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El monasterio de calatravas, en Pinilla

 

Abunda la provincia de Guadalajara, y el partido de Sigüenza en particular, de lugares recónditos a los que no se ha dedicado toda la atención que se merecen. Rincones de nuestra geografía donde se reúnen todos ­los ingredientes de un paisaje inaudito y expresivo; donde, en fin podemos dedicar un rato, en silencio y en paz a la meditación y al goce puro del lento devenir de las cosas.

Uno de estos lugares es el antiguo monasterio de San Salvador, que yace en ruinas silenciosas, casi mudas, media legua al norte de Pinilla de Jadraque, río Cañamares arriba. Fue poblado de monjas calatravas durante, varios siglos de da Edad Media y en el aire que le circunda, sobre cada una de las hojas de roble que conforman el paisaje, se escucha mínima una letanía lejana y como perdida. El camino desde el pueblo es cómodo para hacerlo andando, mirando despaciosamente las bravas orillas del río, los bosquecillos que sobreviven a seculares talas, las rocas bermejas dé Pálmaces que se divisan a lo lejos. Sobre un promontorio de suave declive, aparecen los muros, las heridas abiertas por el tiempo y los abandonos en la estructura primitiva del monasterio. Ese momento de descubrir en lo alto la rústica imagen de un edificio que, luego lo sabremos por la historia, tuvo el favor de los reyes y el mecenazgo de grandes señores, es algo impagable y permanente en el recuerdo.

Los restos de este cenobio se dedican hoy, por su propietario particular a guardar ganado y aperos. Podemos en ellos adivinar aún lo que fue iglesia, claustro y dependencias. Todo ello en una escala reducidísima, prueba de lo humilde que debió ser la institución. Hacia el norte aparece la masa parda de su iglesia, románica de una sola nave, rematada en ábside semicircular, en el que aparecen, sujetando el alero, algunos canecillos de tipo antropomórfico, y un par de columnas recias, preludio, quizás de futuras y nunca arribadas ampliaciones, a septentrión. Hacia el norte, los pies de la iglesia se continúan con un cuerpo edificado que luego tuerce y se prolonga hacia poniente. En su cara norte aparece una portada sencilla pero curiosa. Se trata de un gran arco semicircular, adovelado, sobre el que aparecen tres emblemas muy locuaces: al frente figura el águila bicéfala del imperio, con la fecha de 1515, en que se hacía reforma en el convento, y se ponía esta puerta nueva, inmácula desde entonces. A su derecha aparece, en ruda talla, el retrato de San Bernardo, padre espiritual de la orden que habitaba esta soledad. Y a la izquierda en redonda contundencia, la cruz florenzada de la orden de Calatrava, rodeada en dos círculos de esta leyenda: «Carolvs Dei Gracia Rex Castelle, Legionis et Aragonis et anbas Sicilia et G ‑ Administrator Perpetus Mtre Ordinis Calatrave et Cister» que recuerda al monarca gobernador de varios mundos. El interior de esa nave está dividido por tabique de barro y madera, posteriores al abandono del convento. Por el sureste también se prolonga, la iglesia, formando un ala, corta, que cerraba el claustro. Aún se ve a medio tapar por la maleza, la puerta gaminada de la sala capitular, con un par de desgastados capiteles de razón vegetal. El resto son montículos de yerba que nació sobre los  escombros. Y un silencio, encallecido por el  que pasar tiritando.

La historia del monasterio de San Salvador es sencilla y doméstica, breve incluso, con la brevedad que cuatro cotidianos siglos confieren a las cosas humanas. A principios del siglo XIII, estaba todo aquel territorio en manos de unos ricos burgueses de Atienza, don Rodrigo Fernández y su mujer doña María. Se les ocurrió donar aquello a alguna orden religiosa para que pusieran monasterio, y de acuerdo con su hermano don Martín Fernández y demás parientes, decidieron entregárselo al obispo de Sigüenza, para que él fuera quien fundara el monasterio. Y así ocurrió. ­En el lugar llamado «Sotial de Hacham», un sotillo con ascendencia moruna, «in honoris et nomine Santo Salvatoris» puso el obispo don Rodrigo un grupo de monjas cistercienses encabezado por doña Urraca, Fernández, abadesa, quizás familiar de los fundadores y ya desde el primer momento contaron con «vasallos, e heredamientos, e montes, e ríos, e molinos, a yermo, e poblado, todo con sus entradas e con sus salidas» por los términos de Torremocha, Ledanca, Bujalaro y otros pueblos limítrofes. Tuvo su inicio este monasterio, según su carta fundacional, el 17 de junio  de 1218.

Se suceden luego las oraciones, el trabajo y la vida comunitaria, que pone un hálito de novedad y misterio en aquellas tierras de caza y trashumancia. Tuvo el monasterio muy pronto, la tarea de servir de centro de formación, -un internado se diría hoy-, para las Jóvenes de la pudiente sociedad medieval. Así vemos como el 23 de noviembre del año 1290, doña María Gómez, viuda de Fernando Alvarez de Barrio, del Rey de Atienza, pide a doña Yelo González, abadesa de San Salvador, que reciba a Teresa, a Mayor y a Gracia, sus­ tres hijas, «por las criar e emponerlas en ­los usos o las costumbres dé la orden».

Ya por entonces, eran las monjas de Pinilla plenamente integrantes de la Orden de Calatrava, siendo la Primera noticia de esta filiación, de 20 de noviembre de 1263.  No hacía mucho que habían pasado a ser de manto negro y cruz roja al pecho, pues en esta fecha dispone don Rodrigo yáñez. «Maestre general de la Orden de la Cavallería de Calatrava», que su personero Lope Alfonso, comendador de la Riba, entendiera en los asuntos «de la Abadesa e del Convento del Monasterio de St. Salvador de Peniella, que es fija de la Orden de Calatrava» y Protegiera dicha institución.

El resto de su historia, de la pomposa relación de noticias que sobre este minúsculo retazo de vida, espiritual nos ha quedado, se desarrolla sobre los papeles y pergaminos de donaciones, confirmaciones, ventas y heredamientos. Lentamente fue adquiriendo, esta comunidad importantes privilegios por parte de los piadosos reyes castellanos, y gran copia de tierras y posesiones que los vecinos, ricos y pobres, de los contornos, les hacían cuando no sabían a quien, dejar por herederos, o por asegurar así un más fácil camino para la salvación de su alma. Merecen ser conocidos algunos de los documentos que fraguan esta breve, y sencilla historia monasterial.

En 1221 extendía en Burgos el rey Fernando III un privilegio por el que amparaba y protegía a este monasterio, todavía cisterciense. Años después, en 1292 Sancho IV confirmaba dicho privilegio y concretaba todo el territorio que pertenecía a las monjas “dende la peña negra fasta la peña rubia derecho, de las dichas peñas aguas vertientes por ambas partes del Río en derecho de las, dichas peñas hasta juntar con el edificio de dicho Monasterio”, siendo obligadas al mismo tiempo, a dejar una entrada para abrevadero y camino de los ganados. Les exime de impuestos, así como a sus vasallos. Poco después en 1294, Fernando IV, a ruegos de la abadesa doña Theodisa, manda poner un mayordomo en el convento, para que se ocupe de las cuentas y defensas administrativas siendo exento también de toda carga tributaria. En otros documentos, extendidos por las abadesas y aún por vecinos de la zona, vemos como las donaciones y, por tanto, los acrecentamientos del patrimonio conven­tual eran incesantes. Durante el siglo XIII, primero de su existencia, fueron por lo menos siete abadesas las que regentaron, con gran sabiduría, tacto y política, esta casa religiosa. Recordemos ahora sus nombres, que forman un hermoso ramillete de nombres medievales: doña Urraca Fernández, doña Mayor Fernández, su hermana, que antes había sido priora, doña Sancha Pérez, doña Teresa, doña Yelo González Theodisa, y doña Toda Díaz.

Escasean luego las noticias durante los siguientes siglos, y es a fines del siglo XVI que se rompe definitivamente el ya precario hilo de vida de este monasterio. Por frío, por solitario, por alejado de los centros don se podían obtener más abundantes limosnas y favores, las monjas calatravas, solicitaron del rey Felipe II, su traslado a otro lugar más habitable. En 1576 fue concedido el favor, saliendo inmediatamente hacia Almonacid de Zorita, donde, se construyó convento en las afueras del pueblo, se levantaron retablos y se prosperó en dineros e influencias. Tanto, que esta comunidad de Calatrava no paró hasta verse asentada, en 1623, en la corte del reino, donde fue desde entonces muy favoreci­da de los reyes.

Mientras, allí en Pinilla, en la cuestecilla verdeante junto a las aguas del Cañamares, creció la soledad, y se hizo tan grande, que llevó por tierra edificios, claustros y sonoridades. Y quedó, esto que hoy, viajero, puedes contemplar. Un pedazo de amortajada historia clavado en medio de la tierra serrana de Guadalajara.

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