversos objetos de plata. En 1591, finalmente, encontramos referencia de otro médico vecino de la ciudad, el doctor don Luís Méndez.

Y esto es cuanto podemos decir por el momento de estos profesionales que, en época tan remota, como vemos, se ocupaban de la salud de los arriacenses. De entre ellos gentes valiosas, buenos médicos, algunos escritores, científicos y, en todo caso, medida justa y equilibrada del crecimiento y riqueza que en ese último tercio del siglo XVI, en los terrenos económico, cultural y social, alcanzó la ciudad de Guadalajara.

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