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Los sellos concejiles

 

Busca el lector cada día un motivo de asombro, de conocimiento. La actualidad sorprende y aburre al mismo tiempo. Y es la historia en sus hechos reales, pero ya olvidados; o en sus testimonios arqueológicos o artísticos, a medio caer o en triunfo de la muerte, que encontramos a veces ese motivo, esa alegría súbita de ponernos frente a la palabra, al mensaje de nuestros antepasados. Así, los sellos concejiles quieren poner hoy su rostro céreo, duro, oloroso y pleno de matices en nuestra cotidiana tertulia, en nuestra obligatoria búsqueda de las raíces.

De todos es ya sabido que Castilla, único país de Europa con organización puramente democrática en la Edad Media, se organizó en comunidades semiautónomas, de pujante vida y economía, en el pleno Medievo. Esos Comunes de Villa y Tierra, de los que tanto habrá que hablar a partir de las recientes investigaciones que hemos efectuado, y sobre los que todavía quedan muchos e interesantes puntos que aclarar, tenían también sus enseñas propias, sus sellos concejiles. Elementos de rúbrica documental, resumen de su historia, de sus tradiciones, de su personalidad. Y emblema representativo de la comunidad. Muchos de ellos se han perdido, han sido olvidados. Otros se conservan, o nos han quedado de ellos descripciones y dibujos. Vamos a repasar someramente algunos de ellos, como aportación inicial a lo que deberá ser su estudio meticuloso.

Guadalajara

Queda un solo ejemplar en el archivo municipal de lo que fue el sello del concejo arriacense. Gran presencia la de este elemento sigilográfico, que nos muestra por una cara la ciudad del Henares, con su río en primer término, y varias torres de muralla, una iglesia y diversos edificios al fondo, representando el aspecto (muy idealizado seguramente) de la ciudad en la Edad Media, cuando en el siglo XII o XIII se hiciera este sello. En la otra cara, un hombre montado a caballo, galopando y desplegando gran pendón de bandas horizontales; una borrosa palabra señala que este personaje es el juez del Concejo y Común, la personalidad primera en el grupo de «aportellados» o autoridades representativas. El juez en los Comunes de Villa y Tierra castellanos era la primera jerarquía, electiva entre todo el vecindario de la tierra. El llevaba la «enseña» y guardaba el sello. En un principio lo podía ser cualquiera luego, el «fuero nuevo» de Fernando III, en el siglo XIII dispuso que este cargo lo debía desempeñar siempre un caballero. Para llegar a este grado bastaba con tener caballo útil y algunas armas. Cada año debía cambiar el juez.

Molina

Derivado de su nombre, remotísimo y del siglo XII, es el sello concejil molinés: dos ruedas de molino, una sobre otra, sencillamente. Ese escudo quedó grabado en las murallas de la ciudad de Cuenca, significando que los hombres buenos y caballeros del concejo de Molina habían labrado el duro batallar de la conquista de Cuenca. Al parecer, existe otro sello del conejo molinés, del siglo XIII, en un documento de hermandad suscrito en 1262 entre las villas de Molina y Teruel. En ese sello, conservado en el Archivo de la corona de Aragón, se ve en el anverso una sola rueda de Molino, rodeándose de la leyenda «+ Sigillum Concilii Moline» y en el reverso un castillo o torre de cuatro almenas, dos ventanas y una portal, con dos leones rampantes a los lados.

Uceda

El importante concejo de Uceda, cabeza de un común de Villa y Tierra situada al sur del Jarama, fruto de la conquista de Alfonso VI, nos ha llegado también la memoria de su sello concejil. Consiste éste en un castillo de tres torres, más elevada la central que las laterales. Sobre la primera, una bandera, y sobre las otras torres gemelas, sendas estrellas. Alrededor, la leyenda «Sigillum: Concilii: Ucetenis». Este común fue en principio libre y de realengo. Solo al Rey de Castilla reconocía como superior, y de ahí el símbolo único de su céreo emblema: el castillo de tres torres. Luego fue donado en señorío a los arzobispos toledanos, pero siempre gozó de cierta autonomía y fuero propio.

Atienza

Uno de los más extensos y fuertes concejos libres de la Transierra castellana fue el de Atienza, constituido a finas del siglo XI, y con Fuero otorgado por Alfonso VII a mediados de la XII centuria, señalándolo anchísimo territorio que abarcaba las dos orillas del río Tajo. Siempre de realengo, con autonomía absoluta, ello fue la base para el crecimiento enorme de su población y caserío, albergue de razas y de oficios, de comerciantes, monjes y guerreros. Su sello (que aporta Layna de sus investigaciones en el archivo municipal) consiste en un anverso con un castillo de tres torres, alrededor del cual se lee: «Sigillum Concilii Atentie», y un reverso en el que aparece otro castillo sobre alta peña, con una torre angular poderosísima, y encima el pendón de bandas horizontales, representante casi seguro del propio castillo de la villa.

Brihuega

Habiendo sido incluida, en el reino de Castilla el año 1085 por Alfonso VI tras su conquista triunfal del reino de Toledo, al año siguiente (1086) sería entregado en donación a los arzobispos de Toledo, que lo poseyeron hasta el siglo pasado. Su concejo, sin embargo, fue siempre poderoso y rico, en gran parte autónomo. El Fuero briocense fue promulgado por el obispo historiador Jiménez de Rada, hacia 1224. Su sello, que describe Juan Catalina García, como visto en el archivo municipal el siglo pasado, muestra el anverso un castillo de tres torres, con sendos báculos episcopales entre la torre central y las laterales. En el reverso aparece una imagen de la Virgen Santa María con el Niño Jesús en brazos, en sedente actitud románica, rodeada de la frase «Dominus tecum benedicta tu…» Ambos símbolos han pasado a integrar, lógicamente, el actual escudo heráldico de la villa ‑ jardín de la Alcarria.

Zorita

Muy curioso fue el sello concejil de Zorita de los Canes, territorio que estuvo primeramente en la tenencia o alcaldía de Alvar Fáñez de Minaya, que tuvo también famoso Fuero propio, y que tras 100 años de autonomía completa, pasó a fines del siglo XII a pertenecer en señorío, por donación real, a la orden militar de Calatrava. De su época más remota es el sello que nos recuerda Catalina: al derecho, un castillo de tres torres, apareciendo sobre las laterales sendos pájaros que muy bien podrían ser azores (azor ‑ zorita) o palomas (zurita ‑ zorita), en relación al nombre de villa y comunidad. En el reverso, un caballero armado, al galope en su animal, portando un amplio pendón o bandera.

Cifuentes

El concejo de Cifuentes ser formó en el siglo XII, desgajada su tierra de la antigua y amplia de Atienza. En el archivo municipal hemos visto su sello concejil, en cera, ya muy estropeado, consta de dos castillos y dos leones cruzados, y las quinas de Portugal en su derredor. Al reverso aparecen unas piedras o peñas de las que surgen numerosas ondulaciones, que pudieran significar los nacimientos de varios arroyos en el mismo pueblo; y encima tres ruedas de molino.

Almoguera

Mucho más moderna que las anteriores es la elaboración del sello concejil o escudo de esta importante cabeza de común que fue Almoguera, brazo fuerte de Castilla frente al Islam de Al‑Andalus. Ese escudo, coloreado, que nos describen las Relaciones Topográficas del siglo XVI, muestra un castillo dorado; de tres torres, sobre campo rojo. En lo alto de la torre central, una gran cruz roja. Bajo el castillo, un campo verde con tres cabezas de moros. Y a los lados, dos banderas rojas y una leyenda en caracteres arábigos que viene a decir «No hay vencedor sino Dios».

Son estos algunos de los sellos concejiles que, en rápida visión, exponemos a la consideración de los aficionados a la historia de nuestra tierra. Es curioso advertir cómo en su inmensa mayor parte, un elemento común destaca: el castillo de tres torres, añadido de diversos elementos, y que viene a significar el país -Castilla- al que pertenecen estos Concejos y Comunidades. Se impone una labor de investigación aún más meticulosa que venga a rescatar todos los sellos concejiles de los 19 Comunes de Villa y Tierra que tenían pueblos y aldeas en lo que hoy es provincia de Guadalajara. En principio, sea esta reseña somera un prefacio de tan interesante capítulo de nuestra historia. Que, por otra parte, puede y debe servir como elemento identificador de muchos de nuestros viejos pueblos alcarreños y serranos.

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