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Los poetas de Guadalajara

 

El pasado viernes día 23 de junio, y organizada por el Ateneo de Guadalajara, tuvo lugar en el salón de actos del palacio del Infantado una interesante conferencia en la que Francisco García Marquina disertó acerca de «Los poetas de Guadalajara». Salón casi lleno, a pesar de lo veraniego de la tarde. Devoción entre todos por, la palabra amena y bien dispuesta de este escritor alcarreño.

Corrió la presentación a cargo de Miguel Lezcano (entre poetas anduvo todo el juego) quien «con amistad y sobresalto» narró el acontecer de su encuentro con García Marquina y trazó una bibliografía (lo que puede dar de sí una vida bien aprovechada desde 1937) incluyendo lecturas, profesión, hijos y libros. Noticia en ella fue el más reciente premio (el Antares, de Sevilla) que con su libro «De la lluvia» ha conseguido García Marquina. La prosa medida y poética de Lezcano sirvió de clásico marco para la conferencia.

Habló el poeta de los de su gremio. Que ya es difícil analizar con objetividad lo que hacen otros, poniéndose al mirar a cada uno el prisma que más le cuadraba. Aparte de alguna disquisición, de hondura psicológica, sobre la personalidad del poeta provinciano, que suele usar un «tono emotivo y con lenguaje retórico», el esqueleto de la charla fue puesto al descubierto de continuo: una relación, con comentario, de los poetas alcarreños muertos, y luego de los vivos, con alusión final y breve de aquellos, que, desde fuera, nos miran con poético afán.

De antiguas edades, fue obligado el recuerdo al Cantar del Mío Cid, al Arcipreste, al marqués de Santillana, y aún se mencionó el nombre de poetas como Alvar Gómez de Ciudad Real «el Virgilio cristiano» y Luís Gálvez de Montalvo, a cuyo libro «El Pastor de Filida» salvó Cervantes en la quema que ¡hizo de la biblioteca del Quijote. Hablando aún de muertos, surgieron León Felipe y Miguel Hernández, éste increpando a Musolini por lo de Guadalajara, y aún desbocando su caballo poético, atrincherado en esa ocasión, para llamar a nuestra tierra «dulce alcarria, amarga como el llanto». También del libertario Agraz, del luchador Herrera Petere y de José Antonio Ochaíta tuvo aliento de recuerdo. De este nos dijo, en bella disección de su obra, que murió en Pastrana «en pie de verso» y pasó sorteando vanguardias e ismos, dándonos Una prosa «agobiada y sofocante» .junto a un «verso ágil y hermoso». Recitó un retazo del «Tengo la Alcarria entre las manos».

De los poetas aún vivos, García Marquina trazó disecciones hermosísimas, con puntas severas en ocasiones, pero abrigadas siempre en el gabán de la amistad o en el mono solidario de un cierto sindicalismo poético. Así y todo, a José María Alonso Gamo fue imposible salvar de un merecido rapapolvo geológico. A Ramón de Garciasol, poeta y ensayista, dedicó un ancho estudio, recitando algunas de sus cosas referidas a la tierra alcarreña; breve semblanza del neopopularista Juderías, y largo análisis del hecho poético de Jesús García Perdices, de quien comentó su «Río de Piedras» y sus «Versos de Ayer» calificándole como poeta montañero, y dando la clave de su quehacer en tres líneas: «prurito viajero, rigor ético y emoción religiosa». De Perdices dijo que «ha elevado el Ocejón a la categoría de catedral gótica».

Pasó posteriormente a hacer un detenido estudio del movimiento poético, riquísimo y vital, que se desarrolló en Guadalajara en la década de los años cincuenta. Revista «Reconquista» bajo el aliento de José de Martialay, o la «Doña Endrina» de Fernández Molina, o «Trilco» de Suárez de Puga… muchos nombres en la nómina de colaboradores de papeles impresos y recitales nocherniegos. Poetas de fuera y poetas alcarreños: Alonso Gamo, Muelas y Murciano, Montesinos, Lezcano (de quien trazó la curva poética, caminante de un postismo y surrealismo, hasta un neoromanticismo de corte nerudiano), y hasta del mismo Monje Ciruelo nos recordó que tiene un soneto «a la luna» lo suficientemente bueno como para ponerlo en este sonoro vasar museístico.

De José Antonio Suárez de Puga hizo también detenido y sabio análisis. «Poeta cortesano» lo califica, autor «de un solo libro y de miles de poemas», en 1957 publicó «Dimensión del amor» y afirmó que «de él siempre esperaremos un segundo gran libro».

Tuvo un recuerdo, ya en la variopinta coda de la charla, para la versificación popular («portillo» de Brihuega, o el tío Desiderio, de Palancares) para la organizativa Julie Sopetrán, para los versos a medianoche de Aranzueque, y aún para los poetas progres o malditos, enredados en la contracultura (y allí salieron los nombres de Chani, Antonio Bueno, García Chaparrós, Lobit y otros, recitando un magnífico poema de su libro «Los días cardinales») Si se olvidó de alguno, pidió perdón, reconociendo que hay tantos poetas como españoles. Y nos dejó con el regusto de su voz y su limpia palabra, deseando oírla de nuevo, quizás haciendo la nómina de esos otros que, desconocidos, anónimos, intimistas, dan la suficiente savia de poesía a este mundo para que no perezca abrumado por el materialismo.

Una grande y larga salva de aplausos coronó esta conferencia de García Marquina.

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