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Por los confines del Señorío molinés

 

Según el Fuero que en 1154 dio don Manrique de Lara a su territorio de Molina, recibido de las manos del gran monarca aragonés Alfonso I el Batallador, los límites eran mucho más amplios de lo que son hoy en día. Pues si los Armallones (sobre el Tajo) le limitaban por occidente, al Norte llegaba hasta prácticamente el Jiloca, y por levante y sur alcanzaba hasta el rincón de Ademuz, adentrándose en las serranías conquenses, entonces casi despobladas. Posteriormente fue perdiendo territorios y pueblos, que pasaron a formar sesmas de otros Comunes de Villa y Tierra fronteros, de organización característica y similar a los castellanos, pero ya en pleno Aragón. Así, en favor de Calatayud, Daroca y Albarracín, incluso del de Cuenca, Molina perdió tierras y extensión.

Una comarca bellísima, un campo impresionante, formando un paisaje inolvidable, es su límite histórico norteño, aquel que tenía en su costado la laguna y pueblo de Gallocanta, limitado aun a septentrión por la serranía que arropa al valle del Jiloca y a la ciudad de Daroca. En esa alta campiña, donde el ancho tapiz acuoso y vegetal refleja con largueza el inmenso cielo asientan algunos pueblos que hoy son provincia de Zaragoza y Teruel, pero que en sus orígenes, allá por el siglo XII, fueron también molineses, y en sus costumbres y construcciones siguen manteniendo un innegable entronque con el estilo general de vida de Molina entera. En busca de ese común origen, de esas características que aúnen los pueblos molineses de uno y otro lado de la actual raya de la provincia, hemos acudido en largo viaje. Y hemos traspasado esa imperceptible raya, más absurda aún cuando se piensa que, sobre un paisaje único, homogéneo, no sólo se separan provincias, sino regiones (hoy preautonomías) y aun nacionalidades, según la Constitución reza. En el alto llano de Gallocanta, Embid y Tortuera a un lado son pueblos de Castilla‑La Mancha, mientras pocos metros más al norte, en un paisaje que es la palma de la mano, viéndose mutuamente torres de iglesia y campos de labranza, están Odón, y Bello y Torralba de los Frailes, y Gallocanta, de Aragón ya, aunque con común historia todos.

En Bello, provincia de Teruel, se encuentra el viajero con una magnífica iglesia parroquial dedicada a la Natividad, en la que, bajo la arquitectura espléndida de sus techos gotizantes, se admira un descomunal y riquísimo retablo, que muestra en hornacina central una estatua de María Virgen, del siglo XV, y una gran colección de tablas de principios del siglo XVI, más otras tallas del XVII, dando un aspecto de grandiosidad inigualable. El párroco, hombre culto, se conoce la historia del territorio, sabe pertenecer su tierra al antiguo Señorío molinés. Se lamenta, sin embargo, de que tan riquísima joya como es el retablo mayor de su iglesia esté sin estudiar como debiera. Los de Teruel-nos dice- tienen muy a trasmano estos pueblos, los consideran rayanos con Castilla, y casi no los hacen ni caso. Quizás no sabía todavía que lo mismo, pero a la inversa, les ocurre a los rayanos de Guadalajara, a los del confín molinés, de los que en la capital tampoco se acuerdan de su existencia. Triste destino, tras haber sido en épocas anteriores un poco el centro de la Celtiberia.

Seguimos andando por Bello, y encontramos varias casonas, muy modificadas. Hay una, especial mente bien conservada, que encierra una similitud con otras de esta comarca o ancho valle de Gallocanta. En el centro de su fachada presenta un gran panel de bien tallada sillería, con una cornisa superior, y al centro un arco semicircular, de gruesas dovelas.

Prosiguiendo el viaje por este límite casi desconocido de Molina, llegamos a Odón, también hoy en la provincia de Teruel, aunque sus gentes se sienten molinesas todavía. No son muy viejos los hombres que en la plaza, apoyados en los rojizos muros del templo parroquial, nos cuentan con pormenor las tradiciones locales, prendidas en toda época junto al territorio molinés. De siempre fue el pueblo de Odón el que se preció de hacer la mejor romería del Señorío a su patrona, la Virgen de la Hoz. En septiembre viajaba hasta el santuario del río Gallo el pueblo entero, con mujeres, niños y viejos, montados en carros bellamente enjaezados, y allí ejecutaban «el dance» ante la Virgen un grupo de hombres de Odón que iban vestidos «con sayas» blancas y adornos de flores. Hablamos con alguno que en su juventud hizo este dance, y parece ser que tenían pasos de sables, danzas de fertilidad y otras muy similares a las que ahora ha vuelto a poner en práctica, el mes de junio, la ciudad de Molina. Pero la vestimenta «de sayas blancas» y flores es la propia de las danzas guerreras y agrícolas características de la Celtiberia, hoy vivas aún en Valverde de los Arroyos, Majaelrayo y Utande.

En Odón visitamos la iglesia parroquial, dedicada a San Bartolomé, y admiramos su altísima y bien construida torre, con una portada de corte trentino, del siglo XVII, en la que se exhiben ya bastante deterioradas algunas estatuas del titular y otros apóstoles. El interior,-según referencias, pues no estaba en esos momentos el cura párroco y no fue posible entrar- posee un gran retablo mayor con tallas y pinturas del siglo XVII y algunos otros altares más antiguos, con pintura de la escuela bajo‑aragonesa del Renacimiento, todo sin estudiar ni catalogar convenientemente aún. A un costado del pueblo, y sobre una atalaya desde la que la sierra de Zafra parece tocarse con la mano, se alza la ermita de la Virgen de las Mercedes, sencillo ejemplar del siglo XVIII.

El interior del pueblo muestra un trazado cómodo, de calles anchas y llanas, con edificios blanqueados en su mayor parte, muy limpio todo y agradable. Destacan algunos edificios antiguos por los que estábamos especialmente interesados. Sin ninguna guía concreta previa, las apariciones de las casonas de Odón, no por esperadas, son menos sorprendentes y gustosas. Hay una de especial relieve: la casona de los Arias, que alcanza el calificativo de palacio, con puerta central de arco semicircular, ventanas laterales, tres balcones en el piso central y un escudo de armas incluido en majestuoso adorno o plafón barroco. Esta fachada remata en una serie aragonesa de arquillos semicirculares sobre los que descansa un soberbio alero de exquisita talla. El interior está muy bien conservado, y es en todo similar a las normas que ya conocemos de las casonas molinesas. Un escudo consistente en castillo de una sola torre y orla con aspas de San Andrés, bajo yelmo y lambrequines, cifra el honor y la hidalguía de la familia poseedora. Otras casonas, ya más modificadas, surgen por Odón: la del Traverío de las Peñas muestra un arco semicircular con escudo de armas sobre la dovela clave, y una ventana con capitel sencillo. Otra casona grande, que llamamos de Abajo porque allí no le dan nombre específico, presenta la clásica distribución de elementos que se dan en este extremo del Señorío que circunda Gallocanta: portón semicircular de gran radio, adovelado e incluido en un paramento de bien tallado sillar, que remata en breve nicho que incluye escudo de armas. El resto de la fachada de la casona enseña ventanales de jambas y dinteles de enorme tamaño.

Salimos de esta comarca, prometiendo volver a escudriñar otros pueblos de la misma, con dirección a Daroca, cabeza de Comunidad y ciudad fortísima amurallada, donde el Aragón eterno, sí, ofrece a los caminantes reposo y acogimiento.

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