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La iglesia de Valdesaz

   

Aunque el arte pretérito de nuestros pueblos nunca es noticia, las pocas veces que se con­vierte en protagonista es para su desgracia. Ahora nos viene la no­ticia en torno a la iglesia parro­quial de Valdesaz: porque la ha destruido el fuego, en ciego arre­bato.

Otras veces habíamos dado alguna línea explicativa sobre esta iglesia; sobre San. Macario, que en ella tenía su altar; sobre su fiesta. Repasaremos brevemente este tema, tan d olorosamente actualizado: se encuentra Valdesaz en plena Alcarria, en lo hondo de uno de sus diminutos y encantadores valles; el del río Ungría, que tan magníficamente cantó en literatura García Marquina. Ahora, en el otoño, el hondo surco del río se acompaña de un vivo matiz amarillento que pone contrapunto al azul intenso del cielo.

Era la iglesia parroquial de la Asunción el único monumento notable de la villa de Valdesaz. Aunque no queda ni un solo documento en su archivo, sabemos que la villa fue declarada tal por Felipe II y a renglón seguido se construyó el templo. Es, pues, de la época del Renacimiento tardío, aunque con detalles arquitectónicos y monumentales muy del gusto pasado, góticos y aun del primer plateresco. En los altos y lisos muros de su nave única, se adosaban semicirculares columnas rematadas en capiteles de sencilla molduración gotizantes, y la bóveda se formaba ‑Por simples nervaturas. El aspecto del templo era, pues, de una severa simplicidad; sencillo, ‑pero elegante.

El retablo mayor estaba dedicado a la Purísima Concepción, y es del más puro estilo churrigueresco, una exageración del barroco último. Su parecido con el gran altar mayor de la iglesia de los jesuitas de Guadalajara (hoy parroquia de San Nicolás) es notable y resaltaba inmediatamente a los entendidos. El taller del que ambos salieron nos es desconocido todavía, pues sus archivos están quemados y nuestras investigaciones aún no han llegado a esta época, indudablemente de fines del XVII o comienzos del XVIII. Este retablo se ha conseguido salvar en gran parte, aunque la cúpula que lo remata ha sido pasto de las llamas.

En la llamada capilla de San Macario, en el lado izquierdo de la nave, incrustada, había también un pequeño altar barroco, de peor calidad y arte que el mayor, pero donde se centraba la devoción y el peregrinaje de los hijos del ‑pueblo y aun de numerosas gentes de la Alcarria. Presidía el altar una sencilla talla de San Macario, difícil ‑de ‑ precisar en su estilo y época por las ropas que le cubrían. Quizás de época gótica. A sus pies, en una vasijilla, se conservaba un poco de avena, ofrenda que tradicionalmente se le hacía al santo en los días de su festividad. La tradición, incluso, afirmaba que el ‘ santo abad descansaba enterrado en el suelo de esta capilla, y que en cierta ocasión que se levantó la losa para contemplar sus restos, el ambiente se cargó de un perfume dulcísimo que a todos manifestó estar allí los restos del santo. La tradición, incluso, elaboró una vida de eremita y milagrerías para este San Macario, del que decían que había sido abad benedictino y se había retirado a vivir en las espesuras de la Alcarria, viniendo finalmente a, quedar en estas soledades de Valdesaz, donde murió y fue enterrado levantando en ese lugar la iglesia del pueblo.

Tan hermosa leyenda, tan vivida devoción por los alcarreños, ha quedado herida lastimosamente en el dato material que centraba las miradas. A esta iglesia de Valdesaz acudían romeros los cojos y tullidos de estas tierras, porque era devoción ir hasta el santo a pedirle curación. Reumas y tumores blancos sólo veían ya como solución a San Macario, en Valdesaz. Y éste, con su carita sonriente de niño cumplidor, desde su altar, recogía sus deseos.

Ahora, en la noticia que se resiste a ser creída, la nota escueta de que la iglesia ha ardido y el santo, el altar, las techumbres ya no existen.

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