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Don Sancho Caniego de Guzmán: una aventura en América

 

Fueron los Caniego una de las familias de mayor abolengo en la Guadalajara del Siglo de Oro, poniendo sus blasones y su recuerdo en diversos lugares de la ciudad, pues ya desde muy antiguo, a poco de llegar a ella, asentaron un palacio, en el centro del burgo, en la plaza que había delante de la iglesia de San Esteban, y en ese templo también dieron su devoción en forma de fundaciones y capillas. El primero de la estirpe que llegó a Guadalajara fue don Sancho de Caniego, traído por don Iñigo López de Mendoza, marqués de Santillana, quien entre otros territorios del señorío vizcaíno, era propietario del Palacio de Caniego. Casó este don Sancho con dama de otra de las relevantes familias alcarreñas, con doña María Beltrán de Guzmán. Y fueron manantial de donde surgiría un ancho río de curiosos personajes y variados caracteres, que darían a la ciudad de Guadalajara historias y anécdotas en aportación constante.

Entre los herederos de este primitivo matrimonio, recordamos al caballero de San Juan, de Fernando Caniego (1), y, sobre todo, al que hoy protagoniza nuestro recuerdo y comentario, don Sancho Caniego de Guzmán. De él han llegado hasta nosotros algunas noticias fragmentarias, especialmente de su viaje y estancia en América, donde hizo algunas hazañas y dejó memoria diversa en los años del comedio del siglo XVI, por tierras del Jalisco mejicano.

En esa época, alcanzó el alto cargo de Virrey y Capitán General de la Nueva España don Antonio de Mendoza, de la ilustre casa mendocina alcarreña. Era nieto del marqués de Santillana, e hijo del primer conde de Tendilla. Su gobierno de los inmensos territorios mejicanos fue prudente, colmado de aciertos y de grandes realizaciones. Es en su época cuando centenares de alcarreños se lanzan a la aventura del Nuevo Mundo, especialmente en los territorios mejicanos que gobierna Mendoza. Además de la figura colosal de Nuño Beltrán de Guzmán, conquistador de gran parte de la Nueva Galicia, y fundador de la ciudad de Guadalajara de Jalisco, es necesario destacar la figura del licenciado Diego Núñez, que acudió como médico y cirujano del ejército de Guzmán (2). Entre ese ejercito aparecen mencionados muchos arriacenses: Cristóbal de Oñate, como capitán de jinetas; Juan de Oñate, como porta‑estandarte real y porta‑guión de Nuño, y muchos otros nombres que hablan a las claras de su procedencia alcarreña: así los Figueroas, Maldonado, Rueda, Urbina, Ortiz de Zúñiga, Saldaña Mendoza, Orozco, Flores, Medina, Yáñez, Núñez, etc. (3). Las noticias concretas sobre don Sancho Caniego de Guzmán (4) nos dicen que fue primo carnal del conquistador y fundador Nuño Beltrán de Guzmán, pues el abuelo del primero, don Sancho de Caniego, casó en Guadalajara con una ascendiente directa del segundo, doña María Beltrán de Guzmán, según hemos referido más arriba. Llamado a tierras americanas por su primo, Sancho de Caniego acudió junto a él, y fue comisionado de Nuño cuando éste, como gobernador del Panuco, quiso apropiarse de territorios anejos. Alcanzó enseguida Caniego el cargo de teniente de Nuño Beltrán, quien le envió a realizar descubrimientos y conquistas por el territorio todavía sin visitar. Dice la crónica que Caniego «sólo descubrió salvajes y terrenos desiertos». Colaboró con el virrey Mendoza en una de sus más queridas aventuras: la puesta en marcha y explotación de las minas de plata de Zacatecas. La ciudad de este nombre fue fundada en 1548 por los alcarreños Cristóbal de Oñate, Diego de Ibarra, Juan de Tolosa y Baltasar Tamiño, y allí puso el virrey su interés más decidido en proteger al indio minero. Sabemos, por documentos diversos que luego hemos de mencionar, como Sancho Caniego de Guzmán fue íntimo de estos hombres, en especial de Cristóbal de Oñate, y tuvo como ellos gran participación en la explotación de la plata de Zacatecas. Pero la codicia y el descontrol que tan lejanas tierras propiciaban, hizo que tanto Nuño Beltrán de Guzmán como otros compañeros y allegados suyos se excedieran en actos de crueldad, por lo que el virrey Mendoza decidió residenciar y prender a Beltrán de Guzmán, en 1537, y acabar con sus locuras, al mismo tiempo que desbaratando el sistema despótico que en el Jalisco había montado con otros compatriotas. Como se ve, el bien y el mal de los primeros años de la Guadalajara jalisciense y su región, fue protagonizado por gentes llegadas de la alcarreña tierra (5).

Para centrar un poco mejor la aventura americana de Sancho Caniego de Guzmán, podemos acudir a un interesante documento que he hallado recientemente, el testamento que este personaje escribió en Guadalajara, el año 1572 (6) y en el cual, aparte de ciertos datos anecdóticos que hacen referencia a su deseo de ser enterrado en la iglesia de San Esteban «en el arco questá junto al altar mayor a la parte de la epístola donde está sepultado don Pedro Yáñez» y de consignar que él mandó hacer un retablo para su cepillo de dicha iglesia, explica por una parte sus relaciones familiares, y por otra los asuntos pendientes que se dejó en América, algunos de ellos relacionados con la justicia. Sabemos por este documento que su mujer se llamaba doña María Calderón, y que sus hijos eran don Hernando Caniego de Guzmán, heredero del mayorazgo, Ana Caniego de Guzmán, y fray Juan de Guzmán, este último a la sazón General de la Orden de San Bernardo, a quien el testador encomienda muy especialmente su alma.

El relato que en dicho testamento nos depara Sancho Caniego es exactamente éste: «Yten digo que en la nueba España yo tube por amigo a xpval de oñate Vº de méximo hombre rrico y acostumbrado en hazer liberalidades con sus amigos, en gran cantidad, y aun con quien no lo era, a el qual dixe que llegava sin servº que me hiziese merced de darme un negro de los que allí se vendían por mercaderes que yo se lo pagaría. Un mercader me dio a quenta del dcho xpval de Oñate por precio de ciento y sesenta y cinco pesos de oro de minas de buena moneda de a quatrocientos y cinquenta mrs cada peso y ansí mismo le dixe que iba necesitado de rropa queme socorriese y me respondió que tomase de la tiendas a su quenta lo que fuese menester y ansí tomé lo que me paresció sin aver quenta ni rrazón dello ni jamás permitiómelo y de lo de alí fui de alcalde mayor a las minas de cacatecas y pasando el tiempo dello me tomaron rresidencia y en ella se movio un muy breve pleyto sobre una mina en que tenía parte xpval de oñate y compañía tiniendo yo el oficio y sentencia en fabor del dicho xpval de oñate y compañía y se confirmó my sentencia en vista y grado de rrevista en las audiencias rreales de galicia y nueba españa y por esto me siguieron en la dcha rresidencia los contrarios del dcho xpval de oñate y estando en la rresidencia le fixe un conocimiento del negro por si me condenasen en alguna pena en la rresidencia no me lo tomasen y esto hize si pedírmelo el dho xpval de oñate y fui dado por libre en la dicha residencia y estube en méxico y en compañía del dho xpval de oñate candad de tiempo y nunca me pidió cosa alguna del dcho conocimiento y saliendo de mexico para venirme en españa me salió a compañar algun espacio de tierra y aun me encargó alguna cossa que le convenía tratar en España y soy vierto que si biviera y pudiera hazer testamento que en él de clarara que no se me pidiera es ta deuda y agora sus herederos me la piden y molestan, y puesto caso que en conciencia yo estoy cierto no devérselos, mando que se los paguen de mis bienes» en el cual se trasluce algo más que simples nimiedades. Los «contrarios del dicho cristóbal de oñate y los herederos de este, eran producto genuino del tenso ambiente que gentes como Nuño Beltrán de Guzmán, Cristóbal de Oñate y el mismo Sancho Caniego habían creado en Méjico. También aparecen en el testamento del personaje alcarreño algunas otras cláusulas que nos hablan de sus actividades americanas y de su estancia en las minas de plata de los Zacatecas, así como en Guadalajara de Jalisco: «ytem mando que se pague a un herrador es muerto mando que estos veynte reales se distribuyan en lo que el señor çiménez y uno de loas demás albaceas mandares» y manda que se paguen a Toribio de Bolaños, vecino de Guadalajara del Nuevo Reino de Galicia de Nueva España 165 pesos de oro de mimas «de ley perfecta» «que le debo -dice- por un negro que  pagó por mí del dicho valor» y pide que se lo paguen con dinero que los mineros Francisco de Salas y García Pilo le debían a él. Aun añade otra cláusula que se ha de cobrar a Juan de Santa Cruz, vecino de Mechoacán, el dinero de una obligación que extendió a su favor.

Al año siguiente, don Sancho Caniego de Guzmán extendió otro testamento (7) en el que muy pocas cosas nuevas añadía, obrando finalmente como definitivo. En ese año debió de haber una grave epidemia en la ciudad al menos en el hogar de los Caniego pues su esposa doña María dé Calderón testó en octubre de 1573 (8), «estando enferma en la cama», pidiendo ser enterrada en la iglesia de San Esteban, y dejando a la misma una casulla valiosísima de damasco carmesí y blanco que ella tenía en su casa. También su hija doña Ana Caniego de Guzmán hizo testamento en septiembre de 1573 (9) «estando enferma en la cama de la enfermedad que dios nuestro señor tubo por bien de me dar…» mandando también ser enterrada en la capilla familiar de la cercana iglesia de San Esteban.

Pero el caso es que don Sancho no murió hasta cuatro años después, en 1577, ya muy anciano, en ese año, por el mes de mayo, con letra temblorosa, daba un poder al reverendísimo señor don fray Diego de Landa, obispo de Yucatán, alcarreño también (había nacido en Cifuentes, en 1524) «para que pueda aver y cobrar y rescivir y recaudar de juan sanpelaio y antonio de saleizes y garcía pilo vecinos estantes en las minas de cacatecas de la ciudad de Guadalajara del nuebo rreyno de galicia de la nueba españa… y de alonso de santa cruz v° de la ciudad de mechuacan… y de xpval escudero Vº de la ciudad de méxico» una serie de cantidades que le adeudaban (10).

De esta familia, y de tan curioso y central personaje de ella, apenas si quedan recuerdos en nuestra ciudad. Su magnífico palacio de la plaza de San Esteban hace ya años que desapareció, y así hoy hemos querido resucitar, momentáneamente, su recuerdo.

(1) Pecha, P. Hernando «Historia de Guadalaxara» Guadalajara, 1977, pág. l26.

(2) «Crónicas de la conquista del Reino de Nueva Galicia en territorio de la Nueva España», editado por el Honorable Ayuntamiento de la ciudad de Guadalajara, y el Instituto Jalisciense de Antropología e historia», Guadalajara, 1963.

(3) «Relación del descubrimiento y conquista que se hizo por el gobernador Nuño de Guzmán y su ejército en las provincias de Nueva Galicia escrita por Gonzalo López».

(4) Ver Fernando Ramírez, José: «Noticias históricas de la vida y hechos de Nuño de Guzmán» en la Colección «Libros y documentos para la historia de la Nueva Galicia», editado por el Círculo Occidental de Guadalajara (Jalisco), 1962.

5) «Crónica de la provincia de Santiago de Xalisco, escrita por Fr. Nicolás Antonio de Orleáns Mendoza y Valdivia» (1719-1722) editada por el Instituto Jaliscense de Antropología y de Historia» Guadalajara 1962.

6) AHPG, prot. 135, escrib. Pedro de Medinilla.

7) AHPG, prot. 136, escrib. Pedro de Medinilla.

8) AHPG, prot. 135, escrib. Pedro de Medinilla

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