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Arte en Jadraque

 

Llegar a Jadraque, encontrárselo hundido por el sur bajo unos montes de aterciopelada carne yerta, y al septentrión abierto sobre el valle del Menares, reúne abundantes posibilidades donde dar camino al asombro, y luz a la admiración incansable. Su dulce olear de tejas y chimeneas, la empinguruchada estampa del castillo, y esa trenza gris y ascética de la iglesia, dan marco, óleo y carisma al pueblo alcarreño en el que subyacen tantas cosas, tantas historias y tantas obras de arte que merecen ser conocidas.

Su poeta, su gran poeta muerto ahora ya se cumplen los dos años, cuando en Pastrana se decían, en la medianoche del verano, versos y más versos de divina altura, describe así su villa,

 «Nací donde Castilla se viste de perfume:

la Alcarria es una cera que en olor se consume,

y cerca de mi villa, que tiene In nombre moro:

Charadaq –hoy Jadraque ‑, se alza un castillo de oro

Que pone por las tierras, siempre ásperas y mozas,

la sombra apasionada de los graves Mendozas.”

José A. Ochaíta, recordado y admirado cada día, nos enseñó, desde su breve cuerpo, con su alta y bien templada voz, la villa de Jadraque. Fue un placer inestimable que ahora, cada vez que volvemos allí, parece acrecerse y renovarse en cada esquina. Estas son, en fin, las cosas que, para quien lleva prisa o no puede parar más de tres horas en la villa, tiene Jadraque y brinda don gracia de Castilla. Para aquel otro que vaya por lo hondo, con más de una semana por delante, serán muchas otras, casi siempre nuevas, las sorpresas que se, le aparezcan.

Viniendo de Guadalajara, y al comenzar el descenso hacia el valle desde la alta paramera alcarreña, lo primero que se le aparece al peregrino es el castillo, en magnífica estampa de reminiscencia medieval para el cual se hicieron, no ya las más hermosas palabras, sino los más sugestivos silencios. En alguna parte, donde comienza el caminillo que hasta su altura lleva, se titula «Castillo del Cid», y no porque tuviera relación con él noble castellano del siglo. XI, sino porque, ya al fin de la Edad Media, don Pedro González de Mendoza, Gran Cardenal de España, lo hizo construir para su hijo don Rodrigo, que poco antes había conseguido de los Reyes Católicos, no sólo la oficial paternidad del prelado,  sino el título honroso de conde del Cid. Allí tuvo también su corte de amor el marqués de Cenete -que con los dos títulos se trataba el personaje‑, y de su posterior ruina fue salvado, aunque sólo a medias, por la voluntad recia de los vecinos de Jadraque que subieron piedra y volcaron sudor reconstruyéndole.

Ya en la entrada de la villa, junto al lugar conocido por «los cuatro caminos», se alza la que durante siglos fue ermita grande y aglomeradora de las devociones populares: la de Nuestra Señora de Castejón, con muros de recia mampostería, sencilla portada del siglo XVII, y hoy vacío interior, al menos en lo sentimental, desde que en guerra quemaron la imagen románica de la Virgen.

De la otra ermita, la de San Isidro, junto al cementerio, sólo mencionarla. Y pasar ya a la iglesia parroquial, obra de gran envergadura que trazó, por lo menos en su estado actual, el arquitecto montañés Pedro de Villa Monchalián, a fines del siglo XVII. La portada es obra de claro signo, manierista, con elementos que rompen totalmente la serenidad del clasicismo, y se interna en un mundo de imposi­bles formas ornamentales. El interior es severo y sencillo. Bajo la advocación de San Juan Bautista, el retablo es traído de una iglesia de Fromista, en Palencia, y su arte barroco no ofrece ninguna particularidad notable. En las, pechinas de la cúpula se ven pintados los cuatro evangelistas, y se cierra el presbiterio con una reja ochocentista notable. Quizás sea el eje de la visita a esta iglesia la pintura de Zurbarán, como obra cumbre de su último estilo tenebrista, pues está firmada un año antes de morir. Tan sólo una mancha tenue de carne, y un rayo blanco que de la ropa emerge sorprendido, dan él tono último a esta obra maestra de la que decía Ochaíta, en ese alarde de síntesis y poesía que era su pa­labra, «parece una llama»

Otro Cristo, este de talla, y atribuido a Pedro de Mena, encontramos en la capilla de San Pedro. Todavía en el patio de la iglesia se encuentran unas lápidas­ sepulcrales de varios personajes (el caballero. Juan de Zamora, su mujer María Niño, y el cura de la parroquia Pedro Blas) del siglo XVI y algunos escudos nobiliarios, dignos de ser colocados en lugar más respetable. La torre del templo, en fin, dibuja sobre el cielo un requiebro de gracia y va llena de sentimental nostalgia.

Entre las varias casonas, nobles que posee Jadraque, una de ellas, la de la familia Verdugo, en la calle principal, no es sólo notable por su fachada severa y su gran escudo nobiliario, sino por lo que fue, y quiere ser, uno de sus salones de la planta baja En él estuvo alojado, durante unos meses del período de la invasión francesa, el ilustre político y escritor don Gaspar Melchor de Jovellanos, y allí recibió a ilustres personalidades, entre ellas al pintor Goya, que le retrató. Del arte de Goya quedaron en propiedad de esa familia varios cuadros, que no hace muchos años fueron vendidos, y algunos emigrados al extranjero. Otro de la colección, una Purísima Concepción, de Zurbarán fue llevado hace poco al museo Diocesano de Sigüenza, donde hoy puede admirarse. La Institución Provincial de Cultura «Marqués de Santillana» está llevando a cabo la restauración necesaria de esta «saleta de Jovellanos», para que pueda ser vi­sitada.

En la Plaza Mayor se conserva aún la casa donde se alojó la segunda esposa de Felipe V, doña Isabel de Farnesio, y sobre, ella aparece, ya Medio desmochado por algún iracundo detractor de la intolerancia religiosa, un escudo de la Inquisición, como señal de haber sido esa casa del Santo Oficio. Y aún luego,   por callejuelas y placillas, siguen apareciendo escudos, casonas y retazos como en coagulación permanente, voluntariosa y decidida, de una vida y unas costumbres pasadas. Recordar el convento de 169 capuchinos (sobre cuya fachada aún se ve un gran escudo mendocino), los que fueron hospitales de Santiago y San Juan de Dios, y los natalicios en la villa de fray Pedro Urraca, famoso evangelizador de Indias, y don Diego Gutiérrez Coronel, historiador de nota, es último punto que debe tener presente, para dar el hálito preciso a las cosas vistas, quien haya hecho este corto, pero evocador periplo por la alcarreña vi­lla de Jadraque.

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