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El Giraldo de Molina

 

Una visita, por rápida y circunstancial que sea, a Molina de Aragón, siempre da pie y razón para poder admirar algunos de sus monumentos, tan múltiples y bellos, y traer la remembranza histórica de algún hecho o acontecer de su pretérito caminar. Hemos parado unos momentos ante el edificio magno del antiguo convento de franciscanos que tuvo por título el de Nuestra Señora de los Ángeles y que se fundó, en los últimos años del siglo XIII, por la señora de Molina doña Blanca, quien en su testamento de 1295 señala una serie de bienes para su recién fundado monasterio, que debería ser siempre ocupado por frailes franciscanos claustrales, y ordena ser enterrada en la nave mayor de su templo. Durante siglos ocupó su cuerpo, bajo magnífica tumba de corte románico, el centro de la iglesia franciscana. En el se veían talladas y policromadas sus armas y blasones: un león rampante de color de sangre sobre campo de plata, y en los bordes del escudo 8 castillos también rojos.

El monasterio franciscano fue rico y heredado. Sus frailes priores se trataban -dice la leyenda- como auténticos caballeros: tenían criados, daban fiestas, gustaban de la caza con cetrería, y montaban, armados y adornados sobre briosos corceles blancos. El edificio conventual fue sufriendo diversas reformas que hicieron olvidar su primitivo aspecto románico‑gótico. Hoy queda el gran templo, que es obra del Renacimiento. Se encuentra en muy mal estado, pero el Estado, poco a poco, lo va restaurando y reconstruyendo. Lo más antiguo que en él queda es la capilla gótica de los Malos, con una bóveda muy bella de crucería. El resto ofrece una amplia y única nave con pilastras adosadas y techumbre abovedada. En la cabecera del templo, en el lado del Evangelio, se abre la grande y hermosa capilla de los Garcés de Marcilla, que es una de las joyas del arte renacentista en Molina. Se cubre de airosa cúpula semiesférica, con casetones decorados con ornamentación plateresca. Por las paredes, pilastras, y en el arco de entrada, se ven escudos y temas decorativos del siglo XVI. Otras capillas eran las de los Ruiz de Molina, y las de los Condes de Priego. Adosada a este templo se halla, por su costado de poniente, la capilla de la Venerable Orden Tercera, con fachada barroca y ábside triple semicircular.

Pero el templo de los franciscanos de Molina aún muestra más detalles de arte. Es uno de ellos, muy bello, la puerta de entrada a esta iglesia, obra de estilo neoclásico realizada por el alarife molinés Lázaro Abánades, con detalles de columnas y escudo tallado en piedra y una buena colección de hierros sobre sus hojas de madera. Y, quizás lo más característico del monumento, la torre barroca, elevada en el siglo XVIII, con múltiples recursos ornamentales a base de molduras, ventanales, resaltes y cuerpos multiplicados, todos ellos rematados en el conocido veletón de El Giraldo, tan popular y castizo en Molina.

Este conjunto que forman iglesia y torre, con sus recuerdos y sus muestras, ya deterioradas aunque no del todo perdidas, son hoy propiedad del Ayuntamiento molinés, y del pueblo entero. Aunque la Dirección General del Patrimonio Artístico y Cultural se ocupa desde hace años en la restauración de este edificio, habiendo conseguido evitar el hundimiento, que parecía inminente, de la torre del Giraldo, no es menos cierto que su estado de conservación es todavía muy imperfecto y deja mucho que desear. Es preciso completar la restauración de la cubierta, de la bóveda, muros y enlosado, de acondicionar las entradas y accesos; pero es también preciso, y quizás ya debiera empezar a pensarse en ello, el darle una utilidad a este edificio, antigua iglesia monasterial que hoy carece totalmente de culto, y para el que ya muy difícilmente podría habilitarse.

Siguiendo el ejemplo de lo que Cifuentes está realizando con la iglesia del antiguo Convento de Santo Domingo, habilitándola para Casa de Cultura, y, más concretamente para sala de exposiciones y aula de conferencias y coloquios, así también la ciudad, el Ayuntamiento de Molina podría aprovechar este magno edificio, monumental y bello, cargado de recuerdos, de historia y de arte, para crear en él un recinto que sirviera a estos fines de encauzar el ansia nueva de cultura que late entre los molineses haciendo de su ámbito una sala de exposiciones, y un lugar amable donde se pudieran dar conciertos, charlas, proyectos y las diversas manifestaciones que para el espíritu y la cultura hoy hay dispuestas.

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