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Viaje a la Pizarra: La Huerce

 

Difícil será encontrar hoy, en la provincia de Guadalajara, un pueblo peor comunicado, con accesos más difíciles y abandonados, que La Huerce, en el partido judicial de Atienza, prendido en la abrupta vertiente sur de la serrezuelas que unen el Alto Rey con el macizo del Ocejón, a más de mil metros de altura. Triste «récord» el de este pueblo, si es que realmente es en esto el primero y más destacado, pero que el camino (como carretera aparece en los mapas) que a él lleva, fundamentalmente desde Arroyo dé Fraguas y Umbralejo, es una pista infernal, eso no hay quien lo discuta.

La vida es en él paulatinamente decreciente. Aún quedan algunos vecinos que se ocupan en huertos, ganadería, caza y maderas. ICONA trabaja intensamente en la repoblación forestal de la zona, y ello supone un medio de vida para algunos, pocos, vecinos. Su buen humor, sin embargo, no decae. El carácter serrano, abierto y zumbón, dado a ver siempre el lado bueno de la vida, ayuda mucho a estas gentes a pasar sus penurias.

El paisaje es realmente impresionante. Abrigado por cerros de hasta 1.800 metros de altura, la silueta del Ocejón, aún más elevado, vigilándolo todo, y profundos valles, como el del Sonsaz y el del Sorbe, precipitando los horizontes. Manchas verdes de profusa vegetación, bosques de pinos y robles, le confieren su aspecto de dureza y reciedumbre, añadido por las oscuras vetas de pizarra y gneis de las mon­tañas y calveros.

Un grupo de «hombres buenos» recibe a los viajeros y les muestra el pueblo La arquitectura popular de La Huerce, como la de los pueblos de esa zona, es muy característica e interesante. Mal estudiada hasta el momento, sólo un artículo o, repaso breve (1) y algunas interesantes fotografías (2) nos dan indicaciones de su importancia y radical diferencia con el construir popular del resto de la provincia. Un estudio más amplio y pormenorizado se está llevando a cabo actualmente (3) que nos gustaría verlo pronto terminado.

Grandes casas de paramentos pétreos, superpuestas lajas de pizarra grisácea, con algunas particularidades notables. No es la menor el ejemplo curiosísimo de un horno de pan en un primer piso, volado sobre la calle, y sostenido por vigas y apoyos de madera, todo ello en pizarra construido. Enlosados de habitaciones, patios, interiores, cubiertas bellísimas a cuatro aguas, etc. La Arquitectura popular de la Huerce es todo un mundo de bellas perspectivas que, por desgracia, ha iniciado su remodelación y pérdida. Los vecinos que se3 ven en la necesidad de reparar sus tejado y cubiertas, eliminan la pizarra y colocan “uralita”. La bofetada a la idiosincrcacia del paisaje urbano rural es atroz. Las manchas claras del material prefabricado rompen totalmente el conjunto particularísimo del pueblo

El viajero comentó este tema con los vecinos. La respuesta de éstos fue contundente y clarísima: «Mire usted, quitamos la pizarra porque pesa mucho y se estropea con facilidad; ponemos uralita porque es barato, cómodo de colocar, ligero y seguro: con la uralita no hay goteras». El tema requiere meditación, consideración realista, superación de romanticismos. Quienes se ocupan en la defensa del modo autóctono de la construcción rural, verán esto como un atentado más, gravísimo, a la arquitectura popular; como un nuevo hachazo que precipita su desaparición. «No se puede consentir», dirán algunos. El aldeano, sin embargo, ve que se le hunde el techo de su «vivienda, y, cuando llueve, le entra agua por todas partes. Quiere solucionarlo, y lo hace de la manera más cómoda, rápida y barata que le brinda la sociedad actual: se olvida de la pizarra, y pone uralita. No basta que este hombre tome conciencia de la importancia cultural de su «arquitectura popular», ni que la autoridad le impida hacer estos cambios. Su economía no le permite dudar entre uno u otro sistema: opta por lo más barato. O el aldeano de la comarca pizarrosa y serrana de Guadalajara recibe una ayuda, significativa y total, para mantener en sus viviendas la tradicional cubierta de pizarra, o paulatinamente desaparecerá tan importante muestra de arquitectura rural. Es un tema a estudiar por los Ministerios de la Vivienda, la Dirección General del Patrimonio Artístico y Cultural, el Patronato de Juan García» de ayuda a la vivienda rural, que deben exprimir todas sus posibilidades por salvar estas reliquias.

Y, al aire ya fresco y cortante de la caída de la tarde, los hombres de La Huerce siguen contando al viajero sus cosas. De las fiestas del pueblo, celebran todavía en octubre a la Virgen del Rosario, y en enero a San Sebastián. Recuerdan, como algo muy lejano (y una fotografía rancia y amarillenta  da fe de ello) la fiesta del Corpus Christie, en la que aparecían ante el Santísimo un grupo de danzantes ataviados pon cintas, sombreros y ropas de vivos colores, que evolucionaban en diversos pasos, en muy parecido ritual al que todavía hoy se practica en Valverde de los Arroyos, pueblo vecino a La Huerce. Aquí no había botarga, ni representación teatral, pero el Corpus se celebraba multitudinariamente el en inicio del verano. Son ya solamente recuerdos.

Luego entra el viajero a la iglesia, repasa sus paredes desnudas, su vacío artístico, y aun sube hasta las campanas, donde se encuentran dos piezas magníficas de principios de siglo, obradas en el taller de los Colina, en Sigüenza, que aún dan, con sólo soplarlas, sus claros sonidos juguetones: son verdes y oscuras, la campana, como el paisaje en el que yace La Huerce, último rincón para un viaje difícil, pero inolvidable. El viaje a la pizarra.

 NOTAS

 (1) López de la Osa González, L., y Toran Junquera, L., «Arquitectura negra en la provincia de Guadalajara», en «Narria (estudios de artes y costumbres populares)», número 1, enero 1976, pp. 2‑5, con bibliografía general.

(2) Flores, C., «Arquitectura popular española», tomo III, pp. 172

(3) Lo prepara el arquitecto madrileño José Luís García Fernández. 176.

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