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Santa María de la Hoz

 

En ese lugar tan espectacularmente bello que es la garganta que el río Gallo forma a su paso entre los términos de Ventosa y Torete, y que se conoce por el nombre de Barranco de la Hoz, ha florecido desde el remoto siglo XII, la piedad de mano de la leyenda. Tras la aparición de la Virgen María en una oquedad de la roca arenisca, roja y altiva, espumeante de verdes pinos en su remate, fue el lugar acrecentado por la atención de las gentes del Señorío, que colocan a su «Santa María de Molina», como en un principio se la llamó, en una ermita muy visitada.

El lugar, que se hacía rápidamente centro de peregrinación, y, por lo tanto, lugar muy apto para la consecución de un prestigio religioso ganado fácilmente por sus conservadores, fue protegido por los condes de Molina.

Llega la época en que asientan canónigos y monjes por los lugares estratégicos del Señorío, y es cuando el obispo de Sigüenza, Don Joscelmo, recibe en donación este santuario, de manos del segundo conde molinés, don Pedro Manrique. En realidad, y según la escritura conservada, don Pedro cambia el santuario por la mitad de la villa de Beteta. Por el valor que, espiritual y estratégicamente, goza ya la Hoz, no se puede parangonar al lugar conquense, lo que prueba ser una auténtica donación signada como cambio. Corre el año 1172.

El obispo de Sigüenza, dueño del santuario mariano, pone en él sacer­dotes que lo sirvan y controlen. Tras la conquista de Cuenca, en 1177, por Alfonso VIII, el lugar pierde gran parte de su interés estratégico y defen­sivo, en el barranco de un afluente del Tajo. No obstante, don Pedro con­firma a la mitra seguntina el donativo, y figura como encargado del templo, en 1195, el maestro Wilelmus, o Guillermo, que nos parece ser de ascendencia europea, lo mismo que los abades de Buenafuente y Alcallech en esos mismos tiempos. Dos años después, en 1197, el obispo Don Rodrigo nombra capellán del santuario a Bernardo y confirma en su puesto a Guillermo. Ambos son sacerdotes europeos.

Desde el episcopado de Don Rodrigo, ya en 1192, aquel lugar abandona el nombre de Santa María de Molina y comienza a ser llamado con su actual apelativo: Santa María de la Hoz. El entendimiento entre obispos de Sigüenza y condes de Molina es bastante bueno y, gracias a ello, va ade­lantando la casa santa y ganando en fama y riquezas.

A comienzos del siglo XIII es ya lugar codiciado, por cuya tenencia se alzan intrigas. Mientras que don Gonzalo Pérez de Lara continúa prote­giendo los bienes del santuario, e incluso los acrecienta con la donación de los llamados «molinos de Entrambasaguas», en 1220, diez años después, y enviados por el obispo Don Rodrigo, llegan los canónigos regulares de San Agustín, al mando del maestre «Reialt», a lo que parece también de origen septentrional, y con evidentes deseos de interpretar en este abrupto y bellísimo lugar el modo de defender el cristianismo y la civilización occidental muy cerca de la frontera con el Islam. Es indudable que el clima de cruzada que se respira en Europa en esa época lleva a muchos caba­lleros y eclesiásticos norteños a venir a Castilla y dar aliento a campañas, monasterios, centros culturales y modismos de vida que hicieron avanzar grandemente la tarea reconquistadora en nuestro país.

La presencia de los caballeros canónigos de San Agustín en Santa Ma­ría de la Hoz está documentada entre 1230 y 1245. Al menos en este año parecen no poseer ya este enclave, pues el infante Don Alfonso, señor de Molina, es quien se constituye en protector de la casa. La tradición quiere que desde entonces fueran los caballeros templarios los que se hicieran cargo del santuario, pero esto no se ha podido comprobar documentalmen­te, ni encuentra base lógica para su argumentación. El caso es que existe un interregno de casi dos siglos, en los que se sabe fue la mitra seguntina la encargada de proteger el santuario, y que, en 1461 pasaran a poseerlo y, por tanto, a darle nuevamente el nombre del monasterio, los monjes cistercienses de Ovila. Es posible que estos monjes tuvieran en su poder la ermita y hacienda de la Hoz desde bastante tiempo antes, pero la desapa­rición casi total del archivo del monasterio de Ovila, y la dificultad de consultar el del obispado de Sigüenza, hacen imposible afirmarlo con cer­teza. De todos modos, la historia que veíamos en Buenafuente y Alcallech vuelve a repetirse aquí, en la Hoz: las casas que en un principio sostienen y vigilan los canónigos regulares de San Agustín pasan a ser propiedad del Císter en cuanto pierden su carácter de neta avanzadilla ante el Islam.

De aquellos tiempos primitivos nada queda en la Hoz, si no es la sola y espectacular pose de la Naturaleza, que entre cortantes rocosidades y altos vuelos de silencio se tiende todavía ante la entusiasmada ansiedad de quien hasta allí llega en peregrinar de ilusiones. Su historia, a pesar de ello, ha continuado creciendo y acrecentándose con generosas donaciones, espléndidos milagros, regueros de fieles en romería todos los años. Desde que, a principios del siglo XVI, el señor don Fernando de Burgos se hace patrono del santuario, coloca en él capellanes para su cuidado y reforma prácticamente todo lo reformable en cuanto a arquitectura del entorno, el santuario de la Hoz pierde el hálito misterioso de sus comienzos mo­nacales y cenobíticos. Hoy sigue siendo un perfecto lugar para hacer una excursión contemplando el paisaje y recordando tanta historia acumulada.

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