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Fiestas populares molinesas (I)

Es el pueblo molinés, el de la ciudad del Gallo y el del Señorío todo, un conjunto magnífico de gentes que a lo largo de los siglos, y en las peores circunstancias de clima y condiciones geográficas, ha sabido imponerse al entorno difícil, a la naturaleza hostil, dando el ciento por uno en trabajo, en entrega y en humanidad trabajadora y sacrificada. Sólo de un pueblo realmente esforzado puede decirse que con un territorio desfavorable sepa obtener frutos abundosos y claras rentabilidades. Los siglos largos de historia densa han hecho a los molineses como tallados y nítidos en su papel de cuasi‑héroes que dejaron sus horas y sus años en la tarea difícil de hacer humana una tierra inhóspita.

Pero este pueblo también sabe divertirse, y regadas con el sudor y el insomnio de sus hombres, han ido surgiendo una gran cantidad de fiestas y costumbres que le dan, en definitiva, un cariz de alegría y sana bullanga. Los molineses muestran, en el curso de la historia, mil y una formas diversas de expansionarse y realizar la función lúcida con que el ser humano complementa su existencia. Si hoy quedan interesantísimos aspectos de un folclore atávico y remoto (y no son las menores las fiestas de la Cofradía Militar del Carmen, la Loa y Danza de Pentecostés en la Hoz, las romerías diversas a ermitas, etc.), que hacen vibrar al unísono el corazón y las gargantas de las gentes molinesas, también son muchos los datos que perdidos en viejos papeles, hemos ido reuniendo acerca de las antiguas fiestas y costumbres de las que ya, hoy por hoy, no queda ni el recuerdo. El Ayuntamiento de la ciudad de Molina, formado por hombres jóvenes y muy animosos, en el deseo de revitalizar el ser auténtico de su pueblo, recobrando en lo posible la raíz cierta de su tradición, busca encontrarse con noticias de antiguos festejos populares, lo cual no es difícil cuando, con paciencia y entusiasmo, se busca en el viejo baúl de los recuerdos históricos. Sería magnífico que en años sucesivos la ciudad de Molina fuera recuperando, con el calor de una participación popular íntegra, en montaje, en modulación, en simple presencia espectadora, algunos de sus antiguos costumbrismos, que la harían encontrarse mejor a sí misma, y la permitirían crecer en imagen frente a las miradas de España toda.

Leyendo un viejo manuscrito del licenciado don Francisco Núñez, cura del cabildo molinés, que con el título de «Archivo de las cosas notables de Molina», escribió a fines del s. XVI, hemos ido encontrándonos con algunas fiestas que, hoy ya casi desaparecidas, dan idea cabal del modo de vivir y divertirse que tenían los molineses en tan remoto siglo, al tiempo que añaden algunos datos curiosísimos que avaloran y matizan dichas fiestas. Para quien con paciencia se entregue a la lectura de estas líneas, vamos a recordar algunas fiestas populares molinesas.

Toros

Varias eran las festividades anuales que permitían a los molineses entregarse al peligroso divertimento de correr los toros y lidiarlos. Durante el siglo XVI se hacían corridas en San Juan, San Pedro, Santiago y San Roque. También con ocasión de festejos particulares de gremios, fiestas conmemorativas de felices hechas de la Monarquía, victorias sobre el turco y otros acontecimientos. Posteriormente, quedaron relegadas a su celebración únicamente en la festividad de la Virgen del Carmen y eran sufragadas por el Concejo. Primeramente se corrían los toros a lo largo de la calle Losada, con peripecias y sustos que son fáciles de imaginar, terminando el encierro en la Plaza Mayor, ante el Ayuntamiento, donde se lidiaban a los astados.

Como datos curiosos de las fiestas de toros molinesas, el cronista Núñez nos refiere que en 1560 era torero famoso un tal Gabato, que alanceaba a los toros montado a caballo. En ese mismo año, un toro muy bravo y grande, de la ganadería de Juan García Manrique, le lanzó por los aires, tanto a Gabato como a su caballo, y poco faltó para que en el lance acabara la historia del torero. También por aquella época estuvo de moda el joven Pedro Ramírez, tan ligero que era capaz de subirse la torre de Aragón trepando por el exterior de sus muros, y, por supuesto, la Casa del Corregidor y otras principales las escalaba sin problemas, por la fachada, hasta llegar al tejado. Este Pedro Ramírez también ejercía de torero: esperaba al cornúpeta en medio de la plaza, le citaba de lejos y, cuando llegaba a él con furia, le hacía requiebros, pasaba detrás, le daba palmadas en las ancas y le burlaba de otras maneras, siendo muy aplaudido.

Cañas

Festejo muy antiguo, de tradición medieval y caballeresca, quedó luego como prueba de destreza de los caballistas, pasando a segundo término la disputa de un amor femenino o el mantenimiento de un honor mancillado. La belleza de la ceremonia y el juego seguía llenando el día y la plaza molinesa. El juego de cañas fue, muchos siglos, en Molina, lo más lucido y rimbombante (también lo que más hacía vibrar al pueblo llano) entre todo el ceremonial festivo. Los motivos por los que se celebraban cañas eran varios, generalmente se hacía en San Roque; también en la Virgen del Carmen e, incluso, en Carnaval o con otros motivos extraordinarios de victorias, conmemoraciones, etc.

Se celebraban en la Plaza Mayor, que se adornaba magníficamente, poniendo estacadas para dejar libre el lugar destinado a los caballos. Junto al Ayuntamiento se ponían dos tablados o tribunas: una, para la Justicia y Regidores de la Villa, y otra, para los jueces del juego. Unos días antes, se colocaba en el mismo lugar el «cartel de la Sortija», en que se decían los nombres de los justadores y sus motivos. Había un mantenedor, acompañado de padrinos, pajes, lacayos, trompetas y atabales; y una serie de aventureros o participantes que se hacían acompañar de sus correspondientes escuadras de criados de librea, padrinos a caballo, ricamente enjaezados; pajes y lacayos con librea, más trompetas, atabales, chirimías y sacabuches. Los aventureros eran caballeros molineses o extranjeros, que vestían coraza metálica y cubrían su yelmo y la cabeza del caballo con penachos de plumas de colores. En llamativa procesión «daban la vuelta a la tela» y luego «corrían lanzas», ejecutando difíciles ejercicios a caballo, tratando de poner la lanza en sitios prefijados, etc. Los jueces daban su veredicto y proclamaban al vencedor. Recibía éste como premio unos guantes de ámbar o un rico espejo de tafetán, que, puesto en la punta de la lanza, el aventurero lo llevaba y entregaba a su dama. Entre los famosos justadores de cañas en el siglo XVI, recuérdase a don Juan Rodríguez Rivadeneyra, señor de Rinconcillo. En un accidente del juego quedó lisiado de un hombro para toda la vida.

Carreras de caballos

Con variados motivos se celebraban estas carreras de caballos cuyo aliciente principal era la velocidad desarrollada por los corredores, venciendo el primero en llegar a la meta. Participaban los caballeros molineses y, muy en especial los de la Cofradía o Hermandad de Doña Blanca, que eran señalados por su capitán y que llevaban libreas de seda de colores especiales par ser distinguidos de los demás. Estas carreras de caballos se celebraban en la Plaza Mayor, protegiendo al público con estacadas, y, a pesar de ello, casi siempre se producían lamentables accidentes. La carrera se celebraba entre la iglesia de Santa María del Conde y el otro extremo de la Plaza Mayor.

Moros y cristiano

En muchas ocasiones de fiesta señalada se celebraban las luchas o cuicas de moros y cristianos. En algunos documentos se señala que quienes justaban eran turcos contra cristianos. Se colocaba un gran castillo de fábrica de piedra y argamasa en medio de la Plaza Mayor y se colocaban dentro los que hacían de turcos o moros. Otro grupo, vestido de cristianos, lo combatían y, finalmente, conquistaban, sacando luego «cabezas de moros o turcos» en la punta de sus lanzas, recorriendo así las calles al son de atambores y trompetas, con gran estruendo. Constituía, dice el cronista Núñez en el siglo XVI, «espectáculo muy vistoso y de mucha alegría».

Disfraces

También en ocasiones muy señaladas se hacían disfraces, especialmente en las fiestas de Carnestolendas. Los molineses se revestían grotescamente, con máscaras, recorriendo así las calles, asustando a los pequeños y extrañando a los mayores.

Hogueras

No sólo hogueras, sino también faroles y luminarias se encendían, en las plazas y ante las puertas de entrada a Molina, con ocasión de señaladas fiestas rituales (en los solsticios de Navidad y de San Juan), y generalmente las noches de vísperas de las grandes fiestas religiosas y profanas.

Encamisadas

Se hacían por las noches y consistían en procesiones de gente a caballo, vestidos de albas túnicas, con antorchas en las manos, que primero desfilaban lentamente por las calles de la villa y al final solían terminar alborotando. Estas encamisadas se unían, generalmente, a las cabalgatas en que se sacaban, también por la noche, «carros con disfraces e invenciones», imitando oficios, alusiones a hechos ocurridos durante el año, etc. Se unía también a la fiesta lo que ahora llamamos «el toro de fuego» y que consistía en sacar un becerro con «tubillos encendidos en los cuernos». En el Carnaval se añadían a esta cabalgata los «carros con músicos disfrazados que corren las calles por la noche tañendo instrumentos y cantando»

Corridas de gansos

También muy practicada esta salvaje costumbre entre las gentes jóvenes de Molina, allá en el siglo XVI, se hacía especialmente en el Carnaval, y consistía en poner un ganso o pato enterrado en el suelo, dejando asomar solamente su cabeza, y los jóvenes, jinetes en su caballo y con un palo en la mano derecha, se lanzaban de uno en uno a la carrera para intentar destrozar con el palo la cabeza del indefenso ganso.

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