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Viaje a la pizarra: El Ordial

 

En estos últimos años, El Ordial ha ido lentamente entrando en el contexto del mundo actual. Se han abierto caminos, desde Arroyo de Fraguas, y otro, más recientemente desde Aldeanueva de Atienza, que le han dado una más fácil comunicación y abierto a sus gentes una serie de posibilidades, de las cuales la más aprovechada y practicada masivamente, ha sido la de la emigración, que ha llegado al extremo de dejar actualmente sólo dos vecinos que lo pueblan de forma habitual. Con ellos se encontraron los viajeros cuando bajaron del coche en la ancha plaza del pueblo: únicos habitantes de un lugar lejano, y autoridades y súbditos indistintamente. “Si señor, yo soy el alcalde de El Ordial, y aquí, el teniente alcalde”. «Pues tanto gusto». Son hombres pequeños, de piel curtida por los aires serranos, avezados en todas las faenas agrícolas y ganaderas que se, pueden practicar en la zona: desde la recogida de setas al pastoreo de cabras, desde la caza del jabalí «a la espera», a los avatares del cereal sembrado. Recelosos del forastero, pronto se abren al ver que alguien se preocupa de sus problemas, que gusta de su pueblo y busca temas para «sacarlo en los papeles».

Juntos hemos recorrido el recinto aldeano: su distribución urbanística es muy particular. Se agrupan las casas, corrales y edificios como en un gran círculo o elipse, dejando en su centro un amplio espacio en el que cabe una fuente, una gran olma, y al fondo, cerrando el vano, la iglesia se alza con su tosca presencia rojiza. Poca pizarra, en realidad, la que sirve de material a las casas. Es piedra de gneis y granito lo que sirve de sustento a los edificios. Los tejados se cubren de teja de barro, y algunas líneas pizarrosas se alinean en los bordes de las cubiertas, dándoles un bicolorismo rojinegro muy  particular.

Llegamos ante el edificio concejil, sede que fue de los afanes comunes de un grupo de hombres que ya no están. En la puerta, de carcomida madera, cuelga él buzón de correos. En el primer piso, una ventana minúscula rompe la monotonía del paramento, de piedra rojiza. La sala es amplia, de bajo techo surcado de vigas. Junto a los muros, unas tablas arqueadas servían de asiento a los ediles. Una bombilla cuelga solitaria en el centro. El despachito del secretario huele a cerrado, a papel húmedo. En las paredes, varios retratos de Franco, uno de ellos impreso en Alemania con gruesos caracteres góticos, transportan al viajero a un tiempo pasado que es ya historia, y que en aquella habitación aún palpita, aprisionado de querencias. Legajos de cuentas; torres de boletines oficiales cargados de leyes, decretos y resoluciones que siempre pasaron por el Ordial de refilón; los restos derrumbados de una biblioteca popular; sellos de caucho y tampones de tinta violeta.

Otra vez fuera, el sol deslumbra. Llegamos a la iglesia; San Sebastián, jovencito doliente atado en su columna, balbuciendo la canción de un martirio lejanísimo. En lo más oscuro del templo, una enorme piedra tallada, ornamentada con pacienzudas manos: es la pila del bautismo. No exagero si digo que está allí desde hace ocho siglos. Los que tenga de vida El Ordial. Y al fin, la sacristía. Con su armariote cargado de telas y sedas, de sencillos candelabros, y misales desvencijados. El archivo parroquial, como un milagro, está bien conservado. No más de diez librotes son capaces de contarse toda la historia del pueblo desde el siglo XVII.

Allí está el Libro de Jazmias, dando cuenta detallada de los pagos que los vecinos de El Ordial y Aldeanueva de Guadalajara (en el siglo, XVIII este último era anejo del primero en lo eclesiástico) hacían al cura que velaba por sus almas. Vecino por vecino, con religiosa puntualidad y exactitud, daban al sacerdote las jazmias de frutos granados (centeno era la única especia cultivada) y de los frutos menudos (lana, en libras; chotos y corderos). Las medias y celemines eran las medidas habituales. Otros libros del archivo, .cuidadosamente encuadernados en pergamino, eran los de visitas episcopales; el libro de fábrica, Con la minuciosa anotación de gastos y reparaciones del templo, el libro de difuntos, en el que toda la tristeza del pueblo ha cuajado en escuetas partidas; el libro de bautizos también, y el de matrimonios, todo ello desde principios del siglo XVII. Bonito material para hacer un estudio del movimiento demográfico de un pueblo serrano en nuestro Siglo de Oro. ¿Subía, bajaba la población? ¿Crecía la riqueza, se hacían gastos «de lujo», o sólo lo estrictamente necesario? La historia de España que aún queda por escribir, y que puede y debe dar todavía muchas claves para su interpretación integral, está escondida en estos libros parroquiales a los que nadie dio importancia. ¿Por qué mueren, en el transcurso de pocos meses, varios niños expósitos del Real Orfelinato de Madrid, precisamente en El Ordial? ¿Qué epidemia, bacteriana o social, les llevó a dar con sus tiernos huesos en tan alto y recóndito lugar del mundo? Cada página de este pequeño archivo es una pregunta abierta. Al fin encontramos el que quizás sea más interesante de todos les documentos: el libro de los Estatutos y acuerdos de la Cofradía de San Sebastián, conformada por los hombres de El Ordial, y que, en su trascripción actual, data de 1798, aunque es muy probable que sus orígenes sean mu­cho más remotos. El valor social de estas hermandades y cofradías es muy grande. Su estudio minucioso es tarea inaplazable para los próximos años. Los viajeros se quedan un largo rato leyendo, palpando el pasado, prendidos de un tiempo ido que aflora vivo y latente con solo mirar tan viejas páginas. Y piensan que es lástima que nadie estudie esto, que su material sea tan desaprovechado. Pero las actitudes de los sacerdotes y autoridades civiles de los pueblos son, a este respecto, tajantes y militaroides. O niegan la existencia de estos archivos minúsculos, o están al cuidado de familias virtuosas que poco a poco van regalando los documentos a simpatizantes y amigos, o, en último caso, cubiertos de polvo, telarañas y olvido yacen en baúles o por el suelo de coros, tinados y sacristías, de donde, por supuesto, no pueden ser sacados. Ejemplos se pueden dar, desgraciadamente, a docenas. El Ordial es una excepción brillante y meritoria, digna, pues, de ser resaltada y elogiada públicamente. Para los otros, lógicamente, no quedará otra solución (y ojalá que ésta llegue pronto, a tiempo de salvar lo poco que ya va quedando), que la de trasladar tales documentos a los archivos, eclesiásticos o estatales, donde se les garantice supervivencia, ‘ buen trato y fácil acceso para el estu­dio.

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