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Don Juan Catalina García: su vida

 

 Para muchos alcarreños de hoy día, el nombre de don Juan Catalina García no, va mucho más allá que el de ilustrar la placa de la antigua calle del Instituto, sin conocer en realidad quién fue este hombre y qué hizo a lo largo de su vida. Y debería ser, creo yo, todo lo contrario. Esto es, que cada alcarreño guardara un pedazo, de su memoria para albergar la de este trabajador infatigable, de este hombre que pasó su vida entera en el e­studio, la enseñanza y la elaboración histórica del pasado de Guadalajara.

Don Juan Catalina García fue un historiador, da los fastos castellanos, un profesor de epigrafía, diplomática, y numismática, y, sobre todo, y es lo que más nos importa a los alcarreños, el primer cronista oficial de la provincia, título ganado a base de estudiar, con verdadero amor y sin límites importantes parcelas inéditas de nuestra historia de Guadalajara.

De entre la larga lista de gentes que, hasta finales de siglo XIX, quisieron darnos la versión histórica de nuestra tierra, Catalina García fue el primero que tomó la tarea con auténtico espíritu científico: el estudio directo de las fuentes; el conocimiento exhaustivo de los lugares; la cultura histórica acumulada y, sobre todo, el tamizar cada noticia por el cedazo de la crítica más exigente y honrada. Todos los anteriores historiadores de nuestra tierra, desde el licenciado Torres a Núñez de Casto, desde el padre Pecha a fray Antonio de Heredia y el largo etcétera de c­ronistas eclesiásticos y civiles de las Alcarrias, no habían hecho otra cosa que interpretar tradiciones, repetir mecánicamente lugares comunes y, a pesar ­de sus voluminosas obras, dejar estancado el conocimiento histórico de nuestro pasado. Don Juan Catalina, en los finales del siglo XIX, acomete entusiásticamente la tarea de poner de relieve lo que de veraz existía en todas las antiguas historias y desvelar lo que aún guardaban archivos y cronicones. El es, pues, quien abre las puertas y pone los cimientos de lo que en el siglo XX se ha hecho y de lo que en un futuro pueda hacerse. Nuestro reconocido débito a su figura y a su obra ha de ser, por lo tanto, públicamente manifiesto.

Describiremos ahora, un tanto someramente, su vida, para examinar, en próximo trabajo, con más amplitud, su aportación a la historia de Guadalajara y de España, en general.

No se conoce el lugar exacto de su nacimiento. Ocurrió, de todos modos, el 25 de noviembre de 1845, en pleno corazón de la Alcarria. Su padre era don Luís García, natural de Berninches, y su madre, doña Petra López, nacida en Alocén. El caso es que nació el niño muy a caballo entre dos días, y sus, padres quisieron ponerle, por protectores a los dos santos que ocupaban las jornadas

Del 24 y 25 de noviembre San Juan de la, Cruz y Santa Catalina Como homenaje que don Juan Catalina, quiso hacer a, sus padres, cuando, publicó los «Aumentos» a las «Relaciones de Guadalajara», puso en primer lugar la de Alocén. Seguida de la de Berninches

Decimos que no se conoce el lugar exacto de su nacimiento, porque no consta expresamente en ningún documento oficial. En el expediente profesional del señor García López existe certificación de la partida de bautismo, que demuestra haber sido cristianado el 27 de noviembre de 1845, en la, iglesia parroquial de Salmerón, provincia de Guadalajara, por el pre­sbítero don Juan Sáiz. El mismo, en la página 7o3 de su obra «Biblioteca de escritores de la provincia de Guadalajara», dice textualmente: «Salmerón, mi patria, y también como natural de Salmerón figura en la partida matrimonial, pero probablemente porque a efectos oficiales era preferible hacer constar este pueblo, en el que fue bautizado, que aquel otro en que realmente naciera. Don José de Liñán y, Eguizábal, conde de Doña‑Marina y gran amigo suyo, afirma que don Juan Catalina García nació en el pueblo de Salmeroncillos de Arriba, muy cercano a Salmerón, pero ya en la provincia de Cuenca. Alcarreño, y de los más preclaros, fue y seguirá siendo para siempre don Juan Catalina Gar­cía.

Parece ser que estudió en el Instituto de Guadalajara y, luego, en la Universidad de Madrid, donde cursó los estudios de bachiller en Filosofía y Letras, habiendo iniciado los de la licenciatura en lo mismo y en Derecho. Su padre era maestro y consiguió el traslado a Madrid poco antes de 1868. En la capital dé España tuvo su morada en la plaza de la Cebada, junto al antiguo hospital de La Latina. Allí trabó conocimiento con intelectuales y escritores de la época. Desde joven comenzó a colaborar en periódicos y revistas. Fue la primera «El fomento literario», fundada por don Gonzalo Calvo Asensio, y luego continuó colaborando e incluso dirigiendo otros periódicos de marcada tendencia católica: «El pensamiento español», «La España», «El Fénix» y «La Unión». Fundó, junto con el marqués de Cerralbo, la «Juventud católica» en la que dio numerosas conferencias de arte y arqueología.

Su carrera profesional fue rápida y brillante. Dirigió primero un colegio, particular. Luego, en 1885, ganó las oposiciones a la cátedra de Arqueología, y Ordenación de Museos de la Escuela de Diplomática. En el cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos fue, ascendiendo y ocupó, posteriormente cátedras de Arqueología y Arqueología y Numismática, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid, cargo que simultaneó hasta su muerte con el de director del Museo Arqueológico Nacional En los últimos años del siglo recibió el nombramiento de cronista oficial de la ciudad y la provincia de Guadalajara.

Casó en 1871 con doña Juana Mª de las Mercedes Pérez y Menéndez, teniendo de ella dos hijos y una hija. Hombre honrado a carta cabal sólo se ocupó de cumplir devotamente con su deber, educar rectamente a sus hijos y aumentar diariamente sus conocimientos de historia y arqueología, que llevaron a quitarle, en sus últimos años, casi por completo la vista. Con ese modo de entender la vida no llegó a hacerse rico, pues la honradez y el dinero no han guardado nunca relaciones amistosas. Se compró una casita en Espinosa ‘de Henares, que tuvo que vender al final de su vida. Murió, pobre, el 19 de enero de 1911, en Madrid, siendo enterrado en la Sacramental de San Justo.

Aparte de sus quehaceres profesionales, la preocupación por la historia le hizo conseguir otros galardones. Así, en 1870, a los 25 años de edad, fue nombrado académico correspondiente de la de Historia, llegando a tomar posesión de un sillón de numerario en dicha Academia el 27 de mayo del 1894, que fue el más feliz de su vida, según él confesara. Leyó en aquella ocasión su discurso so­bre « La Alcarria  en los dos primeros siglos de su reconquista», que hace poco fue reeditada por la Institución de Cultura Marques de Santillana», de la Diputación de Guadalajara.

En la Academia de la Historia ocupó el puesto de Anticuario, y luego de secretario perpetuo. Contestó en ella a los discursos de entrada de los señores Pérez Vi­llamil y marqués de Cerralbo, y como secretario, leyó varias memorias. En 1893 se le concedió la Gran Cruz de Isabel la Católica.

Así de sencilla fue la vida de este ilustre alcarreño que sólo vivió para su familia, para sus alumnos, amigos y sus coterráneos, a los que legó, fruto del trabajo incansable, un largo acopio de obras históricas, cuyo re cuento liaremos la semana pró­xima en, estas mismas páginas.

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