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Berninches y el Collado

 

En el corazón de la Alcarria, metidos como en un guante, en el valle del río Arlés, están Berninches y el Collado. La piedra y la historia se mezclan con la hospitalidad de sus gentes, y el viajero que quiere encontrar restos del pasado de su tierra y amistad de gente viva, no saldrá de allí decepcionado. Algunos libros nos hablan, muy de pasada, de estos núcleos de población, de sus historias antañonas, de su arte escaso, de sus costumbres (1). Pero el viaje hasta ellos, la conversación con el paisanaje, el pateo metódico de sus caminos, es lo que en definitiva dan valor a su conocimiento.

Hoy vamos a pasar un poco por encima al pueblo de Berninches, con su pintoresca situación colgado de un monte, sus recurvadas y pinas callejas, su gran iglesia parroquial dedicada a la Asunción, en la que el estudioso del arte renacentista ha de encontrar fachadas, retablos y artesonados que serán de su gusto. Vamos a tomar un agreste caminillo que parte de la zona baja del pueblo, y entre feraces huertas, antiguos y venerables nogales, y una densa bosqueda de carrascos y frutales, vamos a ir bordeando por su margen derecha el río Arlés, hasta dar, tres o cuatro kilómetros aguas abajo, en la antiquísima estancia del Collado, uno de los enclaves primeros que tuvo la Orden de Calatrava por tierras de la Alcarria.

Son ruinas solamente lo que queda de lo que fue poblado y caserío. Pero hasta hace pocos años relativamente se mantuvo en pie todo el conjunto. El abandono de las gentes hizo venirse al suelo la techumbre de la iglesia y otras dependencias. Y ahora, cuando un nuevo entusiasmo recorre la médula de los alcarreños de Berninches, se está pensando en reconstruir aquello y en inyectarle nueva vida.

Se sabe por la historia, que ya en 1199, cuando el Papa Inocencio III creaba la Orden militar de Calatrava, Berninches (como simple caserío) y el Collado ya figuraban entre las pertenencias de la Orden, que en esta comarca poseía el castillo de Zorita, los enclaves de Pastrana, Fuentelencina, Auñón, etc. En el Collado pusieron los calatravos una casa‑fuerte, algunos otros edificios auxiliares y levantaron con riqueza una iglesia. Su doble vertiente militar‑religiosa, en defensa de la Fe cristiana y de los Estados de la corona de Castilla, les hicieron siempre estar multiplicados en esa faceta ambivalente, portando cruz y espada, y erigiendo en sus reductos castillo e iglesia en íntima convivencia: recordar, si no, el caso del castillo de Zorita.

Aquí, en el Collado, ya nada que da del palacio o casa‑fuerte de los comendadores. En su solar se levantó un edificio muy sencillo, en el siglo XVIII, que es el que, ya medio arruinado, hoy persiste. Pero la iglesia primitiva aún muestra su osamenta, y habla con elocuencia a los hombres de hoy, de una pasada grandeza que ya anda por los suelos. El edificio es, indudablemente algo más que una simple ermita. Alargada de levante a poniente, orientada según la costumbre tradicional, sus muros son de fuerte aparejo de mampuesto y sillarejo calizo, con bien labrado sillar en esquinas y aleros. Estos se sujetan, en todo el circuito del templo, por buenos modillones románicos, de arista y lobulados. El muro norte apoya en tres contrafuertes muy recios, y sobre el de poniente se debía levantar la torre, que tuvo fama de altísima y rodeada de hiedra, de la que no queda hoy sino el suavizado y cubierto de tierra montón de escombros. Dos puertas tiene el templo. La principal mira al sur. Es de arco amplio, apuntado, formado por tres arquivoltas en degradación, de arista viva. Al norte hay otra puerta, más pequeña, también de arco apuntado y cenefa dentada. Sobre los muros de poniente y mediodía se ven algunos ventanales, estrechos y altos, de arco semicircular, de tradición románica. Y en la parte de levante se alza, todavía íntegro aunque en parte tapado por construcciones posteriores, el ábside del templo, semicircular, con ventana central, modillones, y todo el etcétera de detalles que nos lo sitúan  claramente como construido en el siglo XIII, a poco de asentarse en el lugar los caballeros calatravos.

El interior de este interesantísimo templo medieval es hoy ruina total. Cayeron (no hace más de cincuenta años) las techumbres, hoy cubiertas de zarzas y de hierbajos. Aún se ve que eran las bóvedas de tipo apuntado, gotizante. Pero aún se conserva cubierto todo el presbiterio y ábside, que remata por levante la única nave. Un gran arco triunfal, semicircular, permite la entrada al recinto clave de la iglesia. Este arco apoya en sendos capiteles de yeso. El ábside se cubre por cúpula de cuarto de esfera, y deja asomar bajo los desconchados del revoco, el limpio sillar que en algunos puntos lleva decoración pictórica. Pegado al muro del fondo del ábside, se colocó un retablo a comienzos del siglo XVII, obra sencilla de la época, con abundancia de columnas, nichos y frisos decorados. De él sólo queda la estructura y algunos relieves tallados en la predela. Se remataba con una talla magnífica de Santiago, quizás titular del templo, patrón de todas las caballerías militares, que fue robada hace unos años, y hoy en buenas manos (las de sus dueños) en Alhóndiga.

Durante varios siglos, la Orden de Calatrava siguió nombrando comendador del Collado, que ya en los siglos modernos quedó como mero título nobiliario. Así, los Guzmanes de Guadalajara, hasta el siglo XVII, fueron comendadores del Collado y Auñón. Hasta el siglo XIX, Berninches y el Collado estuvieron en manos de señores particulares: primero fue el tesorero real de Felipe II, don Melchor de Herrera, y su familia. Luego pasó a D. Pedro Franqueza, y más tarde, en 1614, quedó por D. Luís de Velasco, marqués de Salinas, presidente del Real Consejo, en cuyo mayorazgo llegó hasta el siglo XIX. Luego el Collado pasó a manos particulares, hasta nuestros días, en que su dueño ha cedido gentilmente la propiedad de la ermita a la Hermandad de Ntra. Sra. del Collado, de Berninches, para que sea restaurada y utilizada nuevamente como centro de oración y romerías populares.

Es ésta una historia, lector, como puedes ver, larga y movida. Vinieron los calatravos, se fueron los magnates del Siglo de Oro, pasó por manos de pobres y poderosos. Se alzó un templo, se derribó en un olvido. Y nuevamente la historia, latiente e imparable, cruza por el enclave del Collado, y le imprime vida. Aunque el camino está, todavía, nada más que regular, bien merece, para cuantos gustan descubrir la Alcarria en su médula, acercarse hasta el Collado de Berninches, y allí admirar la ruina venerable del Medievo, recordar historias de la tierra y sus hombres, respetar cuanto la voracidad del tiempo nos ha dejado y tratar de salvarlo.

(1) Tomás López: Geografía histórica de España, provincia de Madrid. Tomo 2º, 1788, pp. 269‑271. Juan Catalina García Memorial histórico español, tomo XLI, 1903, p. 23

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