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Palacios y casonas en Guadalajara

 

El palacio alcarreño, el corazón de noble y recia estampa, que ya destartalado y vencido aparece en una calleja desierta’ de alguno de nuestros pueblos, tiene también su historia, su palabra antigua y su moraleja.

Hace años que hice un estudio, luego publicamos en forma de libro, en torno a los Monasterios y Conventos de la provincia de Guadalajara. Y entonces hubo voces que dijeron que era aquella una labor que nacía con olor a muerto, a ruina, a cosa pasada e inservible. Por supuesto que no tiene el mismo valor práctico estudiar el movimiento de mercado durante el trimestre anterior, que irse a desentrañar el porqué del nacimiento, muerte y desaparición total del convento de mercedarios de Guadalajara. Pero la vida que latió en este último, los hombres que por él pasaron, y su significado para la ciudad, para la Orden, para el movimiento total del mundo, aunque fuera pequeño, lo ha tenido.

Cosa similar puede decirse de los palacios de nuestra tierra. Símbolos, incluso, de un régimen social ya desaparecido, y en buena hora: el que dividía a los seres humanos en castas, el que establecía entre la sociedad del estado llano y una serie de familias hidalgas o nobles una barrera de diferenciación q u e sólo podía romper la muerte. Esos caserones, sin embargo, son testigos y reflejo fiel de su época, quizás lo único que ahí, al sol y al viento y a todas nuestras miradas, ha quedado de unos siglos pasados en que la vida era fácil para unos pocos y muy difícil para la mayoría. Y como piezas de un pasado que, guste o no, hemos de asumir, estos caserones de nuestra tierra son páginas prestas a la lectura.

Raro es el pueblo de la Alcarria, o del Señorío de Molina que no posea una o ­dos casonas de este tipo. Precisamente en la primera, la mayoría son del siglo XVII, de cuando los pueblos, libres ya de la estructura de sujeción a un concejo fuerte (Hita, Guadalajara, Zorita, etc.) son vendidos por el Rey a particulares, que se declaran señores de ellos, y en su plaza o en sitió preeminente colocan su gran mansión. En Molina, estos edificios suelen ser más antiguos, pues el asentamiento en ellos de gentes hidalgas y, sobre todo, muy adineradas, en un territorio de absoluta libertad de implantación, como señorío del Rey, les hacen crecer con facilidad. Hay pueblos molineses, que aun cuentan con varios de estos palacios. Así, en Tortuera se ve el de los López Hidalgo de la Vega, el de los Romero de Amaya, y aun en su plaza mayor a la gran olma central la escoltan cuatro grandes y magníficos caserones, colmadas sus puertas de escudos nobiliarios. En Molina estas casas tienen un aspecto y distribución que recuerda en gran manera a los palacios señoriales de Álava y de la, Rioja. Esas ciudades, como Tudela, Briones o Laguardia, nos hacen volver la mente hacia Prados Redondos, Checa, Milmarcos o Mazarete, donde los volúmenes de los palacios, las rejas de ventanas y balcones, los soberbios y lambrequinados blasones forman un conjunto magnífico con la totalidad del pueblo.

En el resto de la provincia hay también casonas de este tipo, pero ya solamente en aquellos lugares cabeza de señorío, donde el magnate tenía su aposentamiento principal. Caserones de la familia Mendoza los hay en Tamajón, en Yunquera, y aun en Fontanar, en Jadraque y en Trijueque, en Argecilla y en Mondéjar, extremidades del gran tentáculo, mendocino. Palacios en las cabeceras son los de Pastrana para los Silva, de Cogolludo para los duques de Medinaceli, de Guadalajara para el Infantado, o los palacios de Sigüenza y Pareja, respectivamente, para los obispos de Sigüenza y Cuenca, señores territoriales de anchos dominios.

Tratar de hacer, no ya la relación de unos y otros, el pormenor de sus aspectos, de sus fachadas, de sus escudos, sino la historia completa, de sus avatares, de sus señores, de cuanto en ellos ha sido carne y el pálpito, sería una tarea que nos daría -a todos los que gustamos de la historia, a cuantos defendemos una’ extensión de la cultura- ­la oportunidad de conocer, aún mejor, nuestra provincia.

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