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Es necesario salvar los hierros populares

 

El contrapunto fiel de toda arquitectura popular o elaboradamente artística, fue siempre la oscura mancha del hierro forjado, lego enrojecido y señero con el lento pasar de los años, que ahora sirve como punto crucial de atracción en muchos pueblos y edificios concretos de nuestra provincia. Guadalajara, tierra en la que, si no con abundancia, ha poseído desde muy antiguo minas de hierro en explotación (recordemos los yacimientos de hematitos pardo en Setiles) y abundantes talleres de forja en los que ese hierro se ha ido haciendo contorsión geométrica en perenne curva artística, es ancho solar para el despliegue de las más variadas muestras de esta actividad humana.

No es nuestra intención, estudiar aquí, ni aún someramente, las mil y una facetas que el arte de la forja ha dejado en la tierra alcarreña. En otras ocasiones ya hemos tratado de ello, aunque parcialmente. Por mencionarlos nada más, podemos recordar desde los sencillos clavos que en nutridas y bien formadas guarniciones adornan puertas de iglesias y casonas nobles, como la parroquial de Centenera, La Puerta o San Francisco de Molina, hasta las magníficas rejas catedralicias que el arte del maestro Usón, de Juan Francés y Martín García nos dejaron en gótico trazado en las naves del templo y claustro de la catedral de Sigüenza. Pasando, entre tanto, por esos cientos de cerrajas, magníficas, especialmente las de la región alcarreña, por Fuentelencina, Peñalver y Balconete, que aún cierran y abren las puertas de nuestras iglesias; y añadiendo al conjunto las cruces, las veletas, los aldabones y aún esos varios miles de rejas que desde ‑ los más encopetados palacios a las más humildes mansiones aldeanas, constituyen el acervo riquísimo de este arte poco apreciado y, sin embargo, de alto contenido espiritual.

Es un placer sin límites el pasear por las limpias calles de Alustante, viendo en cada esquina el airoso contoneo del hierro en las ventanas; andar por Zaorejas, curtida de todos los vientos y todos los fríos, y ver aparecer las balconadas, los llamadores con forma de dragón, las simples rejas o cerraduras entre el ancho, olor a sabina quemada; pisarse todo Salmerón y gozar en cada calle con un coronamiento peculiar de sus rejas y ventanadas. ¿Cómo hacer, entonces, para conservar estos gozos para siempre? La tarea es, indudablemente, de mentalización y aprecio de estas obras por quienes en tantos pueblos de nuestra provincia son sus poseedores. Donde la fuerza de la ley no llega, apartada por la institución de la propiedad privada, sólo cabe una solución: la voluntaria decisión, por parte de sus poseedores, de mantener estas obras de artesanía popular o de arte francamente declarado, en los lugares para los que fueron creadas.

En el caso concreto y amplísimo de las obras instaladas en iglesias religiosas, no hay peligro, dado el decidido apoyo que, por parte de nuestra primera autoridad eclesiástica, el doctor Castán Lacoma, obispo de Sigüenza, se mantiene respecto a ellas, en el sentido de mantenerlas en sus lugares originarios, o en caso de despoblamiento, trasladarlas a museos regionales. La cosa  cambia en lo que respecta a las obras de particulares, que en cualquier ocasión pueden ser vendidas al mejor postor de antigüedades. Sólo con la conciencia de que hacer eso es desmantelar por la vía rápida todo un acopio de autóctonas e interesantes obras que constituyen parte importante del acervo histórico-artístico de nuestra provincia, se puede conseguir la voluntaria salvación de este material

Es posible siempre arreglar una casa de pueblo manteniendo las viejas puertas, los antiguos enrejados que le dan saber y carácter a estos núcleos de convivencia. Para ello escribimos estas líneas, que son, de momento, colofón de una serie de llamadas en pro del salvamento y conservación de algunos aspectos poco cuidados de la riqueza artística y espiritual de nuestra tierra. Que sea la última palabra de aliento para aquéllos que, desde otros lugares y, posturas, trabajan también con verdadera voluntad de rescate, en la tarea difícil, pero hermosa, de Ponerle el justo adjetivo a estas múltiples facetas del vivir popular y antañón de la tierra de Guadalajara. Ojalá que entre todos, consigamos salvar, de verdad, estás cosas mínimas que son las que conforman el aspecto definitivo de este pedazo de España.

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