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Los duques del Infantado (yII)

 

Duque 7

D. Rodrigo Díaz de Vivar Sandoval y Mendoza (1614- 1657), heredó el título de su abuela doña Ana. La hizo tal entierro, cuando ella murió en 1633, con tal fasto y suntuosidad, que el Consejo Real hubo de multarle por «salirse de pragmática». Mujeriego y pendenciero, no cesó en su vida de organizar buenos líos en la Corte, donde con preferencia vivió, dejando por ella sus Estados. Consiguió juntar a sus títulos el ducado de Lerma, y entre los cargos políticos y militares que ostentó figuran el de embajador en Roma y los de gobernador y capitán general de Sicilia. Tomó parte activa en la guerra de Portugal (1642) y en la campaña de Cataluña (1646), en la que, a decir de cronistas, se batió como un león. Vio morir, ya mayorcitos, a sus dos hijos varones, y le heredó su hermana.

Duquesa 8

Dña. Catalina Gómez de Sandoval y Mendoza (1616­1686), que casó con don Rodrigo de Silva, cuarto duque de Pastrana, en 1630, y que fue quien realmente gobernó los estados acumulados. Con este matrimonio, el ducado pastranero vino a engullir al del Infantado precediéndole en la enumeración de títulos aunque lógicamente el principal caudal de territorios y bienes lo aportaba el fontanar primitivo de los Mendozas.

Duque 9

D. Gregorio Maríade Silva y Mendoza (1649‑1693), heredó a sus padres. Nació en Pastrana. Allí vivió, y en Madrid, con la Corte. Recibió una esmerada educación de ayos y tutores de príncipes, perteneciendo a la vacía nobleza del Siglo de Oro, ocupado sólo en acumular títulos y relumbrar por todas partes. Caballero de Santiago, fue comendador mayor de esta Orden en Castilla. En la Corte tuvo cargos de mayordomo mayor, montero mayor y, en el ejército, jefe de la Compañía de hombres de armas de los Guardas de Castilla, título de adorno, sin efectividad alguna. En 1679 fue nombrado embajador extraordinario del rey Carlos II para ir a llevar a la princesa francesa María Luís de Orleáns, prometida del Hechizado, un retrato y una joya. Montó tal número el duque, que se gastó en pocos meses 100.000 ducados, astronómica e inconcebible cantidad, incluso para aquellos tiempos. El mismo casó con doña María de Haro y Guzmán.

Duque 10

D. Juan de Dios de Silva y Mendoza (1672-1737), hijo de los anteriores. Madrileño de nacimiento y cortesano de profesión. Participó, de corazón, en las guerras de Sucesión, junto al bando borbón. En su época (1702) se quemaron las casas mendocinas de frente a Santa María, en Guadalajara, donde se guardaba la armería de los Infantado, la más rica colección del mundo de armas. Y en su época también se constituyó y puso en marcha, en sus madrileñas casas de junto a San Andrés, el Archivo monumental de la casa. Le heredó su hija.

Duquesa 11

Dña. María Francisca Alfonsa de Silva Mendoza y Sandoval (1707‑1770), que casó en 1724 con don Miguel de Toledo Pimental, conde de Villada. Puso su vida en servicio de las obras de caridad, y, pronto viuda, se dedicó en exclusiva a la educación de sus hijos y el pacífico gobierno de sus estados. Como las personas felices, no tuvo historia. En su época mantuvo y aumentó el Infantado sus estados y riquezas. Es la época de la paz borbónica e ilustrada. Tantos eran sus títulos que fue preciso escribir una guía de ellos, la «Llave maestra o recopilación y extracto de los títulos de la Casa en tiempo de la Duquesa XI, por un archivero» que hoy se conserva en el archivo familiar. Heredó su hijo.

Duque 12

D. Pedro de Alcántara  Toledo y Silva (1729‑1790), llevó una vida tranquila, pasando más tiempo fuera de España, raptado por el espíritu enciclopedista que irradia Francia a toda Europa. Por una parte, se casó con la princesa alemana María Ana de Salm‑Salm, en 1758. Por otra, fueron constantes sus viajes por centroeuropa y París. Aquí residieron algunos años, cursando estudios de Física con Sigaud de Labord, visitando el laboratorio del químico Sage y el curso de Historia Natural de Valmont de Vomare. Aquí, en París, donde compraron el majestuoso hotel de la «Rue Saint Florentín» a los Fitz-James, trabajaron los duques amistad con Benjamín Franklin, que trató de ganar simpatías hispanas para la causa de la independencia norteamericana; y aquí, también, les pilló la Revolución francesa, de la que huyeron con rapidez. Murió el duque en Heusenstam, y años después fue trasladado su cuerpo hasta Guadalajara. Le heredó su hijo.

Duque 13

D. Pedro de Alcántara Toledo y Salm-Salm (1768­-1841), del que, como anécdota curiosa, síntoma de una época, podemos recordar los nombres que se le impusieron en la pila del bautismo, el día 21 de julio de 1768. Nada menos que éstos: Pedro de Alcántara, Manuel María de los Dolores, José, Joaquín y Ana, Felipe Neri, Elías, Francisco de Sales, Francisco de Paula, Juan de la Cruz, Teresa, Librada, Cayetano Bibiana, Sebastián, Antonio Camilo Diego, Miguel y Benito. Fue su vida dedicada intensamente a la milicia y a la política. Protagonizó la historia española de esos momentos cruciales que fueron centrados por la Guerra de la Independencia. Ya en la juventud acumuló distinciones propias de la nobleza: fue caballero de la europea Orden del Toisón de Oro, y Gran Cruz de las de Carlos III, de San Fernando, de San Hermenegildo, de Sancti Spiritus y del Cristo; gentilhombre de cámara, con ejercicio y servidumbre, durante la guerra contra los ejércitos de Napoleón, y, tras haberse enfrentado duramente a Godoy, demostró ser un gran patriota, al plantarse ante Napoleón rechazando la protección que le ofrecía si se sumaba al grupo de cortesanos llevados a Francia con el rey Carlos IV. Infantado regresó a España, y en 1809 se alistó en el ejército del general Cuesta. Fue nombrado comandante general de la Guardia Real, luego presidente de la Regencia y del Supremo Consejo de Castilla, y, finalmente, capitán general de los ejércitos nacionales. En la paz, ostentó posteriormente muchos otros caros políticos, a nivel de primer ministro, con Fernando VII.

Duque 14

D. Pedro de Alcántara Téllez Girón y  Beaufort (1810‑ 1844), sobrino‑nieto del anterior, heredó el Infantado por línea de madre y consiguió unir el Gran Ducado de Osuna (él fue el undécimo duque) por parte de padre. Fue la genuina figura romántica del príncipe lánguido, de revuelto pelo rubio, siempre montado sobre un caballo blanco, enamorado platonicamente de varias muchachitas dulces. Componedor de versos, y muerto en plena juventud de tisis galopante. El fue quien reunió tras su nombre el mayor número conocido de títulos de nobleza: ¡más de un centenar! Fue miembro de la Cámara de Próceres del Reino, una especie de Senado, y en 1836 tuvo que salir exiliado a Francia. Su figura pálida, enfundada en un oscuro traje de la época, destaca entre las arcadas góticas del palacio mendocino de Guadalajara, donde le retrató Madrazo. Le sucedió el sinvergüenza de su hermano.

Duque 15

D. Mariano Téllez Girón y  Beaufort (1814‑1882), de quien pueden destacarse algunos datos biográficos positivos: participó en las guerras carlistas, llegando a coronel de Caballería, y luego a Brigadier, Mariscal de Campo y teniente general del Ejército hispano. Fue nombrado embajador español ante el «zar» de todas las Rusias, pero lo que realmente puede y debe destacarse de su personalidad es su gracia única e inimitable para dilapidar en una vida -hecho dificilísimo- la riqueza inconmensurable de su familia. Era un narciso y un cursi, pero se dio buena maña en gastar: de Londres a San Petersburgo, de París a Viena, de Madrid a Berlín, don Mariano estaba en todas las fiestas, en todos los saraos, en todos los acontecimientos. Centenares de caballos, miles de trajes que sólo se ponía el día del estreno (y se cambiaba varias veces al día), decenas de palacios y castillos repartidos por toda Europa… un fasto de locura que acabó con todo. Una gigantesca almoneda de sus bienes, al final de su vida, no fue suficiente para pagar sus deudas. El palacio del Infantado de Guadalajara se salvó porque el duque «gentilmente lo regaló» al Estado para que en él se pusiera Colegio de Huérfanas de la Guerra. Casó con doña María Leonor de Salm‑Salm, pero no hubieron descendencia.

Duque 16

D. Andrés Avelino de Arteaga y Silva Carvajal y Téllez Girón (1833‑1910), marqués de Valmediano, Ariza y Estepa, heredero directo de la Casa y Señorío de Lazcano, Grande de España, llevó una vida tranquila y familiar, salpicada de vez en cuando por hazañas guerreras «de las de verdad»: en 1859 participó, de teniente, en la guerra contra el sultán de Marruecos; en 1875 peleó contra los carlistas. Llegó a coronel del Regimiento de Pavía y a senador real. Casó con doña María Belén Echague y Méndez de Vigo Bermingham y Osorio, sucediéndole su hijo.

Duque 17

D. Joaquín de Arteaga y Echague (1870‑ 1947), coronel honorario del Regimiento de las Ordenes Militares, que casó con doña Isabel Falguera y Moreno Lasa y Moscoso de Altamira, de quien es hijo el

Duque 18

D. Iñigo de  Arteaga y Falguera (1905), actual propietario del título de duque del Infantado. Militar de profesión, que casó en 1939 con doña Ana Rosa Martín y Santiago Concha, y de la que tiene tres hijos: Iñigo, Jaime y Francisco de Borja.

Esta es la sonora y monumental cadencia que enlaza varias sangres, varios destinos, tantos caracteres y genios, tantas desdichas y lujos, en un solo nombre y en una sola canción: la de los duques del Infantado, que durante cinco siglos se batieron en la primera línea de la nobleza hispana, poniendo en unas ocasiones su pendón victorioso y magnífico ante todos, y dejando en otras ridiculizada su estirpe con las más asombrosas peripecias.

Al fin, todo viene a dar, como dijo Manrique, en la mar, que es el morir. Y haciendo bueno el lema que el segundo duque mandó poner, como advertencia desoída por todos sus sucesores, en las arcadas de su gótico palacio de Guadalajara: Vanitas Vanitatum et Omnia Vanitas.

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