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Viaje al Hundido de Armallones

 

En uno de estos fines de semana que el verano nos brinda prestos al viaje y al descubrimiento de cosas y rincones nuevos, podremos tener la ocasión de llegar hasta el renombrado y bellísimo paraje conocido por el nombre de «El Hundido de Armallones», en el amplio marco del alto Tajo que como una espada brillante y mitológica, atraviesa la provincia de Guadalajara.

Hasta el Hundido se puede llegar por dos lugares fundamentalmente. O bien subiendo, por Cifuentes y Trillo, hasta Villanueva de Alcorón, donde se desvía una carretera que llega, hoy asfaltada, hasta el pueblecillo de Armallones, y desde allí, un trecho en vehículo, y otro a pie, se arriba al Tajo, en un paraje de inmensa y casi increíble belleza, cayendo en la depresión gigantesca del propio Hundido.

Otra forma de llegar a él, y contemplarlo con cierta perspectiva que aumenta su encanto, es tomando la carretera que desde Cifuentes sube hacia Saelices, y a la altura de Sacecorbo desviándose a la derecha, llegando así a Ocentejo, desde donde se inicia la excursión a pie, por la orilla del Tajo, hasta dar vista, en la orilla opuesta, al Hundido, e incluso llegando a las Salinas de la Inesperada y aún más allá a la desembocadura del río Ablanquejo, todos ellos lugares de peculiar encanto. Los caminos son, en estas riberas del gran río, accesible solamente para caminantes. Sinuosos y a veces empinados, permiten un paseo cómodo y sin peligros. La vegetación espesísima de pinos y plantas aromáticas cubren el aire de una densa sábana olorosa. Las altas roquedas de tono pardo‑rojizo ponen coto al horizonte y encima de todo el azul resplandece como una lámpara jocosa. Las aguas del Tajo son, de cristalinas y limpias, un gozo para la vista. A ratos en amplios remansos, en ocasiones alteradas en rápidos. Los buitres planean sobre el paisaje sonoro y retumbante. Y así no solamente el propio enclave del Hundido de Armallones, sino a lo largo de decenas y decenas de kilómetros, desde Valtablado del Río hasta Peralejos de las Truchas, la bravura del alto Tajo es una presencia que al viajero no se la despegará jamás del corazón. La solicitud que por parte de la Diputación Provincial hay cursada para que todo ese paisaje sea declarado «Parque Nacional» no puede ser más lógica y fundada. Todos cuantos lo conozcan sentirán la misma necesidad de proclamarlo: no sólo por la belleza genuina que encierra, sino por la necesidad de que, por medio de leyes y ordenanzas, aquello sea protegido de urbanizaciones, carreteras y otras agresiones «civilizadas» que en cualquier momento alguien puede verse tentado a cometer. Aquello es un pedazo virgen de la creación primera. El hombre se siente mínimo y captado por tanta belleza. Y le van a entrar ganas de conocer a fondo, todo aquel entorno, toda aquella naturaleza salvaje y nueva, eternamente renovada, que le dará la conciencia de ser habitante de un planeta, de estar incluido en un orden perfecto que, las ciudades que nos encierran y aprisionan, nos fuerzan a olvidar.

El viaje al Hundido de Armallones será, pues, no sólo un ejercicio físico de camino y visión, sino un entrenamiento anímico y espiritual para cuantos a él se acerquen.

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